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Localización: DF, Mexico [ Escribo sobre... ]

Busco respuesta

27 de diciembre, 2008 - 02:49
Haber mis estimados una pregunta:

Hace varios anios me enamore perdidamente de una mujer, la ame y sigo amando, pero por la distancia nos separamos ella vive en DF y yo pues en la otra esquina !!! Matamoros, nos hemos mantenido en contacto

hoy me envio este correo
pero como que me confunde
me podran ayudar?

el video!




yo si me perdi

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Z XIV

22 de diciembre, 2008 - 22:32

 TOPEKA, KANSAS, ESTADOS UNIDOS

 [Sharon podría ser considerada una mujer hermosa bajo cualquier estándar — con un cabello largo y rojizo, brillantes ojos verdes, y el cuerpo de una bailarina o una supermodelo de las de antes de la guerra. Tiene la mente de una niña de cuatro años.

 Estamos en el Centro de Rehabilitación Rothman para Niños Salvajes. La doctora Roberta Kelner, la encargada del caso de Sharon, describe su condición como “afortunada.” “Por lo menos ella tiene algunas habilidades de lenguaje y procesos de pensamiento coherentes,” me explica. “Son rudimentarios, pero al menos son completamente funcionales.” La doctora Kelner está muy emocionada por la entrevista, pero el doctor Sommers, director de programas de Rothman, no lo está. Los fondos siempre han sido escasos para este programa, y la administración actual está amenazando con cerrarlo por completo.

 Sharon se muestra tímida al principio. No estrecha mi mano, y evita mirarme directamente a los ojos. Aunque Sharon fue encontrada en las ruinas de Wichita, no hay forma de saber dónde ocurrieron los hechos que relata.]

=MAS= 

Estábamos en la iglesia, Mami y yo. Papi nos dijo que iba a recogernos. Papi tenía que hacer algo. Nosotros íbamos a esperarlo en la iglesia.

 Todos estaban allá. Tenían muchas cosas. Tenían cereales, y agua, y jugo, y bolsas de dormir, y linternas y… [Imita un rifle con las manos]. La señora Randolph tenía uno. Pero eso no se hace. Son muy peligrosos. Ella me dijo que eran peligrosos. Ella es la mamá de Ashley. Ashley es amiga mía. Le pregunté dónde estaba Ashley. Se puso a llorar. Mami me dijo que no le preguntara por Ashley, y le dijo a la señora Randolph que lo sentía. La señora Randolph estaba sucia, con manchas café y rojo en el vestido. Era gorda. Tenía manos gruesas y suaves.

 Había otros niños, Jill y Abbie, y otros niños. La señora. McGraw los cuidaba. Tenían crayones. Estaban pintando en la pared. Mami me dijo que jugara con ellos. Me dijo que estaba bien pintar en la pared. Que el Pastor Dan dijo que se podía.

 El Pastor Dan estaba allá, y quería que la gente lo escuchara. “Por favor todo el mundo…” [Imita una voz grave y profunda] “por favor tranquilos, los ‘somis’ ya vienen, cálmense y prepárense para cuando lleguen los ‘somis.’” Nadie lo escuchaba. Todos estaban hablando, nadie estaba sentado. La gente estaba hablando con sus cosas [Imita a alguien hablando por teléfono], estaban furiosos con sus cosas, las tiraban y les decían malas palabras. Me sentí mal por el Pastor Dan. [Luego imita el sonido de una sirena.] Afuera.[Lo hace de nuevo, comenzando suave, aumentando el volumen, y luego apagándose varias veces.]

 Mami estaba hablando con la señora Cormode y las otras mamis. Estaban peleando. Mami estaba enojada. La señora Cormode dijo [con un tono enojado], “¿Y qué? ¿Qué más podemos hacer?” Mami sacudía la cabeza. La señora Cormode estaba hablando con sus manos. No me gustaba la señora Cormode. Ella era la esposa del Pastor Dan. Era gritona y mala.

 Alguien gritó… “¡Ahí vienen!” Mami me levantó. Se llevaron las sillas y las pusieron junto a la puerta. Todas las sillas junto a la puerta. “¡Rápido!” “¡Cierren la puerta!” [Imita varias voces diferentes.] “¡Un martillo!” “¡Clavos!” “¡Están en el parqueadero!” “¡Vienen para acá!”[Sharon mira a la doctora Kelner.] ¿Puedo?

[El doctor Sommers no parece muy seguro. La doctora Kelner sonríe y dice “sí” con la cabeza. Después me enteré que el cuarto había sido acondicionado a prueba de ruidos por esa razón.]

[Sharon imita el gemido de un zombie. Es sin duda el más realista que jamás he escuchado. Es claro, por su incomodidad, que Sommers y Kelner están de acuerdo conmigo.]

Ellos venían. Muchos, muy grande. [Gime otra vez. Luego comienza a golpear con su mano derecha sobre la mesa.] Querían entrar. [Sus golpes son rítmicos y mecánicos.] La gente gritaba. Mami me abrazó. “Está bien.” [Su voz se hace más suave, y comienza a acariciarse el cabello.] “No dejaré que te atrapen. Shhhh….”

 [Ahora golpea con ambos puños sobre la mesa, y sus golpes se hacen más caóticos, como imitando a varios muertos vivientes.] “¡La puerta!” “¡Resistan!” [Imita el sonido de un vidrio que se rompe.] Se rompieron las ventanas, las ventanas del frente, al lado de la puerta. Se apagó la luz. Los grandes se asustaron. Gritaban.

 [Su voz vuelve a imitar a su madre.] “Shhhh… bebé. No dejaré que te atrapen.”[Sus manos pasan de su cabello a su cara, acariciándose suavemente la frente y las mejillas. Sharon mira a Kelner como interrogándola. Kelner asiente. La voz de Sharon imita el sonido de algo grande que se rompe, un rugido con flema desde lo más profundo de su garganta.] “¡Están entrando! ¡Disparen, disparen!” [Imita unos disparos y…] “No dejaré que te atrapen, no dejaré que te atrapen.” [De pronto, Sharon mira al vacío detrás de mis hombros, como a algo que ya no está ahí.] “¡Los niños! ¡No los dejen tocar a los niños!” Esa era la señora Cormode. “¡Salven a los niños! ¡Salven a los niños!” [Sharon imita más disparos. Encoge las manos formando un solo puño enorme, y lo descarga sobre una forma invisible frente a ella.] Los niños comenzaron a llorar. [Hace movimientos como de golpes, cortes y punzadas con algún objeto.] Abbie lloraba mucho. La señora Cormode la levantó. [Imita el movimiento para levantar a alguien en el aire, y golpearlo contra una pared.] Entonces Abbie ya no lloró. [Sharon sigue acariciándose el rostro, imita la voz de su madre, ahora mucho más fuerte.] “Shhh… está bien, bebé, está bien…” [Sus manos bajan lentamente hasta su cuello, apretándolas alrededor y estrangulándose.] “No dejaré que te atrapen. ¡NO DEJARÉ QUE TE ATRAPEN!”

