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Dragon

07 de octubre, 2009 - 22:35
LA MUERTE DE STONY FRIEDGOOD 1 1962-1963 Para Stony Baxter Friedgood, sus infrecuentes adulterios eran aventuras: conquistar a un hombre que pensaba que la conquistaba a ella daba a su vida un sentido dramático que había echado en falta desde que tenía veinte años y estudiaba en «Scripps-Claremont». Y no eran solamente aventuras, sino también la salvación de su matrimonio. En el college, había retozado con cuatro amiguitos, y sólo uno de ellos, un estudiante de matemáticas llamado Leo Friedgood, había conocido la existencia de los otros. A Leo había parecido divertirle su reserva, como le había divertido su apodo estudiantil. Sólo al cabo de unos meses se dio cuenta Stony de hasta qué punto la diversión disimulaba la excitación. Se casó con él después de graduarse; no más estudios de posgraduación para Stony, y tampoco para Leo, que se afeitó la barba, se compró un traje y consiguió un empleo en «Telpro Corporation», que tenía una oficina en Santa Mónica. 2 1969 Tabby Smithfield se crió hasta los cinco años en una enorme casa de piedra de Hampstead, con 1,6 hectareas de terreno bien cuidado y un aparato de alarma contra los ladrones en la puerta principal. La vecindad, compuesta de dieciséis casas a lo largo de Long Island Sound, era lo bastante imponente para atraer a los turistas; quizá seis coches al día rodaban por Mount Avenue, y tanto los conductores como los pasajeros se asomaban para echar un vistazo a las mansiones situadas detrás de las verjas. En el lugar decían que Mount Avenue era «La Milla de Oro», aunque en realidad era dos veces más larga; era la antigua carretera entre Hillhaven, suburbio Victoriano de Patchin, y Hampstead. Mount Avenue, sede de los primitivos establecimientos agrícolas de Hampstead y Hillhaven, había sido antaño el principal camino de diligencias hacia New Haven, al norte; pero sus días de agitación habían pasado hacía tiempo. Fabricantes con industrias en Bridgeport o Woodville, un médico, y el jefe del principal bufete de abogados del Condado de Patchin, vivían en casas imponentes, junto a otros como ellos, personas mayores que no querían alboroto en sus vidas privadas. Los que se besuqueaban a lo largo de «La Milla de Oro» raras veces les veían: podía haber una estrella de cine respirando el aire salobre en la carretera de la costa, o el decano de un colegio deteniéndose a cobrar aliento antes de empezar su petición de fondos, pero los dueños de las casas eran invisibles. Sin embargo, los que echasen una rápida mirada a través de la verja abierta de la casa de piedra gris, en 1969 ó 1970, habrían podido ver a un hombre alto y de cabellos negros, con blancas prendas de tenis, jugando con un chiquillo. Tal vez una niñera uniformada habría estado plantada sobre la escalinata, frente a la puerta principal, en actitud inexplicablemente tensa. Y quizá la actitud del chico habría parecido también rara, provocada por la misma tensión, como si el pequeño Tabby Smithfield comprendiese a medias que no debía estar jugando con su padre. El padre, el hijo y la niñera componían una escena extrañamente estática e incompleta. Un cuadro defectuoso: faltaba un personaje. =MAS= 3 1964 La primera aventura de Stony Friedgood después de su matrimonio había sido en 1964, con el marido de una amiga, un vecino de la elegante hilera de casas; a diferencia de Leo, era jovial, rubio y campechano, un banquero muy joven, y Leo hablaba siempre desdeñosamente de él. Estos amoríos duraron sólo dos meses. El rostro delicado de Stony, de vivas facciones y encuadrado en unos brillantes cabellos castaños, llegó a hacerse familiar en las galerías y museos de arte, así como en ciertos bares a determinadas horas. Considerado desde un punto de vista utilitario, que ni los padres de Stony ni los de Leo habrían comprendido, el matrimonio de los Friedgood fue feliz. Cuando Leo fue ascendido por dos veces y trasladado a las oficinas de «Telpro» en Nueva York, sus ingresos se habían doblado, y Stony sólo pesaba medio kilo más que cuando era estudiante en Scripps. Dejó atrás sus clases de yoga, medio curso de cocina selecta, cuatro localidades no usadas para una serie de conciertos, y el no digerido y ya vago recuerdo de seis o siete hombres. Leo no dejó nada atrás, pues la compañía había pagado el transporte al Este de su barca de vela y de las ocho cajas a las que él llamaba su «bodega». 4 1968 Monty Smithfield, el abuelo, era el gran personaje de la primera infancia de Tabby. Era Monty quien lo besaba primero cuando volvía del parvulario, y Monty y su madre le llevaron por primera vez a que le cortasen el pelo. Por sus cumpleaños y por Navidad, Monty le hacía estupendos regalos, grandes juegos de trenes y toda clase de vehículos preescolares, desde andaderas hasta bicicletas, e incluso un pony enano que le guardaban en una escuela de equitación. Éste le fue ofrecido, con gran prosopopeya, en su tercer cumpleaños. Esto era en agosto de 1968. Monty había preparado una fiesta para veinte niños, con una orquesta que tocaba piezas de los Beatles y tonadas de las películas de Disney, y un enorme helado en forma de brontosaurio. Tabby adoraba entonces los dinosaurios, y sólo la evolución impidió que Monty Smithfield comprase a su nieto un pequeño monstruo. —Vamos, Clark —gritó el alegre anciano, cuando el jardinero trajo el peludo y pequeño pony—. Sube a tu hijo sobre ese gran animal. Pero Clark Smithfield se había ido a su dormitorio y, en aquel momento, estaba lanzando una pelota de tenis con una gastada raqueta «Spaulding» contra la cabecera de la cama, tratando de desconchar la pintura de una de las espirales de madera. Como cualquier chiquillo, Tabby no tenía la menor idea, de lo que hacía su padre para ganarse la vida, ni de por qué tenía uno que ganarse el sustento. Clark Smithfield estaba en casa cuatro o cinco días a la semana, escuchando sus discos en el cuarto de estar de sus dependencias en la enorme casa, o saliendo a jugar al tenis siempre que podía. Si alguien hubiese podido preguntar a un niño de tres o cuatro años lo que hacía su padre, Tabby le habría respondido que se entretenía con juegos. Clark no le llevó nunca a la compañía de la que era vicepresidente nominal; lo hizo su