¿Quién no huiría espantado como si viese un mounstruo o un espectro de un hombre de ese linaje sordo a todos los incentivos de la naturaleza, sin pasión alguna, sin amor, inaccesible a la misericordia como si fuese de la más dura roca de marmol de Paros?
Un hombre a quien nada se le escapa, que nunca yerra, especie de lince que todo lo ve sin equivocarse nunca; un hombre que no está contento más que de sí mismo, que no ignora nada, que se cree el único, el único fuerte, el único libre, y, en una palabra, que se cree que lo es todo, aunque claro está que sólo sucede en su pensamiento.
No tiene amigos ni es amigo de nadie; no repararía en hacer a los demás es objeto de sus críticas y blanco de sus burlas. He aquí el retrato que los filósofos nos proponen como el prototipo del sabio.
Y yo os digo: si fuera precisión hacerlo, ¿qué república eligiría un gobernante de esta laya o qué ejército le tommaría por general? ¿Qué mujer aguantaría a un marido semejante? ¿Qué huésped le invitaría a su mesa, qué siervo tomaría por amo a un individuo de esa catadura? ¿ No sería preferible escoger al azar a uno cualquiera de entre la plebe, a un loco que muy bien podría mandar u obedecer a otros locos y que sería, como todos, indulgente con sus semejantes, afectuoso para su mujer, alegre con sus amigos, invitado atento, huésped amable y, en fin, un hombre al que nada humano le es ajeno?
parte del "Elogio de la locura" de Erasmo de Rotterdam.