[Sharon se está ahogando, y lucha por respirar.]

[El doctor Sommers se lanza para tratar de detenerla, pero la doctora Kelner levanta una mano y Sharon se detiene, relajando sus manos mientras imita un disparo.]

Se sentía húmedo y caliente, sabía a salado, y me picaba en los ojos. Unas manos me levantaron y me llevaron. [Se pone de pié, simulando un movimiento como corriendo con un balón bajo el brazo.] Me sacaron al parqueadero. “¡Corre, Sharon, no pares!” [Es una voz diferente, no es la de su madre.] “¡Sólo corre, corre, corre!” Luego se alejaron. Me soltaron. Eran unas manos gruesas y suaves.



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Z XIII

22 de diciembre, 2008 - 19:47
EL GRAN PÁNICO

 BASE AÉREA NACIONAL PARNELL: MEMPHIS, TENNESSEE, ESTADOS UNIDOS

 [Gavin Blaire es el piloto de uno de los dirigibles de combate D-17 que componen el núcleo principal de la Patrulla Aérea Civil Norteamericana. Es un trabajo que le sienta bien. Antes piloteaba un dirigible publicitario de la Fujifilm.]

 Se extendían hasta el horizonte: sedanes, camiones, buses, casas rodantes, cualquier cosa que se pudiera conducir. Ví tractores, una mezcladora de cemento. En serio, incluso ví una plancha con un enorme cartel encima, un aviso de un “Club de Caballeros.” Un montón de gente iba sentada sobre él. Las personas iban montadas en cualquier cosa que podían, en los techos, en los compartimentos para equipaje. Me recordó las viejas fotografías de los trenes en India, con toda esa gente colgando de ellos como monos.

 Había un montón de basura a los lados del camino —maletas, cajas, y hasta pedazos de muebles caros. Había un piano de cola allí tirado, en serio, hecho pedazos como si lo hubiesen lanzado desde la parte de atrás de un camión. Había también muchos vehículos abandonados. Algunos habían sido arrastrados fuera de la carretera, otros habían sido desvalijados, otros estaban quemados. Vï a mucha gente que iba a pié, cruzando los campos o siguiendo la carretera. Algunos iban tocando en las ventanas de los autos, ofreciendo todo tipo de cosas. Algunas mujeres estaban ofreciéndose a los conductores, sin duda tratando de conseguir algo a cambio, quizá gasolina. Seguramente no estaban tratando de que las llevaran, porque a pié se movían más rápido que los autos. No tenía sentido, pero… [se estremece].
=MAS=
 Un poco más atrás, a unos cincuenta kilómetros, el tráfico se movía un poco mejor. Uno pensaría que la gente estaría más tranquila. Pero no. Todos estaban haciendo señas con las luces, chocando con los autos que tenían en frente, y saliendo de ellos a pelear. Ví a algunas personas tiradas a un lado de la carretera, se movían muy poco o nada en absoluto. La gente pasaba corriendo a su lado, llevando cosas, llevando niños, o simplemente corriendo, todos en la misma dirección que los autos. Unos cuantos kilómetros más atrás ví la razón.

 Las criaturas se movían como un enjambre entre los autos. Los conductores de los carriles exteriores trataban de adelantar por fuera del camino, quedándose atascados en el lodo, y atrapando a los de los carriles internos. La gente no podía abrir las puertas para huir. Los autos estaban demasiado cerca los unos de los otros. Ví a esas cosas metiendo la mano por las ventanas abiertas, sacando a las personas o metiéndose ellos. Muchos conductores estaban atrapados sin salida, con las puertas todavía cerradas y, asumo, con llave. Las ventanas seguían arriba, hechas de vidrio templado de seguridad. Los muertos no podían entrar, pero los vivos tampoco podían salir. Ví a algunas personas entrar en pánico, tratando de dispararles a través del parabrisas y destruyendo así la única protección que les quedaba. Estúpidos. Quizá habrían podido resistir unas cuantas horas más allí, e incluso haber tenido alguna oportunidad de escapar. Aunque quizá vieron que era imposible, y que esa era la salida más rápida. Había una jaula para ganado, remolcada por una camioneta que seguía atascada en uno de los carriles interiores. Se sacudía violentamente de un lado para el otro. Los caballos que llevaba todavía estaban adentro.

 El enjambre seguía avanzando por entre los autos, abriéndose paso literalmente a mordiscos por entre las filas inmóviles, con todos esos pobres diablos que intentaban escapar. Eso fue lo que más me impresionó, porque no iban a ninguna parte. Estaban en la Interestatal 80, un pedazo de carretera entre Lincoln y North Platte. Ambos lugares estaban completamente infestados, así como todos los pueblos que había en el medio. ¿Qué creían que estaban haciendo? ¿Quién había organizado aquel éxodo? ¿De hecho, alguien lo había organizado? ¿Acaso la gente vió una fila de autos y se unió sin preguntar? Traté de imaginarme cómo habría sido, estar allí con autos pegados adelante y atrás, con niños llorando, perros ladrando, sabiendo lo que venía sólo unos cuantos kilómetros atrás, y esperando, rezando, para que alguien en los autos de adelante supiera hacia dónde ir.

 ¿Alguna vez escuchó de ese experimento que un periodista norteamericano hizo en Moscú en los 70s? Simplemente se paró frente a un edificio, ninguno en particular, sólo una puerta cualquiera. Muy pronto, alguien se paró a hacer fila tras él, luego una pareja, y cuando menos lo pensó, la cola le daba la vuelta a la esquina. Nadie preguntó para qué era aquella fila. Simplemente supusieron que era para algo que valía la pena. No sé si esa historia es cierta. Quizá es una leyenda urbana, o un mito de la guerra fría. ¿Quién sabe?