abuelo, que lo presentó a las secretarias, anunciando que era el futuro presidente del consejo de administración de «Smithfield Systems, Inc.». Antes de mostrar a Tabby la sala de computadoras, el viejo abrió una puerta y dijo: —Por si te interesa, éste es el despacho de tu padre. Era una pequeña y polvorienta habitación, en la que había una mesa casi desnuda y muchas fotografías del padre de Tabby con trofeos de campeonatos estudiantiles de tenis; también un blanco para dardos con el retrato de Richard Nixon, tan polvoriento como todo lo demás. —¿Trabaja aquí mi papá? —preguntó Tabby con dulce inocencia, y una de las secretarias rió entre dientes—. Sí que trabaja —insistió valientemente Tabby—. Trabaja aquí. ¡Mira! ¡Juega al tenis aquí! Un rictus de disgusto se dibujó en las delicadas facciones de Monty Smithfield, y el viejo no volvió a sonreír durante el resto de la visita. Siempre que su padre y su abuelo estaban en la misma estancia en las comidas familiares que Clark no podía evitar o en cualquier otra ocasión en que Monty iba a casa de su hijo , una atmósfera casi invisible de antipatía enfriaba el aire. En estas circunstancias, Tabby tenía la impresión de que su padre se encogía y era un niño sólo un poco mayor que él mismo. —¿Por qué no quieres al abuelo? —preguntó una vez a su padre, cuando Clark le estaba leyendo un cuento para que se durmiese. —¡Oh! Esto es demasiado complicado para ti —suspiró Clark. A veces, y más frecuentemente cuando se acercó a los cinco años, Tabby les oía discutir. Clark y su padre discutían sobre la longitud de los cabellos de Clark, sobre las pretensiones de Clark como jugador de tenis (de las que su padre se burlaba), sobre la actitud de Clark. Normalmente, Clark y Monty Smithfield se mantenían fríamente distanciados; pero cuando Monty decidía sermonear a su hijo, los gritos sonaban en el comedor, en los dos cuartos de estar, en el pasillo y en el jardín. Estas discusiones terminaban siempre con Clark alejándose furiosamente de su padre. —¿Qué vas a hacer? —le gritaba Monty, después de una pelea presenciada por Tabby—. ¿Marcharte de casa? No puedes hacerlo, no encontrarías otro empleo. Tabby palidecía; no comprendía las palabras, pero percibía escarnio en ellas. Y aquel día, no hablaba hasta la hora de comer. La esposa y la madre de Clark eran la cola que mantenía a las dos familias unidas en su inestable armonía: Monty apreciaba sinceramente a Jean, la madre de Tabby, y Jean y su suegra mantenían a Clark en su empleo. Quizá si Clark Smithfield hubiese sido un veinte por ciento mejor de lo que era como jugador de tenis, o un veinte por ciento peor, la aflicción de la vieja casa de Mount Avenue se habría disipado. O si él hubiese sido menos intransigente, y su padre menos duro. Pero Jean y su suegra, pensando que, con el tiempo, Clark se reconciliaría con su empleo y Monty con su hijo, mantenían unida la familia. Y así continuaban, en su a veces casi cómodo antagonismo. Hasta que ocurrió la primera cosa realmente terrible a Tabby y a su familia. 5 1975 Los Friedgood, que parecían ser una pareja modelo, se trasladaron a una casa de estilo colonial en Hampstead, en 1975, cuando Tabby Smithfield tenía diez años y vivía con su padre y su madrastra en el sur de Florida. Mientras Leo Friedgood ascendía en el mundo que ambicionaba, Clark Smithfield parecía perder la poca suerte que tenía: tuvo un empleo en un bar, lo dejó para trabajar como vendedor para «Hollinsworth Vitreous», le despidieron cuando se emborracho en el yate del presidente y vomitó sobre las zapatillas trenzadas de Robert Hollinsworth, trabajó otra temporada en un bar, y después consiguió un empleo como guardia de seguridad. Trabajaba por las noches y le daba un tiento a la botella siempre que su ronda le llevaba de nuevo al cuartelillo de seguridad. Como su primera esposa, su madre había muerto. Agnes Smithfield había sufrido una hemorragia cerebral una cálida mañana de mayo, mientras discutía la instalación de un jardín rocoso con el jardinero, y su vida se había extinguido antes de tocar su cuerpo el suelo. Monty Smithfield había vendido el caserón de Mont Avenue y se había trasladado, con el ama de llaves y la cocinera, a una casa llamada «Cuatro Corazones», en Hermitage Road, cinco minutos tierra adentro. Su extremo de Hermitage Road estaba a sólo dos manzanas, boscosas y empinadas, de la casa comprada por los Friedgood. Leo era ahora vicepresidente de sector de «Telpro», y ganaba casi cincuenta mil dólares al año; compraba sus trajes en «Trípler» y «Paul Stuart», se dejó un grueso y agresivo bigote, y permitió que el cabello le creciese lo bastante para tenerlo enmarañado. Siempre entrado en carnes, había aumentado ocho kilos a pesar de la diaria carrera de un kilómetro y medio, y ahora con sus ojos arrogantes, su negro bigote y sus cabellos largos tenía el aspecto ligeramente desaforado, como de bucanero, de muchos ejecutivos que se consideran depredadores en una selva llena de depredadores. En 1975, su primer año de residencia en Cannon Road, de Hampstead, Stony ingresó en los Nuevos Vecinos, en las Mentes Distinguidas grupo crítico de libros , en la Liga de Sufragistas y en una clase de cocina, en la YMCA y en la biblioteca. Habría buscado un empleo, pero Leo no quería que trabajase. Habría querido estar encinta, pero Leo, cuya infancia había sido un poema de agresividad maternal, se volvía loco cuando ella trataba de plantear la cuestión. Un día leyó en la Hampstead Gazette un anuncio de unas clases de yoga, y se dio de baja en los Nuevos Vecinos. Poco después, abandonó las Mentes Distinguidas y también la Liga. La Hampstead Gazette salía dos veces a la semana. El pequeño periódico era la principal fuente de información de Stony sobre su nueva ciudad. Por ella se enteró de la existencia de la Liga Femenina de Arte, y se inscribió allí, pensando en que conocería a pintores (uno de los chicos de California había sido pintor). Y, como lo quería, se salió con la suya. Pat Dobbin era una celebridad local, ni muy bueno, ni muy malo; vivía solo en una casita del bosque; hacía ilustraciones mucho mejores que sus cuadros para ganarse la vida. Durante uno de los viajes de negocios de Leo, asistió a una cena de la Liga de Arte con el pintor. Advirtió que la menuda pelirroja que llevaba una libreta de notas en su mano era Sarah Spry, autora de la columna semanal «¿Qué ha visto Sarah?» en la Gazette, pero no pensaba ver esta gacetilla en la columna de la semana siguiente: Sarah vio: Al brillante pintor e ilustrador de esta ciudad, PAT DOBBIN (¡Qué decir de este muchacho! ¿Habéis visto sus asombrosos y nuevos paisajes abstractos en la GALERÍA PALMER?) en el banquete de la Liga Femenina de Arte, luciendo una elegante corbata negra y acompañando a una adorable y misteriosa mujer. ¿Quién es la belleza desconocida, Pat? Ven y díselo a Sarah. Cuando Leo volvió de su viaje, leyó este párrafo y preguntó: —¿Te divertiste el viernes por la noche en esa fiesta de la Liga de Arte? Lástima que no pudiese ir contigo. Sus ojos eran brillantes e irónicos. 