EL GRAN PÁNICO
BASE AÉREA NACIONAL PARNELL: MEMPHIS, TENNESSEE, ESTADOS UNIDOS
[Gavin Blaire es el piloto de uno de los dirigibles de combate D-17 que componen el núcleo principal de la Patrulla Aérea Civil Norteamericana. Es un trabajo que le sienta bien. Antes piloteaba un dirigible publicitario de la Fujifilm.]
Se extendían hasta el horizonte: sedanes, camiones, buses, casas rodantes, cualquier cosa que se pudiera conducir. Ví tractores, una mezcladora de cemento. En serio, incluso ví una plancha con un enorme cartel encima, un aviso de un “Club de Caballeros.” Un montón de gente iba sentada sobre él. Las personas iban montadas en cualquier cosa que podían, en los techos, en los compartimentos para equipaje. Me recordó las viejas fotografías de los trenes en India, con toda esa gente colgando de ellos como monos.
Había un montón de basura a los lados del camino —maletas, cajas, y hasta pedazos de muebles caros. Había un piano de cola allí tirado, en serio, hecho pedazos como si lo hubiesen lanzado desde la parte de atrás de un camión. Había también muchos vehículos abandonados. Algunos habían sido arrastrados fuera de la carretera, otros habían sido desvalijados, otros estaban quemados. Vï a mucha gente que iba a pié, cruzando los campos o siguiendo la carretera. Algunos iban tocando en las ventanas de los autos, ofreciendo todo tipo de cosas. Algunas mujeres estaban ofreciéndose a los conductores, sin duda tratando de conseguir algo a cambio, quizá gasolina. Seguramente no estaban tratando de que las llevaran, porque a pié se movían más rápido que los autos. No tenía sentido, pero… [se estremece].
=MAS=
Un poco más atrás, a unos cincuenta kilómetros, el tráfico se movía un poco mejor. Uno pensaría que la gente estaría más tranquila. Pero no. Todos estaban haciendo señas con las luces, chocando con los autos que tenían en frente, y saliendo de ellos a pelear. Ví a algunas personas tiradas a un lado de la carretera, se movían muy poco o nada en absoluto. La gente pasaba corriendo a su lado, llevando cosas, llevando niños, o simplemente corriendo, todos en la misma dirección que los autos. Unos cuantos kilómetros más atrás ví la razón.
Las criaturas se movían como un enjambre entre los autos. Los conductores de los carriles exteriores trataban de adelantar por fuera del camino, quedándose atascados en el lodo, y atrapando a los de los carriles internos. La gente no podía abrir las puertas para huir. Los autos estaban demasiado cerca los unos de los otros. Ví a esas cosas metiendo la mano por las ventanas abiertas, sacando a las personas o metiéndose ellos. Muchos conductores estaban atrapados sin salida, con las puertas todavía cerradas y, asumo, con llave. Las ventanas seguían arriba, hechas de vidrio templado de seguridad. Los muertos no podían entrar, pero los vivos tampoco podían salir. Ví a algunas personas entrar en pánico, tratando de dispararles a través del parabrisas y destruyendo así la única protección que les quedaba. Estúpidos. Quizá habrían podido resistir unas cuantas horas más allí, e incluso haber tenido alguna oportunidad de escapar. Aunque quizá vieron que era imposible, y que esa era la salida más rápida. Había una jaula para ganado, remolcada por una camioneta que seguía atascada en uno de los carriles interiores. Se sacudía violentamente de un lado para el otro. Los caballos que llevaba todavía estaban adentro.
El enjambre seguía avanzando por entre los autos, abriéndose paso literalmente a mordiscos por entre las filas inmóviles, con todos esos pobres diablos que intentaban escapar. Eso fue lo que más me impresionó, porque no iban a ninguna parte. Estaban en la Interestatal 80, un pedazo de carretera entre Lincoln y North Platte. Ambos lugares estaban completamente infestados, así como todos los pueblos que había en el medio. ¿Qué creían que estaban haciendo? ¿Quién había organizado aquel éxodo? ¿De hecho, alguien lo había organizado? ¿Acaso la gente vió una fila de autos y se unió sin preguntar? Traté de imaginarme cómo habría sido, estar allí con autos pegados adelante y atrás, con niños llorando, perros ladrando, sabiendo lo que venía sólo unos cuantos kilómetros atrás, y esperando, rezando, para que alguien en los autos de adelante supiera hacia dónde ir.