 ALANG, INDIA

 [Estoy parado junto al mar con Ajay Shah, contemplando los despojos oxidados de lo que alguna vez fueron unos imponentes barcos. Como el gobierno no posee los fondos para retirarlos de allí, y el tiempo y los elementos han convertido su acero en chatarra inútil, permanecen como monumentos silenciosos de la carnicería que una vez se vivió en aquella playa.]

 Me han dicho que lo que pasó aquí no fue extraño, que en todas partes del mundo en las que el océano se encuentra con la tierra, la gente estaba tratando desesperadamente de abordar cualquier cosa que flotara, buscando una oportunidad de sobrevivir en el mar.

 Yo no sabía nada sobre Alang, aunque había vivido toda la vida en la ciudad cercana de Bhavnagar. Era un ejecutivo de oficina, un profesional de cuello blanco desde el día en que salí de la universidad. El único trabajo que hacía con mis manos era al digitar en un teclado, y ya ni siquiera eso, pues casi todo nuestro software funcionaba con reconocimiento de voz. Sólo sabía que Alang era un astillero, y por eso huí hacia aquí en primer lugar. Esperaba encontrarme con una industria produciendo barco tras barco para llevarnos a un lugar seguro. No tenía ni idea de que era todo lo contrario. En Alang no se construían barcos, se destruían. Antes de la guerra era el deshuesadero marítimo más grande del mundo. Barcos de todas las nacionalidades eran traídos por las compañías recicladoras de acero de la India, llevados hasta la playa, desmantelados, cortados, y separados hasta que no quedaba completo ni el perno más pequeño. Las docenas de barcos que ví ese día no eran naves completas y funcionales, sino enormes cascarones vacíos, enfilados, esperando la muerte.

 No había muelles ni rampas. Alang no era un puerto, sino un enorme banco de arena. El procedimiento estándar era chocar los barcos contra la playa, varándolos como gigantescas ballenas encalladas. Calculé que mi única esperanza estaba en la media docena de barcos recién llegados que todavía estaban anclados lejos de la costa, conservaban parte de su maquinaria y, con algo de suerte, un poco de combustible en sus tanques. Una de aquellas naves, el Veronique Delmas, estaba remolcando a una de sus hermanas hacia el mar. Varias cuerdas y cadenas estaban amarradas sin ninguna técnica a la proa del APL Tulip, un barco de carga de Singapur que ya había sido parcialmente desmontado. Llegué justo en el momento en que el Delmas encendía sus motores. Pude ver la estela de espuma blanca que surgía mientras luchaba contra sus ataduras. Pude escuchar cómo se reventaban algunas de las cuerdas más débiles, restallando como disparos de escopeta.

 Pero las cadenas más gruesas… esas resistieron mucho mejor que el casco de la nave. Al encallar al Tulip, seguramente le dañaron parte de la quilla. Cuando el Delmas comenzó a tirar de él, se escuchó un terrible ruido, un chillido destemplado de metal. El Tulip se partió literalmente en dos, la popa se quedó en la costa mientras la proa seguía siendo remolcada hacia el mar.

 Nadie pudo hacer nada, el Delmas ya iba a toda máquina, arrastrando la proa del Tulip hacia aguas más profundas, en donde se volcó y se hundió en tan sólo unos segundos. Debía haber al menos unas mil personas a bordo, abarrotadas en cada camarote, cada pasillo y cada metro cuadrado de espacio libre en cubierta. Sus gritos fueron ahogados por el silbido del aire que se escapaba del casco.

 ¿Por qué los refugiados no se quedaron simplemente en los cascos varados en la playa,  retirando las escaleras, y convirtiéndolos en fortalezas inaccesibles?

 Usted habla del pasado desde una posición racional. Usted no estaba allí esa noche. La playa estaba llena de gente hasta la orilla, una marea enloquecida de humanidad, iluminada por los fuegos que ardían tierra adentro. Cientos de personas trataron de alcanzar nadando las naves que ya habían zarpado. Las olas rompientes arrojaron de vuelta los cadáveres de quienes no lo lograron.

 Docenas de barcazas iban y venían, llevando gente de la costa a los barcos. “Denme su dinero,” decían algunos, “todo lo que tienen, y los llevo.”

 ¿El dinero todavía servía para algo?

 Dinero, o comida, o cualquier cosa que consideraran valioso. La tripulación de uno de los barcos sólo aceptaba mujeres, mujeres jóvenes. Ví otra que sólo recibía a los refugiados de piel clara. Los muy malditos iluminaban con sus antorchas los rostros de la gente, tratando de sacar a los más oscuros como yo. Incluso ví a un capitán, parado en la cubierta de abordaje de su nave, apuntando con una pistola y gritando “¡Nadie de castas bajas, no llevaremos intocables!” ¿Intocables? ¿Castas? ¿Quién diablos piensa así en estos días? ¡Y la peor parte fue que algunos de los más viejos se salieron de la fila! ¿Puede creerlo?

 Comprenda que sólo estoy resaltando algunos ejemplos de lo peor entre lo peor. Por cada psicópata ambicioso y repulsivo, había diez personas buenas y decentes con su karma aún intacto. Un montón de pescadores y dueños de botes pequeños, que podrían haber escapado con sus familias, prefirieron ponerse en peligro y regresar a la orilla a ayudar. Cuando se piensa en los riesgos que corrieron: que los asesinaran para robar los botes, o quedarse varados en la playa, o ser atacados desde abajo por los muertos bajo las olas…

 Había muchos de esos. Muchos refugiados infectados habían tratado de nadar hasta los barcos y se habían reanimado después de ahogarse. La marea estaba baja, suficientemente profunda para que un hombre se ahogara, pero lo suficientemente baja para que un zombie levantase la mano y agarrase una presa. Uno veía a muchos nadadores desapareciendo de pronto bajo las olas, o botes volcándose y todos sus pasajeros siendo arrastrados bajo el agua. Y aún así, muchos seguían volviendo a la playa para rescatar gente, e incluso saltaban al agua para salvar a alguien.

 Así me salvaron a mí. Yo fui uno de los que trató de nadar. Los barcos se veían mucho más cerca de lo que estaban en realidad. Yo era un buen nadador, pero después de caminar todo el trayecto desde Bhavnagar, después de luchar por mi vida casi todo el día, apenas tenía fuerzas suficientes para flotar de espaldas. Para cuando llegué por fin junto a mi objetivo, no me quedaba aire en los pulmones para gritar pidiendo ayuda. No había escalera. La lisa pared del casco se levantaba sobre mí como un muro. Golpeé el acero, gritando con el último aliento que me quedaba.