6 Noviembre de 1970 A diferencia de su marido, Jean Smithfield conducía con precaución. Cuando ella y Clark dejaban a su hijo con los abuelos para una noche, insistía siempre en conducir de vuelta a casa, si Clark había rebasado su límite normal de dos copas antes del almuerzo y dos vasos de vino mientras comían. En las noches en que Clark se quejaba más que de costumbre de su padre, o recordaba antiguos partidos de tenis, ella conducía también, aunque esto significase tener que escuchar los improperios de Clark sobre las relaciones de ella con su suegro: —¿Quieres realmente a ese viejo buitre? ¿Sabes lo que me está haciendo? Dios mío, a veces pienso que te chifla, que te encanta con sus trajes a rayas finas, ¿no? Te gustan los pelos blancos. ¿Es ésta tu lealtad para conmigo? ¡Dejarte hechizar por un viejo truhán! Si Clark estaba realmente furioso, se apeaba antes de cruzar la verja. —Nunca tendrá a Tabby —murmuraba—. Nunca olvidará que existo y convertirá a Tabby en su hijo. ¡Nunca! Jean se esforzaba en hacer oídos sordos a sus imprecaciones. Generalmente comían en un restaurante francés de Post Road, en dirección a Patchin. Una noche, a finales de noviembre de 1970, Jean sacó un dólar del bolso cuando salieron, y se detuvo donde el mozo pudiese verla. —Puedo conducir —gruñó Clark. —No esta noche —dijo ella, y entregó el billete al mozo cuando éste se apeó del automóvil. —Tendríamos que tener un maldito «Mercedes» —dijo Clark, dejándose caer en el asiento de pasajero. —Sólo hace falta dinero —declaró ella. Jean sacó el coche por el paseo de entrada y lo dirigió hacia Pigeon Lane, donde estaba el primer semáforo. —Ya vuelve a las andadas —murmuró Clark—. Quiere enviar a Tabby a la Academia. La escuela pública no es bastante buena para su nieto. —Tú fuiste a la Academia —dijo Jean. —¡Porque mi padre podía permitírselo! —chilló Clark—. Maldita sea, ¿no lo comprendes? Yo soy el padre de Tabby, maldita sea, y... Jean le estaba mirando y vio que su cara se aflojaba sin terminar la frase. Clark ya no parecía irritado ni borracho. Daba la impresión de estar preocupado. Ella estiró la cabeza y vio una furgoneta que se deslizaba sobre la línea divisoria, en dirección a ellos. «Hielo –pensó , una capa de...» —¡Gira! —gritó Clark. Y Jean giró el volante hacia la derecha. Otro coche que había salido del restaurante detrás de ellos golpeó con tal fuerza el parachoques de atrás, que Jean soltó el volante. La furgoneta, que llevaba una velocidad de casi ochenta por hora antes de llegar a la capa de hielo, embistió directamente la portezuela de Jean. Jean Smithfield trató de decir «Tabby» antes de morir, pero la portezuela le había aplastado el pecho y no pudo pronunciar palabra. En la mansión de Mount Avenue, su hijo se despertó chillando. El conductor de la furgoneta, un chico de dieciocho años, saltó del vehículo y trató de arrastrarse sobre la helada carretera. Le sangraba el cráneo. Clark Smithfield, completamente ileso, miró a su esposa y se irguió en su asiento. Después saltó del coche y cayó de rodillas. Vio al muchacho que había matado a su mujer y le gritó que se detuviese. Se puso trabajosamente en pie. El muchacho se quedó sentado a siete metros de su destrozado vehículo, cubierto de nieve y de un barro negro que había sido nieve. Le goteaba sangre de la nariz y del mentón. Clark reconoció inmediatamente a otro borracho. —¡Animal! —gritó. Tabby corría por la habitación sin dejar de chillar, buscando a tientas el interruptor de la luz. No sabía dónde estaban las cosas; vivía en un mundo vuelto del revés. Chocó contra la cama, resbaló en una vieja alfombra y sus gritos subieron una octava. A los pocos segundos, su abuelo y su niñera estaban en la puerta. La Policía de Hampstead tardó diez minutos en llegar a la maraña de coches de Post Road. 7 17 de mayo de 1980 Esto ocurrió el 17 de mayo de 1980, el día en que el dragón vino al Condado de Patchin..., no, no el día en que vino, porque había estado todo el tiempo allí, sino el día en que el dragón decidió mostrarse. Richard y Laura Allbee, después de doce años en Londres, acababan de llegar aquel mediodía a su casa alquilada en Fairytale Hollow, Hampstead. Estaban cansados y confusos, desorientados después de dos días en Nueva York, y más desorientados al encontrarse de pronto en la situación que habían estado proyectando desde hacía meses. Sólo hacía dos semanas que Clark Smithfield había trasladado a su esposa y a su hijo a «Cuatro Corazones», la vieja casa colonial de Hermitage Road, y estaba ya practicando el engaño que destruiría la fe de su hijo en él. Patsy McCloud pasaba la mayor parte del día leyendo Guerra y recuerdo. ¿Y qué hacía Graham Williams? Lo mismo que hacía cada día de abril y de mayo de 1980. Se había levantado de una olorosa cama a las siete, se había puesto una bata sobre el pijama, rociado la cara con agua, sentado a su mesa escritorio y apoyado la cabeza en las manos. Cuando oyó la camioneta del cartero en el exterior, no le hizo caso. Lo más probable era que hubiesen volado su buzón. Después de treinta minutos de orar en silencio, ¡ja, ja!, escribió una frase. Quince minutos más tarde, decidió que era vulgar y la borró. Así era cómo solía pasar Graham Williams sus horas de vigilia. Los Allbee simulaban ser más felices de lo que eran; el viejo Williams se engañaba diciéndose que su libro podía seguir adelante; Patsy McCloud pretendía que, en el momento menos pensado, se levantaría y haría algo; la pretensión de Clark Smithfield era particularmente complicada. El engaño de Leo Friedgood era más sencillo, pues no estaba en Nueva York, sino a veinte minutos de Hampstead por la I-95, en una fábrica de «Telpro» en una pequeña ciudad llamada Woodville. Su esposa acababa de decidir que debía tener una aventura. Stony encontró un sitio en el aparcamiento, entró en «Franco's», se sentó a una mesa cerca del bar y abrió un libro. Antes de quince minutos, un hombre le dijo: «¿Me permites?», y se sentó a su lado. Ella lo conocía, pero, aunque era respetado en Hampstead, ningún otro hombre del bar habría querido tener tratos con él. Su profesión le privaba de la compañía de los hombres. Guapo aunque gastado, profesionalmente discreto, era el hombre perfecto para Stony. No tardaron en salir del bar, y el «Toyota» verde de Stony se dirigió al puente sobre el río Nowhatan y descendió por las frondosas y ya veraniegas calles. 