¿Alguna vez escuchó de ese experimento que un periodista norteamericano hizo en Moscú en los 70s? Simplemente se paró frente a un edificio, ninguno en particular, sólo una puerta cualquiera. Muy pronto, alguien se paró a hacer fila tras él, luego una pareja, y cuando menos lo pensó, la cola le daba la vuelta a la esquina. Nadie preguntó para qué era aquella fila. Simplemente supusieron que era para algo que valía la pena. No sé si esa historia es cierta. Quizá es una leyenda urbana, o un mito de la guerra fría. ¿Quién sabe?
ALANG, INDIA
[Estoy parado junto al mar con Ajay Shah, contemplando los despojos oxidados de lo que alguna vez fueron unos imponentes barcos. Como el gobierno no posee los fondos para retirarlos de allí, y el tiempo y los elementos han convertido su acero en chatarra inútil, permanecen como monumentos silenciosos de la carnicería que una vez se vivió en aquella playa.]
Me han dicho que lo que pasó aquí no fue extraño, que en todas partes del mundo en las que el océano se encuentra con la tierra, la gente estaba tratando desesperadamente de abordar cualquier cosa que flotara, buscando una oportunidad de sobrevivir en el mar.
Yo no sabía nada sobre Alang, aunque había vivido toda la vida en la ciudad cercana de Bhavnagar. Era un ejecutivo de oficina, un profesional de cuello blanco desde el día en que salí de la universidad. El único trabajo que hacía con mis manos era al digitar en un teclado, y ya ni siquiera eso, pues casi todo nuestro software funcionaba con reconocimiento de voz. Sólo sabía que Alang era un astillero, y por eso huí hacia aquí en primer lugar. Esperaba encontrarme con una industria produciendo barco tras barco para llevarnos a un lugar seguro. No tenía ni idea de que era todo lo contrario. En Alang no se construían barcos, se destruían. Antes de la guerra era el deshuesadero marítimo más grande del mundo. Barcos de todas las nacionalidades eran traídos por las compañías recicladoras de acero de la India, llevados hasta la playa, desmantelados, cortados, y separados hasta que no quedaba completo ni el perno más pequeño. Las docenas de barcos que ví ese día no eran naves completas y funcionales, sino enormes cascarones vacíos, enfilados, esperando la muerte.
No había muelles ni rampas. Alang no era un puerto, sino un enorme banco de arena. El procedimiento estándar era chocar los barcos contra la playa, varándolos como gigantescas ballenas encalladas. Calculé que mi única esperanza estaba en la media docena de barcos recién llegados que todavía estaban anclados lejos de la costa, conservaban parte de su maquinaria y, con algo de suerte, un poco de combustible en sus tanques. Una de aquellas naves, el Veronique Delmas, estaba remolcando a una de sus hermanas hacia el mar. Varias cuerdas y cadenas estaban amarradas sin ninguna técnica a la proa del APL Tulip, un barco de carga de Singapur que ya había sido parcialmente desmontado. Llegué justo en el momento en que el Delmas encendía sus motores. Pude ver la estela de espuma blanca que surgía mientras luchaba contra sus ataduras. Pude escuchar cómo se reventaban algunas de las cuerdas más débiles, restallando como disparos de escopeta.
Pero las cadenas más gruesas… esas resistieron mucho mejor que el casco de la nave. Al encallar al Tulip, seguramente le dañaron parte de la quilla. Cuando el Delmas comenzó a tirar de él, se escuchó un terrible ruido, un chillido destemplado de metal. El Tulip se partió literalmente en dos, la popa se quedó en la costa mientras la proa seguía siendo remolcada hacia el mar.
Nadie pudo hacer nada, el Delmas ya iba a toda máquina, arrastrando la proa del Tulip hacia aguas más profundas, en donde se volcó y se hundió en tan sólo unos segundos. Debía haber al menos unas mil personas a bordo, abarrotadas en cada camarote, cada pasillo y cada metro cuadrado de espacio libre en cubierta. Sus gritos fueron ahogados por el silbido del aire que se escapaba del casco.