 Justo cuando me hundía bajo la superficie, sentí que un poderoso brazo se envolvía alrededor de mi pecho. Llegó la hora, pensé; creí que en cualquier momento sentiría unos dientes clavándose en mi carne. Pero en lugar de halarme hacia el fondo, el brazo me elevó otra vez hacia la superficie. Terminé a bordo del Sir Wilfred Grenfell, un velero que alguna vez había pertenecido a la Guardia Costera canadiense. Traté de hablar, de disculparme por no tener dinero, de explicarles que podía trabajar para pagar mi pasaje, que haría cualquier cosa que necesitaran. Los tripulantes sonrieron. “Cuidado,” me dijeron, “estamos a punto de zarpar.” Pude sentir la cubierta vibrando y meciéndose cuando nos movimos.

 Esa fue la peor parte, ver las otras naves que pasaban a nuestro lado. En algunas, los infectados que habían logrado subir a bordo ya se habían reanimado. Algunos barcos eran carnicerías flotantes, y otros ardían en llamas sin moverse. Sus tripulantes saltaban al agua. Algunos de los que se hundieron bajo la superficie, nunca más volvieron a salir vivos.




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Z XII

10 de diciembre, 2008 - 20:44


TROYA, MONTANA, ESTADOS UNIDOS


[Este vecindario es, según el anuncio, una “Nueva Comunidad para una Nueva Norteamérica.” Basado en el modelo de “Masada” israelí, desde la primera vez que uno lo ve, es claro que el vecindario fue construido con un solo objetivo en mente. Las casas están todas soportadas por zancos, tan altos que permiten una visión perfecta sobre la muralla de concreto reforzado de seis metros de alto. Una escalera retráctil es la única vía de acceso a cada casa, y pueden conectarse con las casas vecinas por medio de una pasarela igualmente retráctil. Los techos repletos de paneles solares, los pozos de agua cubiertos, los jardines sin obstáculos, las torres de vigilancia, y la gruesa puerta deslizante de acero, han convertido a Troya en un éxito según sus habitantes, tanto que sus constructores ya han recibido otros siete contratos similares a lo largo y ancho de los Estados Unidos. La diseñadora de Troya, arquitecta en jefe, y primera alcaldesa, es Mary Jo Miller.]


 


Sí claro, estaba preocupada, preocupada por las cuotas del automóvil y el préstamo para el negocio de Tim. Estaba preocupada por la grieta que se estaba abriendo en los azulejos de la piscina y el nuevo filtro sin cloro que estaba dejando una leve capa de algas. Estaba preocupada por nuestro portafolio de acciones, aunque mi corredor me aseguraba que eran variaciones de inversionista novato, y que tendría más beneficios que con una de esas pensiones 401(k). Aiden necesitaba un profesor particular de matemáticas y Jenna necesitaba unas sandalias de Jamie Lynn Spears para el campamento con su equipo de fútbol. Los padres de Tim estaban pensando en ir a quedarse con nosotros en Navidad. Mi hermano estaba otra vez en rehabilitación. Finley tenía parásitos, uno de los peces tenía algún tipo de hongo creciéndole en el ojo izquierdo. Esas eran sólo algunas de mis preocupaciones. Tenía más que suficientes para mantenerme ocupada.


¿No veía las noticias?


Sí, por cinco minutos al día: asuntos locales, deportes, chismes de las celebridades. ¿Para qué me iba a deprimir viendo más televisión? Ya me sentía bastante mal cuando me subía a la báscula cada día.


¿Y qué hay de las otras fuentes? ¿La radio?


¿Cuándo iba al trabajo por la mañana? Esa era mi única hora de Zen. Después de dejar a los niños, escuchaba a [nombre omitido por motivos legales]. Sus chistes me ayudaban a pasar el rato.


¿Y la Internet?


¿Qué hay con eso? Para mí, era sólo para comprar cosas; para Jenna, era una herramienta para hacer las tareas; para Tim, era… cosas que siempre juraba que no volvería a mirar. Las únicas noticias que yo veía eran las del recuadro en la página principal de AOL.


En el trabajo, seguramente decían algo…


Ah sí, al principio. Me daba un poco de miedo, era raro, “saben, me dijeron que en realidad no es rabia” y cosas por el estilo. Pero recuerde que con el primer invierno las cosas se calmaron, y de todas formas, era más divertido comentar el último episodio de Campamento de Celebridades Gordas o contar chismes sobre cualquiera que no estuviese en el comedor ese día.


Una vez, en marzo o en abril, llegué al trabajo y ví que la señora Ruiz estaba desocupando su escritorio. Pensé que la habían despedido o transferido, usted sabe, las cosas que yo consideraba como peligros reales. Me dijo que era por “ellos,” así era como siempre les decía, “ellos” o “todo lo que está pasando.” Me dijo que su familia había vendido la casa y que habían comprado una cerca de Fort Yukon, en Alaska. Pensé que era la cosa más estúpida que había escuchado nunca, especialmente para alguien como Inés. Ella no era una de esas ignorantes, ella era una mexicana “limpia.” Siento haber usado ese término, pero así era como yo pensaba en ese entonces, esa era yo.


¿Su esposo nunca se mostró preocupado?


No, pero los niños sí, no verbalmente, ni conscientemente, eso creo. Jenna comenzó a pelear con otras niñas. Aiden nunca se iba a dormir a menos que las luces estuviesen encendidas. Detalles como esos. No creo que hubiesen estado expuestos a más información que Tim, o que yo, pero ellos no tenían las mismas distracciones que nos mantenían ocupados a los adultos.


¿Y usted y su esposo qué hicieron?


Zoloft y Ritalín SR para Aiden, y Aderal XR para Jenna. Funcionó por algún tiempo. Lo único que me molestaba era que nuestro seguro médico no las cubría, porque los niños ya estaban tomando Phalanx.


¿Desde hacía cuanto tomaban Phalanx?