8 Navidad de 1970 Después del entierro de Jean Smithfield, el último día de noviembre de 1970, Clark se quedó toda una semana en casa con Tabby, y, por una vez, su padre no insistió en que fuese a la oficina. Ni reprendió a Clark por emborracharse demasiado para asistir a las exequias. «Hubiese tenido que conducir yo repetía Clark . Yo quería hacerlo... y ella quiso protegerme, ¿sabes? Quiso protegerme.» Después del día del entierro, no volvió a beber hasta Navidad. Para Tabby, el mundo quedó como había sido la noche de la muerte de su madre: vuelto del revés, desconocido, oscuro. Su abuelo le había llevado a la casa mortuoria y había dejado que tocase el ataúd, y cuando lo hizo, delante de Monty y de los vecinos y de todos los parientes adultos, algo le sucedió. Vio. Vio oscuridad a su alrededor, y, sobre su cabeza y en todos lados, brillaba una felpa azul oscura en la sombra. Sabía que estaba en aquella caja con su mamá. Lanzó un alarido de ciego terror, y su abuelo le sostuvo. —Eres un buen chico, querido Tabby —le arrulló su abuelo, apretándolo sobre la fina tela azul de su traje—. Te pondrás bien, querido. Tabby pestañeó y volvió la cabeza, dejando de mirar el ataúd. No dijo una palabra durante las honras fúnebres, y cuando llegaron a casa, él y Monty encontraron a Clark desmayado en un sillón de brocado frente al ruidoso aparato de televisión, con lágrimas brillando en sus mejillas sin afeitar. Tabby se acurrucó en el regazo de su padre, y no quiso hablar ni moverse. Pasados los primeros días, Clark Smithfield fue a trabajar con su padre cinco días a la semana, hasta Navidad. Permanecía en su despacho, firmaba papeles y leía informes. Redactaba memorias y asistía a reuniones. Los sábados y los domingos bajaba con Tabby y le lanzaba pelotas de tenis sobre el suelo de hormigón; Tabby trataba de devolverlas con su pequeña raqueta. Por la tarde, daban paseos arriba y abajo, a lo largo de la animada y fría Mount Avenue. —Mamá murió —declaraba Tabby con su cantarína voz infantil—. Mamá murió y no volverá, porque ahora está en el cielo. —Señalaba al cielo con su manita enguantada—. Está allá arriba, papá. Clark lloraba de nuevo, pero ahora por su hijo, por su valiente hijito, con su anorak azul y su mano enguantada señalando al aire y sus botas Snoopy hundidas en la nieve helada. El día de Navidad, Monty anunció durante la comida que tenía otro regalo para Tabby, el mejor de todos. Sentado en la cabecera de la mesa, parecía gentil y refinado, y también orgulloso de sí mismo. —Nadie en el mundo puede dar algo mejor que una buena educación —dijo, y sorbió su borgoña—. Por consiguiente, tengo el placer de anunciaros a todos que Mr. Cathcart, director de la Academia Greenbank, ha accedido a que nuestro Tabby ingrese en su parvulario en cuanto se reanuden las clases en enero. —Bravo —dijo su esposa. Clark iba a decir algo, pero cerró la boca, y Tabby pareció confuso. —Podrás ir al colegio con sólo cruzar la calle —dijo Monty—. ¿No te parece estupendo, hijo? E irás al mismo colegio al que fuimos tu padre y yo. —Bueno —dijo Tabby, mirando primero a su abuelo y después a su padre. —Bien, me alegro de que esto esté arreglado —dijo la madre de Clark. —No quiero pisarte el terreno, Clark —dijo Monty—. Sólo dejaremos aparte la cuestión de la enseñanza. Pero creo que el chico se merece que le demos lo mejor. —Tú siempre lo haces —murmuró Clark. Después de la comida se sirvió una copa, por primera vez desde el entierro de su esposa. 9 17 de mayo de 1980 Stony esperó en el paseo a que el hombre se apease de su coche. Eran las seis menos un minuto, y si Leo se hubiese encontrado en casa, habría estado arrellanado delante del televisor, en su cubil, con papeles sobre el regazo, una copa sobre la mesa a su lado, dispuesto a enterarse de las noticias locales de Nueva York. El hombre se apartó de su coche y miró la casa. —Bonita —dijo. Sus cabellos se erizaron un poco bajo la suave brisa del Sound. Sus ojos parecían amables y vacíos. Se abrochó el impermeable, aunque no llovía ni hacía frío. —No hay nadie en casa —dijo. Se acercó a Stony en el paseo enarenado y le tocó una mano. Se besaron. 10 6 de enero de 1971 A las once del 6 de enero de 1971 el día anterior al ingreso de Tabby en su nuevo colegio , Clark Smithfield condujo el coche de su padre a través de la verja y lo detuvo delante de la casa, en vez de llevarlo al garaje. Entró apresuradamente, miró a ambos lados y subió los escalones de dos en dos. Oyó que Tabby y la niñera estaban hablando en la habitación de aquél, y abrió suavemente la puerta. Su hijo le dirigió una amplia sonrisa divertida. —¡Papá, papá, papá! —canturreó—. ¡Un hombre y una señora se estaban besandol —¿Qué? —preguntó Clark a la chica. —No lo sé, señor. Sólo dijo esto. —¡Se estaban besando, papá! ¡Así! Tabby frunció los labios y movió la rubia cabecita de un lado a otro. Después soltó una alegre carcajada. —Sí —dijo Clark—. Emily, déjanos un rato solos. Tengo que hablar un poco con Tabby. —¿Quiere que me vaya? —preguntó ella, levantándose del suelo lleno de juguetes. —Sí, por favor —dijo Clark—. Estaremos ausentes un par de horas. No te preocupes. —Está bien —dijo la chica—. Dale un fuerte beso a Emily, Tabby. Se inclinó sobre él. —Un beso, papá —gritó Tabby, inclinando la cabeza para recibir el beso de Emily. Cuando la niñera hubo salido, Clark cogió una bolsa verde para libros de un estante