Mientras nos odiábamos bajo las cobijas… yo fumaba mi cigarrillo, eso que tanto odias que haga… y tú subías el volumen a esa estúpida novela que nunca termina…
Con los ojos cerrados sintiendo todo a mi alrededor pensaba:
Es hora de terminar con todo!
De cambiar esta vida sin chiste, las cosas siempre pasan como las cosas deben de pasar… ¿debería crecer y mirar la decadencia de esta bajés?
Entonces de golpe se escucha una gran sirena.
La televisión se apaga… la luz del baño igual, nuestra casa queda en oscuridad.
Las cosas empiezan a vibrar y a caerse de su sitio. El vaso que ella siempre tenía en la mesita dejó derramar su agua y se rompió al estrellarse en el suelo.
Se escucha mucha gente gritando fuera de la casa y reflejo de luces por la cortina.
La ventana que dá hacia la calle se rompe de repente gracias a una piedra aventada desde fuera, la cuál por cierto, golpea en mi rodilla.
No logro entender qué tanto grita la gente.
Ella sólo me da sus manos.
Nos tomamos de las manos y cerramos los ojos.
Esperamos…
Esperamos a que la gente tenga su venganza por una ofensa que nunca he entendido. Esperamos a que el techo se cayera sobre nosotros. Esperamos a que la sangre cubra nuestro cuerpo. Esperamos morir con las manos juntas…
Esperamos.
Y nada sucedió. A la mañana siguiente todo seguía ahí.
El gran “Dios” olvidó de nuevo terminar con lo que empezó.
Intento no caer. Intento creer que todo esto es una nueva oportunidad de cambiar mi vida, de ser mejor, de cegarme a la luz.
Siempre es igual.
Y me respondes,...