Desde que salió al mercado. Todos tomábamos Phalanx, “Una dosis de Phalanx, una dosis de tranquilidad.” Esa era nuestra manera de estar preparados… y Tim compró un arma. Todo el tiempo me prometía que me llevaría a la galería de tiro para enseñarme cómo dispararla. “El domingo,” decía siempre, “iremos este domingo.” Sabía que era mentira. Los domingos estaban reservados para su amante de cinco metros de largo y motor en V, le tenía más cariño que a nosotros. No me importaba. Nosotros teníamos nuestras pastillas, y al menos él sabía cómo disparar la Glock. Ya eran algo cotidiano, como las alarmas contra incendios o las bolsas de aire. Cosas en las que uno piensa sólo de vez en cuando, era siempre por…“por si acaso.” Además, en serio, había demasiadas cosas allá afuera para estar preocupados, todos los meses aparecía una enfermedad nueva. ¿Cómo se puede estar enterado de todas? ¿Cómo saber cuál era de verdad?


¿Y ustedes cómo se dieron cuenta?


Acababa de oscurecer. Había comenzado el partido. Tim estaba echado en el BarcaLounge con una Corona en la mano. Aiden estaba en el piso jugando con sus Ultimate Soldiers. Jenna estaba en su cuarto haciendo la tarea. Yo estaba descargando la secadora, así que no oí cuando Finley comenzó a ladrar. Bueno, quizá sí lo oí, pero nunca le prestaba mucha atención. Nuestra casa era la última de toda la urbanización, justo al pié de una colina. Vivíamos en una tranquila zona recién construida de North County cerca de San Diego. Todo el tiempo pasaba por allí algún conejo, o un venado, y cruzaban saltando por el jardín. Finley siempre estaba ladrándoles como loco. Creo que leí una nota que había pegado en la pared, recordándome que debía comprarle uno de esos collares de cidronela anti-ladridos. No recuerdo en qué momento comenzaron a ladrar todos los otros perros, o cuándo se activó la alarma de un auto calle abajo. Sólo reaccioné cuando escuché algo que me pareció como un disparo. Tim no había oído nada. Tenía el volumen demasiado alto. Yo le decía todo el tiempo que debía ir a que le revisaran los oídos, porque uno no puede pasar su juventud tocando en una banda de speed metal sin que… [suspira]. Aiden sí lo oyó. Me preguntó qué había sido. Estaba a punto de decirle que no sabía, cuando sus ojos se desorbitaron. Estaba mirando detrás de mí, a la puerta de vidrio que comunicaba con el patio de atrás. Giré justo en el momento en que se quebraba.


Tenía como un metro sesenta, inclinado, con los hombros estrechos y una panza hinchada y blanda. No traía camiseta, y la carne gris verdosa estaba desgarrada y llena de huecos. Olía como a playa, a algas podridas y agua de mar. Aiden dio un salto y se ocultó detrás de mí. Tim ya se había levantado, y estaba entre nosotros y esa cosa. En menos de un segundo, todas las mentiras se habían desvanecido. Tim recorrió la sala con la mirada buscando un arma, y esa cosa lo agarró por la camisa. Cayeron sobre la alfombra, luchando. Me gritó diciéndome que fuera a la habitación, que buscara la pistola. Ya íbamos en el pasillo cuando escuchamos gritar a Jenna. Corrí hasta su cuarto y abrí la puerta. Otro, uno grande, yo diría que de uno noventa de altura, con hombros anchos y unos brazos enormes. Había roto la ventana y sostenía a Jenna del pelo. Ella gritaba “¡Mamimamimamimami!”


¿Y usted qué hizo?


Yo… no estoy muy segura. Cuando trato de recordarlo, todo pasa demasiado rápido. Lo agarré del cuello. Estaba tirando de Jenna, acercándola a su boca. Yo lo apreté fuerte y… tiré… Los niños dicen que le arranqué la cabeza, que me quedé con ella en la mano, con pedazos de piel y carne y otras cosas colgando de ella. No creo que eso sea posible. Quizá con la adrenalina… Creo que los niños le han agregado cosas a ese recuerdo con los años, convirtiéndome en una Mujer Hulk o algo así. Sé que logré liberar a Jenna. Eso lo recuerdo, y que un segundo después, Tim entró en la habitación con una mancha de baba negra y espesa sobre la camisa. Traía la pistola en una mano y la correa de Finley en la otra. Me entregó las llaves del auto y me dijo que metiera a los niños en el Suburban. Salió corriendo hacia al patio mientras nosotros íbamos hacia el garaje. Escuché un solo disparo después de encender el motor.





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Z XI

10 de diciembre, 2008 - 20:40
AMARILLO, TEXAS, ESTADOS UNIDOS

 [Grover Carlson trabaja como recolector de combustible en la planta experimental de bioconversión del pueblo. El combustible que recolecta es excremento. Voy caminando tras el ex-jefe de personal de la Casa Blanca, mientras él empuja su carreta a través de una pradera cubierta de bostas de vaca.]

 

Pues claro que nos llegó una copia del informe Knight-Warncomosellame, ¿Acaso cree que éramos como la CIA? Lo leímos tres meses antes de que los israelíes hiciesen su declaración pública. Antes de que el pentágono dijera algo, mi trabajo era darle personalmente la información al presidente, y él a su vez dedicó toda una reunión a discutir el mensaje.

 ¿Y cuál era?

 Dejar todo lo demás, concentrar los esfuerzos, típica basura alarmista. Recibíamos docenas de esos reportes cada semana, todas las administraciones los recibían, cada uno afirmando que su espanto de turno era “la mayor amenaza para la raza humana.” ¡Vamos! ¿Puede imaginarse qué habría pasado con los Estados Unidos si el gobierno federal hubiese entrado en alerta cada vez que algún loco paranoico gritaba “el lobo” o “el calentamiento global” o “los muertos vivientes”? Por favor. Lo que hicimos, lo que todos los presidentes desde Washington habían hecho, fue dar una respuesta apropiada y mesurada, según un estimado realista de la amenaza.

=MAS=

 Y esos fueron los Equipos Alfa.

 Entre otras cosas. Debido a la baja prioridad que el consejo de seguridad nacional le asignó a todo el asunto, considero que le entregamos una buena parte de nuestros recursos. Editamos un video educacional para los oficiales estatales y locales sobre qué hacer en caso de una infección. El Departamento de Salud y Servicios Humanos subió una página a su sitio Web, indicando a los ciudadanos cómo tratar con sus familiares infectados. Y bueno, ¿qué cree que hicimos al ayudar a que el Phalanx fuese aprobado por la FDA?