Tabby la empleaba para todo , y empezó a llenarla de juguetes y de libros. —¡Eh! ¡No hagas eso, papá! —exclamó Tabby. —Sólo haremos un pequeño viaje en avión —dijo Clark—. ¿Te gustará? Es una sorpresa. —¿Una sorpresa para el abuelo? —gritó Tabby. —Una sorpresa para nosotros. Sacó una pequeña maleta azul del armario de Tabby y metió en ella ropa interior, calcetines, camisas y pantalones. —Necesitarás alguna ropa. Después podremos marcharnos. Durante diez minutos, Tabby supervisó la operación, asegurándose de que su padre pusiera sus camisas de manga corta predilectas en la maleta. Después se puso el abrigo, los guantes y el gorro de lana. Clark sacó su propia maleta de debajo de la cama. —Bueno, Tabby —dijo, arrodillándose delante de su hijo—. Ahora bajaremos la escalera, saldremos y subiremos al coche. Sólo por esta vez, no te despedirás de Emily. ¿Comprendido? —Ya me he despedido de Emily —dijo Tabby. —Muy bien. Sé bueno y no hagas ruido. —No haré ruido —gritó Tabby. Bajaron la escalera y se dirigieron a la puerta principal. Las voces de Emily y el ama de llaves sonaban débilmente en la cocina. Clark abrió la puerta. El aire frío de enero se ensañó con ellos. El suelo estaba tapizado de blanco, mostrando aquí y allí las huellas de ardillas y de mapaches. —Papá —murmuró Tabby. Clark miró una vez más el interior de la casa, el vestíbulo de mármol, las gruesas alfombras y los mullidos sillones, y las grandes pinturas de barcos. —Papá. —¿Qué? —preguntó Clark, cerrando la puerta. —Aquel hombre era malo. —¿Qué hombre, Tabby? Tabby pareció confuso y aturrullado durante un momento, una expresión del semblante de su hijo que Clark había llegado a conocer muy bien. —No importa, Tabby —dijo—. No hay hombres malos. Arrojó las maletas sobre el asiento de atrás, arrancó y cruzó la verja abierta. Cuando giraron hacia el oeste en la carretera, Tabby gritó: —¡Vamos a Nueva York! —Vamos al aeropuerto, ¿no te acuerdas? —¡Sí, sí! El aeropuerto. Un viaje en avión. Era la sorpresa. —Sí —dijo Clark, y puso el coche a ciento diez. 11 17 de mayo de 1980 Cuando Stony abrió la puerta del dormitorio con la cadera, vio que el hombre estaba ya en la cama. Estaba reclinado sobre dos almohadas. Su piel era muy blanca, en contraste con las sábanas de color de rosa, y su pecho lampiño tenía el color del queso de las granjas. Toda su cara parecía vidriosa. Ella dijo: —No pierdes el tiempo. —¿El tiempo? —preguntó el hombre—. Nunca lo pierdo. —¿Seguro que te encuentras bien? La ropa estaba tirada en el suelo, junto a la cama. Stony le tendió su vaso, pero el hombre no pareció advertirlo miraba fijamente los ojos cristalinos de ella , y Stony dejó el vaso sobre la mesita de noche. —Estoy perfectamente. Stony se encogió de hombros, se sentó y se quitó los zapatos. —Estuve aquí antes de ahora —dijo el hombre. Stony se arremangó la falda. —¿Quieres decir en esta casa? ¿Antes de que nosotros viniésemos a ella? ¿Conociste a los Allenby? Él meneó la cabeza. —Yo estuve aquí antes. —¡Oh! Todos hemos estado aquí antes —dijo Stony—. Esto es más grande que un campo de fútbol. 12 17 de mayo de 1980 Estuviste soñando largo tiempo y después dejaste de soñar. Estabas dormido en un sitio que no conocías y, cuando te despertaste, eras otra persona. Tenías una copa en la mano, una mujer te miraba, y el Dragón, el mundo, volvía a ser tuyo. 13 6 de enero de 1971 «Avión», dijo Tabby una vez, con voz maravillada, y después guardó silencio mientras el coche de Monty Smithfield rodaba por la autopista, dejando atrás el extremo inferior de Hampstead, campos y casas, Norrington, los edificios de oficinas y los moteles de varios pisos de Woodville con sus brillantes rótulos, pasando por debajo de puentes y por los puestos de peaje, dejando Kingsford atrás y entrando en el Condado de Westchester, donde la carretera estaba sucia y con bastantes hoyos, hasta Queens. —¿Qué te pasa? —preguntó bruscamente su padre, al entrar en la desviación que conducía a Long Island. Hacía rato que todos los sitios por donde pasaban parecían fríamente amenazadores. De los bellos montones y brillantes paisajes del Condado de Patchin habían pasado a una tierra extraña. Tabby sentía que éste era el mundo que había matado a su madre—. ¿No quieres hacer un viaje? —No. Su padre lanzó una maldición. Coches manchados de barro grisáceo chirriaban a su alrededor. —Quiero ir a casa —dijo Tabby. —Ahora tendremos una casa nueva. Todo será diferente, Tabby. —Ya lo es. —No puedo elegir, Tabs... Tengo un nuevo empleo. Era la primera vez que decía esta mentira; después se convertiría en hábito. Clark dejó el coche en el garaje-aparcamiento. Grandes bloques de cemento gris se alzaban como mausoleos en todos los lados; el aire era también gris y olía a polvo y a grasa. Cuando Tabby abrió la portezuela y se apeó, vio una mancha grande sobre el cemento, a su lado, y pensó que era una cosa viva. Un grito ronco sonó en el piso inferior. Portentos de un mundo sin amor y sin gracia. —Muévete, Tabby. No puedo evitarlo..., estoy nervioso. Tabby se movió. Trotó al lado de su padre hasta el ascensor y se resguardó detrás de sus piernas. El ascensor descendió velozmente. Rótulo de inspección. Uso autorizado. En caso de emergencia, empleen el teléfono. —La emergencia nos lleva al aeropuerto —dijo un hombre con botas de cowboy y chaqueta de cuero. Una mujer de melena leonina se rió, mostrando unos dientes de fiera manchados de lápiz de labios. Cuando vio que Tabby la miraba, le acarició los cabellos y dijo: —¡Qué mono! —Basta de soñar despierto —dijo Clark, empujándole hacia el aire frío. Se abrieron unas puertas con un zumbido; entraron en la terminal. Clark puso las maletas sobre la báscula; sacó la cartera. —No fumadores —dijo. —Papá —dijo Tabby—. Por favor, papá. —¿Qué? ¿Qué diablos te pasa ahora? —No hemos traído a Spiderman. —Compraremos otro. —Yo no quiero... Clark le agarró de la mano y tiró de él hacia la escalera automática. Tabby gritó de miedo y desesperación, pues, en aquel instante, le pareció que la atestada terminal estaba llena de muertos: cadáveres desparramados aquí y allá, y un hombre desnudo cubierto de grandes llagas blancas. Fue una visión momentánea que no duró ni un segundo; pero, cuando hubo pasado, su boca siguió haciendo el mismo ruido. —Tabby —dijo su padre, más