¿Por qué los refugiados no se quedaron simplemente en los cascos varados en la playa, retirando las escaleras, y convirtiéndolos en fortalezas inaccesibles?
Usted habla del pasado desde una posición racional. Usted no estaba allí esa noche. La playa estaba llena de gente hasta la orilla, una marea enloquecida de humanidad, iluminada por los fuegos que ardían tierra adentro. Cientos de personas trataron de alcanzar nadando las naves que ya habían zarpado. Las olas rompientes arrojaron de vuelta los cadáveres de quienes no lo lograron.
Docenas de barcazas iban y venían, llevando gente de la costa a los barcos. “Denme su dinero,” decían algunos, “todo lo que tienen, y los llevo.”
¿El dinero todavía servía para algo?
Dinero, o comida, o cualquier cosa que consideraran valioso. La tripulación de uno de los barcos sólo aceptaba mujeres, mujeres jóvenes. Ví otra que sólo recibía a los refugiados de piel clara. Los muy malditos iluminaban con sus antorchas los rostros de la gente, tratando de sacar a los más oscuros como yo. Incluso ví a un capitán, parado en la cubierta de abordaje de su nave, apuntando con una pistola y gritando “¡Nadie de castas bajas, no llevaremos intocables!” ¿Intocables? ¿Castas? ¿Quién diablos piensa así en estos días? ¡Y la peor parte fue que algunos de los más viejos se salieron de la fila! ¿Puede creerlo?
Comprenda que sólo estoy resaltando algunos ejemplos de lo peor entre lo peor. Por cada psicópata ambicioso y repulsivo, había diez personas buenas y decentes con su karma aún intacto. Un montón de pescadores y dueños de botes pequeños, que podrían haber escapado con sus familias, prefirieron ponerse en peligro y regresar a la orilla a ayudar. Cuando se piensa en los riesgos que corrieron: que los asesinaran para robar los botes, o quedarse varados en la playa, o ser atacados desde abajo por los muertos bajo las olas…
Había muchos de esos. Muchos refugiados infectados habían tratado de nadar hasta los barcos y se habían reanimado después de ahogarse. La marea estaba baja, suficientemente profunda para que un hombre se ahogara, pero lo suficientemente baja para que un zombie levantase la mano y agarrase una presa. Uno veía a muchos nadadores desapareciendo de pronto bajo las olas, o botes volcándose y todos sus pasajeros siendo arrastrados bajo el agua. Y aún así, muchos seguían volviendo a la playa para rescatar gente, e incluso saltaban al agua para salvar a alguien.
Así me salvaron a mí. Yo fui uno de los que trató de nadar. Los barcos se veían mucho más cerca de lo que estaban en realidad. Yo era un buen nadador, pero después de caminar todo el trayecto desde Bhavnagar, después de luchar por mi vida casi todo el día, apenas tenía fuerzas suficientes para flotar de espaldas. Para cuando llegué por fin junto a mi objetivo, no me quedaba aire en los pulmones para gritar pidiendo ayuda. No había escalera. La lisa pared del casco se levantaba sobre mí como un muro. Golpeé el acero, gritando con el último aliento que me quedaba.
Justo cuando me hundía bajo la superficie, sentí que un poderoso brazo se envolvía alrededor de mi pecho. Llegó la hora, pensé; creí que en cualquier momento sentiría unos dientes clavándose en mi carne. Pero en lugar de halarme hacia el fondo, el brazo me elevó otra vez hacia la superficie. Terminé a bordo del Sir Wilfred Grenfell, un velero que alguna vez había pertenecido a la Guardia Costera canadiense. Traté de hablar, de disculparme por no tener dinero, de explicarles que podía trabajar para pagar mi pasaje, que haría cualquier cosa que necesitaran. Los tripulantes sonrieron. “Cuidado,” me dijeron, “estamos a punto de zarpar.” Pude sentir la cubierta vibrando y meciéndose cuando nos movimos.
Esa fue la peor parte, ver las otras naves que pasaban a nuestro lado. En algunas, los infectados que habían logrado subir a bordo ya se habían reanimado. Algunos barcos eran carnicerías flotantes, y otros ardían en llamas sin moverse. Sus tripulantes saltaban al agua. Algunos de los que se hundieron bajo la superficie, nunca más volvieron a salir vivos.
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