 Pero el Phalanx no servía.

 Sí, ¿y sabe cuánto tiempo nos habría tomado crear un medicamento que funcionara? Mire todo el tiempo y dinero que habíamos gastado en la investigación del cáncer, o el SIDA. ¿Acaso le gustaría ser el hombre encargado de decirle al público norteamericano que se están recortando fondos en esas investigaciones para analizar otra enfermedad que la mayoría ni siquiera conoce? Mire todo lo que hemos gastado en la investigación durante y después de la guerra, y todavía no tenemos ni curas ni vacunas. Sabíamos que el Phalanx era un placebo, pero nos sentíamos agradecidos. Mantuvo a la gente tranquila y nos dejaba hacer nuestro trabajo.

 ¿Qué, acaso esperaba que le dijéramos la verdad a la gente? ¿Que todo aquello no era una nueva cepa de rabia, sino un misterioso super-virus que reanimaba a los muertos? ¿Puede imaginarse el pánico que habríamos provocado: las protestas, los motines, los miles de millones en daños a la propiedad privada? ¿Puede imaginarse a todos esos cobardes senadores impidiendo las acciones de gobierno para tratar de aprobar una complicada e inútil “Ley de Protección a los Zombies” en el Congreso? ¿Puede imaginar el daño que eso le habría ocasionado al capital político de nuestra administración? Estábamos en el año de las elecciones, y la pelea estaba cuesta arriba. Nosotros habíamos sido un “equipo de limpieza,” unos idiotas sin suerte que habíamos tenido que limpiar toda la mierda que había dejado la administración anterior, y créame, ¡en los ocho años anteriores se había formado una enorme montaña de mierda! La única razón por la que habíamos subido al poder era porque el nuevo Gran Jefe había prometido un “regreso de la paz y la prosperidad.” El pueblo norteamericano no se sentiría satisfecho con ninguna otra cosa. Nuestra opinión general era que ya habían pasado por tiempos muy difíciles, y habría sido un suicidio político decirles que se nos venían encima unos años más difíciles aún.

 Así que en realidad nunca trataron de resolver el problema.

 Por favor. ¿Acaso usted puede “resolver” la pobreza? ¿Puede “resolver” la criminalidad? ¿Puede “resolver” los problemas de salud, el desempleo, la guerra, o cualquier otro padecimiento social? Claro que no. Lo mejor que se puede esperar es hacerlos lo más manejables que sea posible para que la gente continúe con su vida. Eso no es cinismo, es madurez. No se puede detener la lluvia. Lo único que se puede hacer es construir un techo y esperar que no tenga goteras, o al menos que las goteras no caigan sobre la gente que va a votar por uno.

 ¿Eso qué quiere decir?

 Vamos…

 En serio. ¿Qué quiere decir con eso?

 Está bien, como quiera, don “Carlitos va al maldito Washington,” quiere decir que en la política, uno concentra sus esfuerzos en las necesidades de la población que forma la base de su poder. Ellos están felices, y lo mantienen a uno en el cargo.

 ¿Por eso algunos de los brotes fueron ignorados?

 Jesús, lo dice como si nos hubiésemos olvidado de ellos.

 ¿Las fuerzas policiales locales le solicitaron ayuda al gobierno federal?

 ¿Cuándo los policías no han pedido más gente, mejor equipo, más horas de entrenamiento, o más “programas de extensión a la comunidad”? Esos maricas son casi peores que los soldados, siempre quejándose porque no tienen “lo que necesitan,” ¿pero acaso ellos tienen que arriesgar sus puestos subiendo los impuestos? ¿Acaso les toca explicarle a don Pedro Clasemedia  por qué  tiene que pagar impuestos para subsidiar a Pablo Clasebaja?

 ¿No les preocupaba que todo eso se hiciera público?

 ¿Quién iba a hacerlo?

 La prensa, los medios.

 ¿Los “medios”? ¿Habla de esas cadenas que le pertenecían a algunas de las corporaciones más grandes del mundo, corporaciones que se habrían hundido si el mercado de valores entraba en pánico? ¿Esos medios?

 ¿Entonces ustedes nunca planearon encubrirlo?

 No teníamos que hacerlo; ellos mismos se encargaron de encubrirlo. Ellos tenían tanto o más qué perder que nosotros. Además, ellos ya habían dado la gran noticia el año anterior con los primeros casos reportados en Norteamérica. Luego llegó el invierno, el Phalanx salió a la venta, y los casos disminuyeron. Quizá tuvieron que “convencer” a algunos reporteros jóvenes e idealistas, pero en realidad, todo el asunto era una noticia vieja después de unos meses. Se había vuelto “manejable.” La gente ya se había acostumbrado a vivir con esa noticia y querían algo diferente. Las noticias son un negocio, y hay que mantenerse fresco si se quiere seguir teniendo éxito.

 Pero estaban los medios alternativos.

 Sí claro, ¿y sabe quién escucha esos? Niñitos sabelotodos intelectuales y presumidos, ¿y sabe quién los escucha a ellos? ¡Nadie! ¿A quién le iba a importar una minoría en la televisión y radio de acceso público, que no sabían nada de lo que estaba de moda? Entre más gritaban esos sabihondos elitistas que “los muertos vuelven a caminar,” más norteamericanos de verdad dejaban de escucharlos.

 Entonces, déjeme ver si entiendo su posición.

 La posición de nuestra administración.

 La posición de la administración, que fue darle al problema la atención que creyeron que se merecía.

 Sí.

 Porque en todo momento, el gobierno tiene muchos asuntos sobre la mesa, sobre todo en ese momento, porque lo último que deseaban los norteamericanos era otra oleada de terror.

 Ajá.

 Así que consideraron que la amenaza era lo suficientemente pequeña como para ser “manejada” por los Equipos Alfa en ultramar y dándole un entrenamiento básico a los oficiales de este lado.

 Al fin lo entendió.

 Aún a pesar de que habían recibido advertencias indicando lo contrario, que no se podía ocultar al público, y que en realidad era una catástrofe mundial en potencia.

 [El señor Carlson hace una pausa, me dirige una mirada llena de odio, y luego arroja una pala llena de “combustible” a su carreta.]

Madure de una vez.







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para ti ...

05 de diciembre, 2008 - 21:22
El alma esta en el agua

que un día se desborda

en blanca efervescencia

y entrega su caudal.