amablemente—, tendrás uno nuevo. —¡Huy, huy! —exclamó Tabby. No sabía qué le había pasado, pero sí que en los bordes de lo que había visto estaba un chiquillo con la ropa ardiendo, y que este niño era lo que importaba más en su visión. Porque era él mismo. Luces rojas y amarillas llenaron su campo visual, y se tambaleó sobre los pies. Las manchitas de luz hormigueaban. Su padre se había arrodillado a su lado, y le sostenía. Ya no estaban en la escalera automática, y la gente se apresuraba a su alrededor. —¡Eh, Tabs! —decía su padre—. ¿Te encuentras bien? ¿Quieres un poco de agua? —No. Estoy bien. —Pronto estaremos en ese viejo avión. Tendremos un vuelo magnífico y llegaremos a Florida. Es un lugar muy bonito, y hace calor. Brilla el sol, y hay palmeras y sitios donde nadar. Y pistas de tenis donde podremos jugar. Todo será estupendo. Tabby miró por encima del hombro de su padre y vio un pasillo interminable donde algunos medio dormían y otros se dejaban llevar por la cinta móvil. —Claro —murmuró. —Necesitarnos esto, Tabby. El niño asintió con la cabeza. —¿Sabes cómo son las nubes por encima? Podremos mirar hacia abajo y ver lo que hay sobre las nubes. Tabby levantó la cabeza, con una chispa de interés. Su padre se irguió; pasaron a la cinta móvil. Tabby pensó en las cimas de las nubes, en un mundo al revés. Ahora había ante ellos una pared de luz, una pared curva llena de ventanas, de brillo cegador por los rayos del sol, y con grandes números resplandecientes: 43, 44, 45. La gente inundada de sol hacía cola ante las ventanillas. Bolsas de mano ocupaban las butacas. Pasaban animados uniformes bajo un arco de sombra. Tabby vio un cuerpo familiar, una mata de cabellos de plata. —¡Abuelito! 14 17 de mayo de 1980 Vuelcas descuidadamente la copa y derramas su contenido sobre el suelo. Ves cambiar la expresión de la mujer y le ases la muñeca, no sin ternura. 15 6 de enero de 1971 —Pensé que intentarías una gansada como ésta —dijo el viejo—. ¿Creíste realmente que te saldrías con la tuya? Tabby se quedó inmóvil entre los dos hombres. —Vendrás conmigo, Tabby —dijo su abuelo, extendiendo una mano—. Todos volveremos a casa y olvidaremos esto. —¡Al diablo contigo! —dijo su padre—. Quédate aquí, Tabby. No... Ve a sentarte en una de esas butacas. —No te muevas, Tabby —dijo su abuelo—. Te compadezco, Clark. Esta estúpida gansada no podría salir bien en modo alguno. —Deja de llamarlo una gansada —dijo Clark. El viejo se encogió de hombros. —Llámalo como quieras. El chico se quedará aquí. Tú puedes hacer lo que te dé la gana. —Siéntate allí, Tabby —ordenó Clark, pero Tabby era incapaz de moverse—. ¿Cómo sabías que estaría aquí? —Hablas como un chiquillo. Nada más fácil que imaginar lo que ibas a hacer. Bueno, Clark. ¿Estás dispuesto a abandonar esta ridicula idea? —¡Vete al infierno! ¡No te llevarás a mi hijo! —Ven conmigo, Tabby. Si tu padre quiere hacer locuras, que lo decida él. Tabby tomó su propia decisión; atraído por aquella voz consoladora, por la suavidad del abrigo de cachemira y del traje rayado. De este modo pensó que decidía por los dos, en favor de un presente que era como el pasado. No esperaba más. Dio un paso en dirección a Monty Smithfield y oyó que su padre chillaba: —¡TABBY! El abuelo se inclinó y le tomó de la mano. —¡Suelta a mi hijo! —gritó el padre. Tabby sintió que su mundo se hacía pedazos. —¡No te acerques a él, estúpido! —chilló su abuelo. Y el alma del niño, lo que parecía ser su alma, se partió por la mitad como hendida por una cuchilla. En tanta confusión, era imposible razonar. La mano de Monty se cerró con fuerza sobre la suya, con una fuerza que le hizo gritar. —Suelta a mi hijo —gruñó Clark—, ¡viejo bastardo! Asió la otra mano de Tabby y tiró del muchacho. Durante lo que pareció una eternidad, ninguno de los dos soltó su presa. Tabby estaba tan espantado e impresionado que no podía decir nada. Su padre y su abuelo tiraban de sus brazos como si quisieran descuartizarlo. Percibió vagamente otras personas que corrían hacia ellos. —¡Suelta! —ladró su abuelo, en una voz que no era la suya. —No puedes llevártelo, no puedes llevártelo —dijo su padre. Y oyó en sus voces que, realmente, iban a descuartizarlo. —Papá, ¡VEO algo! —chilló. Y era verdad. Veía algo que ocurriría nueve años, cuatro meses y once días después. 16 17 de mayo de 1980 Por un momento, interrumpiste lo que hacías; tenías un testigo. La última burbuja de vida se extinguió en Stony Baxter Friedgood. 17 6 de enero de 1971 —¡VEO algo, papá! —aulló Tabby, incapaz de añadir nada más. Se dio cuenta de que su abuelo le había soltado la mano. Cuando abrió los ojos, vio a un hombre alto y de uniforme azul que agarraba el hombro de su abuelo; él estaba de rodillas delante de su padre, mirando confusamente, viendo al irritado piloto y a su abuelo y otros detrás de ellos. La cara de su abuelo estaba muy enrojecida. —¿Vamos a arreglar esto ahora, o llamamos a la Policía? —preguntó el piloto. Tabby se puso en pie. —Estoy harto de ti —dijo el abuelo—. Eres completamente irresponsable. Vete. Apártate de mi vista. —Es lo que pensaba hacer —dijo el padre, con voz áspera. —Te mereces todo lo que te sucede. Pero mi nieto no se lo merece. Sería una lástima... que él tuviese que pagar tu estupidez. —Al menos será algo que tú no pagarás. El viejo se apartó del piloto. —Si te imaginas que esto es una respuesta, lo siento por ti. —¿Solucionado? —preguntó el piloto. —No —dijo Monty Smithfield. —Sí —dijo Clark—, si él se marcha de la terminal. Había triunfo en su voz. Tabby retrocedió y se apoyó en un cenicero lleno de arena. Observó que su abuela sacudía las mangas y se volvía hacia el largo pasillo. —Esa zorra de Emily le avisó —dijo Clark. A Tabby le temblaban las piernas. —¿Qué dijiste que veías? —le preguntó su padre, mientras ambos contemplaban al viejo que caminaba muy erguido por el pasillo, en dirección a la cinta móvil. —No lo sé. Estuvieron veinte minutos sentados en la sala de espera, sin hablar. Los hombres de uniforme los miraban inquietos de vez en cuando, como si pensaran que, a fin de cuentas, habría sido más prudente llamar a la Policía. Cuando el «Eastern 727» hubo despegado, Clark Smithfield se desabrochó el cinturón y se volvió a su hijo. —A partir de ahora, seremos un par de chicos pobres.