 

Despierta entre los picos

solitarios y fríos

para atender el llamado

de la tierra a sus pies.

 

Nace y desciende con brío

arrastrada por el peso

en la voz de unos versos

que a lo lejos escuchó.

 

Versos de amor y esperanza

que a todo instante se repite

sorteando troncos y codos

camino a su vertiente.

 

Esa boca en la arena

esa puerta hacia el mar

donde ahogar sus impulsos

y olvidar su soledad.

 

Esa misma que hoy la envuelve

sobre el lomo de una nube

esperando que la lluvia moje

los picos solitarios y fríos.




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WOOOOWWWWW

01 de diciembre, 2008 - 22:06

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Z X

26 de noviembre, 2008 - 22:06

ESTACIÓN VOSTOK: ANTÁRTIDA


[Antes de la guerra, este refugio era considerado el más remoto de toda la Tierra. Situado cerca del polo geomagnético sur del planeta, sobre la corteza de hielo de cuatro kilómetros de espesor del Lago Vostok, las temperaturas aquí han alcanzado un récord mundial de menos ochenta y cinco grados Celsius, y rara vez suben más allá de los menos veintidós. El frío extremo, y el hecho de que el transporte terrestre tarda más de un mes en llegar a la estación, fueron las razones que hicieron de Vostok un lugar tan atractivo para Breckinridge “Breck” Scott.


Nos reunimos en “El Domo,” el vivero geodésico reforzado que obtiene su poder del generador geotérmico de la estación. Estas y muchas otras mejoras fueron implementadas por el mismo señor Scott cuando alquiló la estación del gobierno ruso. No ha salido de allí desde el Gran Pánico.]


 


¿Usted sabe sobre economía? Hablo del gran capitalismo global de antes de la guerra. ¿Entiende cómo funcionaba? Yo no, y cualquiera que le diga que sí entiende, le está hablando mierda. No hay reglas, no hay absolutos científicos. Uno gana o pierde, como lanzando unos dados. La única regla que entendí alguna vez, la aprendí de un profesor de historia en Wharton, no de uno de economía. “El miedo,” decía, “el miedo es el producto más valiosos de todo el universo.” Eso me cambió la vida. “Sólo enciende la televisión,” decía el. “¿Qué ves? ¿Gente vendiéndote productos? No. Esa gente está vendiéndote el miedo de tener que vivir sin sus productos.” El maldito loco tenía razón. Miedo de envejecer, miedo a estar solo, miedo a la pobreza, miedo a fracasar. El miedo es la emoción más simple que tenemos. El miedo es primitivo. El miedo vende. Ese era mi lema: “El miedo vende.”

=MAS=

Cuando escuché por primera vez de la epidemia, cuando todavía la llamaban Rabia Africana, ví la mayor oportunidad de toda mi vida. Nunca voy a olvidar ese reportaje, la infección en Ciudad del Cabo, sólo diez minutos de reportaje real, y más de una hora de especulaciones sobre lo que pasaría si el virus llegaba a Norteamérica. Dios bendiga a la noticias. Estaba marcando un número telefónico apenas treinta segundos después.


Me reuní con algunas de mis personas de confianza. Todos habían visto el reportaje. Yo fui el primero al que se le ocurrió una idea rentable: una vacuna, una vacuna contra la rabia. Gracias a Dios que la rabia no tiene cura. Con una cura, la gente la compraría sólo cuando creyesen que estaban infectados. ¡Pero una vacuna! ¡Eso es prevención! ¡La gente se la seguiría aplicando mientras existiese el miedo de que algo seguía todavía allá afuera!


Teníamos muchos contactos en la industria biomédica, y muchos más en los laboratorios de Hill y Penn Avenue. Podríamos tener un prototipo en menos de un mes, y una propuesta escrita en sólo un par de días. Para cuando llegamos al hoyo dieciocho, todo eran apretones de manos y felicitaciones.


¿Y qué harían con la FDA?


Por favor, ¿lo dice en serio? En ese entonces la FDA era una de las organizaciones más pobres y más mal administradas de todo el país. Creo que todavía estaban celebrando por haber sacado el colorante rojo No. 2 de los M&Ms18. Además, estábamos en una de las administraciones más ventajosas para los negocios de toda la historia norteamericana. J. P. Morgan y John D. Rockefeller seguramente se estaban masturbando en sus tumbas pensando en el tipo ese de la Casa Blanca. Su gente ni siquiera se molestó en leer nuestro reporte de estimación de costos. Supongo que ya estaban buscando una cura milagrosa. Nos pasaron a través de la FDA en menos de dos meses. ¿Recuerda ese discurso del presi ante el Congreso, diciendo que ya había sido probada en Europa, y que lo único que la estaba demorando era nuestra “hinchada burocracia”? ¿Recuerda todo eso de que “la gente no necesita un buen gobierno, sino buena protección, y la necesitan ahora?” Jesucristo, creo que medio país se vino en los pantalones al escuchar eso. ¿Qué tanto subió su popularidad esa noche? ¿60%, 70%? ¡Yo sólo sé que nuestra OPV subió 389% en un solo día! ¡Trágate eso, Baidu punto com!


¿Y ustedes no sabían si funcionaba?


Sabíamos que funcionaba contra la rabia, y eso es lo que decían que era, sí, que era una cepa extraña de rabia de la selva.


¿Quién dijo eso?


Ya sabe, “ellos,” los de la ONU y… todos los demás. Así es como todo el mundo la llamaba, la “Rabia Africana.”


¿Alguna vez la comprobaron en una víctima real?


¿Por qué? La gente se hacía vacunar contra la gripe todo el tiempo, y nunca sabían si la vacuna era para la cepa correcta. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez?


Pero el daño…


¿Quién iba a pensar que llegaría tan lejos? Usted recuerda todas las alarmas por epidemias que había en ese entonces. Dios, uno pensaría que la Peste Negra barría el globo cada dos o tres meses… ébola, SARS, gripe aviar. ¿Sabe cuánta gente consiguió dinero con esas alarmas? Mierda, yo me gané mi primer millón de dólares vendiendo pastillas antirradiación falsas cuando todo el mundo tenía miedo a un bombardeo.


Pero si alguien descubría…


¿Descubría qué? Nunca le mentimos a nadie, ¿entiende? Nos dijeron que era una rabia, así que hicimos una vacuna contra la rabia. Dijimos que la habían probado en Europa, y las drogas en las que se basaba habían sido probadas todas en Europa. Técnicamente, no mentíamos. Técnicamente, no hicimos nada malo.