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algo divertido

26 de septiembre, 2009 - 23:32
Bueno aqui les dejo algo divertido Baby Dancing to Beyonce ! - For more amazing video clips, click here SALUDOS!!!


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McDonald’s application

20 de septiembre, 2009 - 22:02
These are actual answers on a McDonald’s application submitted by a 17 year old kid someplace in Florida. They actually hired him too. I think this kid’s gonna go far…

NAME: Greg Bulmash.

SEX: Not yet. Still waiting for the right person.

DESIRED POSITION: Company’s President or Vice President. But seriously, whatever’s available. If I was in a position to be picky, I wouldn’t be applying here in the first place.

DESIRED SALARY: $185,000 a year plus stock options and a Michael Ovitz style severance package. If that’s not possible, make an offer and we can haggle.

EDUCATION: Yes.

LAST POSITION HELD: Target for middle management hostility.

SALARY: Less than I’m worth.

MOST NOTABLE ACHIEVEMENT: My incredible collection of stolen pens and post-it notes.

REASON FOR LEAVING: It sucked.

HOURS AVAILABLE TO WORK: Any.

PREFERRED HOURS: 1:30-3:30 p.m., Monday, Tuesday, and Thursday.

DO YOU HAVE ANY SPECIAL SKILLS?: Yes, but they’re better suited to a more intimate environment.

MAY WE CONTACT YOUR CURRENT EMPLOYER?: If I had one, would I be here?

DO YOU HAVE ANY PHYSICAL CONDITIONS THAT WOULD PROHIBIT YOU FROM LIFTING UP TO 50 LBS?: Of what?

DO YOU HAVE A CAR?: I think the more appropriate question here would be “Do you have a car that runs?”

HAVE YOU RECEIVED ANY SPECIAL AWARDS OR RECOGNITION?: I may already be a winner of the Publishers Clearing house Sweepstakes.

DO YOU SMOKE?: On the job no, on my breaks yes.

WHAT WOULD YOU LIKE TO BE DOING IN FIVE YEARS?: Living in the Bahamas with a fabulously wealthy dumb sexy blonde super model who thinks I’m the greatest thing since sliced bread. Actually, I’d like to be doing that now.

DO YOU CERTIFY THAT THE ABOVE IS TRUE AND COMPLETE TO THE BEST OF YOUR KNOWLEDGE?: Yes. Absolutely.

SIGN HERE: Aries.

What'd You Think?


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UNA SEXOLOGA...

17 de septiembre, 2009 - 21:03
UNA SEXOLOGA ... cansada de responder preguntas pen... de lectoras, publico lo siguiente:

1 - Que tengo que hacer para sorprender a mi marido que es medio tímido?
R: Aparécete con otro wey...

2 - Tengo un amigo que quiere tener sexo conmigo, pero su pene es de 18cm. Me parece que me va a doler, que hago?
R: Mándamelo!!! yo me lo chingo por ti, estrecha!!.

3 - Como hago para seducir al hombre que amo?
R: Encuératele!!! y si no te hace nada, sal de ahi corriendo!!! seguro que es puto.

4 - Quiero saber como enloquecer a mi novio en las navidades.
R: Dile al oido que tu menstruación está atrasada un mes.

5 - Soy fea, pobre y aburrida. Que debo hacer para gustarle a alguien?
R: Obviamente volverte linda, rica y divertida... o suicidarte!

6 - Soy virgen y ayer hice sexo oral con mi novio por primera vez. Sin querer tragué el semen. Quiero saber si voy a quedar embarazada. Estoy desesperada!
R: Claro que corres riesgo de quedar embarazada. Es más, la criatura puede salir por el oído o la nariz. Si serás pendeja!!!.

7 - La primera vez duele? Tengo 21 años y todavía no lo hago por miedo a que duela.
R: Duele un chingo y seguro caes en coma. Deja de hacerte pendeja y ponle de una vez, o te crees Blancanieves?

8- Puedo tomar anticonceptivos con diarrea?
R: Mira, generalmente yo los tomo con agua ... la opción es tuya. Espero tengas vasos desechables a mano... pinche cochina!



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Solo mamas entenderan

13 de septiembre, 2009 - 22:15

A menudo me piden que describa la experiencia de criar a un niño con una discapacidad, que intente ayudar a la gente que no han compartido esa experiencia única a imaginar cómo se sentirían. Es así…

Cuando vas a tener un bebé es como planear unas vacaciones fabulosas en Italia. Compras un montón de guías y haces tus maravillosos planes. El Coliseo. El David de Miguel Ángel. Las góndolas de Venecia. Puede que aprendas algunas frases útiles en italiano. Es todo muy emocionante.

Después de meses de ansiosa anticipación, finalmente llega el día. Preparas tus maletas y allá vas. Varias horas más tarde el avión aterriza. La azafata viene y dice: “Bienvenido a Holanda”.

- ¿Holanda? – dices -. ¿Cómo que Holanda? Yo me embarqué para Italia. Se supone que estoy en Italia. Toda mi vida he soñado con ir a Italia. Pero ha habido un cambio en la ruta de vuelo. Han aterrizado en Holanda y aquí se debe quedar.

Lo importante es que no te han llevado a ningún lugar horrible, asqueroso y sucio, lleno de pestilencia, hambruna y enfermedad. Simplemente es un sitio diferente.

Así que tienes que salir y comprarte nuevas guías. Y tienes que aprender una lengua completamente nueva. Y conocerás a un grupo entero de gente que nunca habrías conocido.

Simplemente es un sitio diferente. Camina a un ritmo más lento que Italia, es aparentemente menos impresionante que Italia. Pero cuando, después de haber estado un rato allí, contienes el aliento y miras alrededor, empiezas a notar que en Holanda hay molinos de viento. Holanda tiene tulipanes. Holanda tiene incluso Rembrandts.

Pero todo el mundo que conoces está muy ocupado yendo y viniendo de Italia y todos presumen muy alto de qué maravillosamente se lo han pasado en italia. Y, durante el resto de tu vida, dirás “Sí, ahí era donde se suponía que yo iba. Eso es lo que había planeado.”

Y ese dolor nunca, nunca, nunca, se irá, porque la pérdida de ese sueño es una pérdida muy importante.
Pero si te pasas la vida quejándote del hecho de que nunca llegaste a Italia, puede que nunca tengas libertad para disfrutar de las cosas, muy especiales, maravillosas, de Holanda.




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Comparaciones de policias!

10 de septiembre, 2009 - 23:21
Bueno aqui una comparacion de dos tipos de policias
uno britanico y un mexicano



POLICIA INGLES VS POLICIA MEXICANO

Como que el mexicano le pone mas sabor jajajajajaja


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Saldo tragico!!!

06 de septiembre, 2009 - 00:14
Esta semana fue mala, hubo un saldo tragico en mi persona. jajaja!!!
tuve un altercado en un estacionamiento de Soriana (gooooool) en donde se
llegaron a los golpes, en la pelea perdi una y media pieza dental!!!!
es decir que me que de chimuelo! uno era ya reparado y era de ´porcela o algo
asi el otro no, ese era mio! jajajaja se estaran diciendo "menso perdio la pelea!!!"
pues no, jajajaja el "mono" se llevo lo suyo, le hice daño, lo cual me arrepiento,
en verdad que no soy una persona violenta pero no se que me paso en ese momento
que perdi los estribos, el pobre tiene una herida de unos 10 centrimetros arriba de la
ceja, y le quebre la nariz, le quedo chatita, ahora tengo que conseguirme un buen
dentista para que me repare mi ventanota que me quedo.

saludos

espero que la semana que entra sea mejor.
todavia tengo el labio inflamado.


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La respuesta es ...

31 de agosto, 2009 - 20:59
Pues soy Ing. de SMT en una fabrica en mi "ranchito"

aqui les dejo un video de una maquina parecida a la que tengo...



MyData My12


Lo rojo es un adhesivo que uso para pegar los componentes en la tarjeta, solo que en el momento que tome la foto estaba limpiando el stencil


saludos!!!

Ese  Boomer casi le atinas!


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A que me dedico?

30 de agosto, 2009 - 18:53
Bueno les dejo una foto mia en el trabajo

saludos!




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mi hermano

17 de agosto, 2009 - 23:42
bueno les presento a mi hermano!


aqui esta




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pregunta

17 de agosto, 2009 - 00:20
ayer en la manana vi pasar rumbo al trabajo un autobus foraneo de 2 pisos!!! alguien sabe que linea tiene estos camiones solo recuerdo que decia algo "vista" pero no recuerdo mas, era muy temprano!!

gracias!!!!





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Algo muy bonito

09 de agosto, 2009 - 13:55

bueno aqui tirando weba jajajaja

me mandaron este link y creanme vale la pena visitarlo

Iglesia de San Luis en Sevilla

 

http://3web.dipusevilla.es/SanLuis/sanluis.html

espero que les guste tanto como ha mi...


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