Pero si alguien descubría que no se trataba de una rabia…


¿Y quién iba a hacer el anuncio? ¿Los médicos? Nos aseguramos de que fuera un medicamento de prescripción, así que los médicos habrían quedado tan mal como nosotros. ¿Quién más? ¿La FDA que nos dio el visto bueno? ¿Los congresistas que votaron para su implementación? ¿El Ministerio de Salud? ¿La Casa Blanca? ¡Era un tiro seguro! Todos quedamos como héroes, todos hicimos buen dinero. Seis meses después de que el Phalanx salió al mercado, comenzaron a salir todas esas copias de marcas baratas, y todas se vendían igual de bien, así como todos los demás productos complementarios, como los purificadores de aire.


Pero el virus no se contagiaba por el aire.


¡Eso no importaba! ¡Lo importante era que tenía la misma marca! “De los creadores de…” Todo lo que yo tenía que decir era que “puede prevenir algunas infecciones virales.” ¡Eso era todo! Ahora entiendo por qué es ilegal gritar “fuego” en un teatro. La gente no vá a decir “Hey, no huele a quemado, no hay ningún fuego,” no, la gente dice “¡Mierda, un incendio! ¡Corran!” [Se ríe.] Conseguimos más dinero todavía con los purificadores de aire para el hogar y el auto; ¡El que más se vendió fue esa cosita que se ponía alrededor del cuello antes de subir a los aviones! No sé qué diablos era capaz de filtrar, pero se vendió.


Las cosas iban tan bien, que comencé a crear todas estas empresas de fachada, ya sabe, con planes para construir fábricas en todo el país. Las acciones de esas se vendieron casi tan bien como las de la verdadera. Ya ni siquiera era por la ilusión de la seguridad, ¡era la ilusión de tener una ilusión de seguridad! ¿Recuerda cuando comenzaron los primeros casos en los Estados Unidos, ese tipo en Florida que dijo haber sido mordido, pero que sobrevivió gracias a que estaba tomando Phalanx? ¡Vaya! [Se pone de pié, e imita un movimiento de fornicación.] Que Dios bendiga a ese imbécil, quienquiera que sea.


Pero no fue por el Phalanx. Su droga no hacía nada para proteger a la gente.


Los protegía de sus miedos. Eso era lo que yo vendía. Diablos, gracias al Phalanx, el sector de la biomedicina comenzó a recuperarse, lo cual, a su vez, puso en pié todo el sector financiero, y nos dio la impresión de una bonanza económica, ¡y eso le devolvió la confianza a los consumidores y estimuló la verdadera recuperación! ¿El Phalanx fue lo que acabó con la recesión! Yo… ¡Yo acabé con la recesión!


¿Y luego? ¿Qué pasó cuando los contagios se agravaron y la prensa reveló que no existía un medicamento para evitarlo?


¡Exactamente! Es a esa perra presumida a la que deberían fusilar, ¿cómo se llamaba? ¡Esa que dio la noticia por primera vez! ¡Mire lo que hizo! ¡Nos movió el piso a todos! ¡Ella fue la que inició el desastre! ¡Ella causó el Gran Pánico!


¿Y usted no se hace responsable de nada?


¿Por qué? ¿Por sacar un poco de dinero de todo el maldito asunto?… bueno, para nada. [Se ríe] Lo único que hice fue lo que se supone que todos deberíamos hacer. Perseguí mi sueño, y saqué mi tajada. Si quiere culpar a alguien, culpe a los que dijeron que era un brote de rabia, o a los que sabían que no era rabia pero igual nos dieron luz verde. Mierda, si quiere culpar a alguien, ¿por qué no empieza con todos esos corderos que entregaron sus verdes sin molestarse en preguntar primero? Yo no les apunté con una pistola a la cabeza. Ellos mismos hicieron su elección. Ellos son los malos, no yo. Yo nunca le hice daño a nadie, y si fueron tan estúpidos como para dejarse engañar por todo el mundo, pues sniff-jódanse-sniff. Claro que…


Si existe el infierno… [se ríe mientras habla]… No quiero ni pensar en cuántos de esos imbéciles están esperándome allá abajo. Sólo espero que no me pidan un reembolso.






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Z IX

26 de noviembre, 2008 - 22:01



 VAALAJARVI, FINLANDIA

 [Es primavera, la “estación de caza.” A medida que sube la temperatura y los cuerpos de los zombies congelados comienzan a reanimarse,  los miembros de la F-N (Fuerzas del Norte) de la ONU llegan para su “Barrido y Limpieza” anual.  El número de muertos vivientes es menor cada año. Según las estimaciones actuales, se espera que el área sea completamente “segura” en una década. Travis D’Ambrosia, Comandante Supremo de la Alianza Europea, está aquí en persona para supervisar las operaciones. Hay cierta suavidad en la voz del general, cierta tristeza. A lo largo de toda la entrevista, lucha para mantener contacto visual conmigo.]

 

No Voy a negar que se cometieron muchos errores. No voy a negar que debimos haber estado mejor preparados. Yo soy el primero en admitir que decepcionamos al pueblo norteamericano. Sólo quiero que la gente sepa por qué.

 “¿Y qué tal si los israelíes tienen razón?” Esas fueron las primeras palabras en la boca del director a la mañana siguiente de la declaración de Israel ante la ONU. “No estoy diciendo que la tengan,” se apresuró a aclarar, “sólo digo, ¿qué tal si así es?” Quería opiniones sinceras, no ensayadas. Así era el director de la Junta de Mando, él era de esa clase de personas. Mantuvo la conversación como algo “hipotético,” con la idea de que era sólo un ejercicio mental de planeación. Después de todo, si el resto del mundo no estaba listo para creer en algo tan monumentalmente absurdo, ¿por qué íbamos a estarlo los hombres y las mujeres de aquel salón?
=MAS=
 Le seguimos el juego tanto como pudimos, hablando entre risas o finalizando siempre con alguna broma… no estoy seguro de cuándo ocurrió el cambio. Fue tan sutil que creo que nadie se dio cuenta, pero de pronto estábamos allí en aquel cuarto lleno de militares profesionales, cada uno con décadas de experiencia en combate y más entrenamiento que un neurocirujano promedio, y todos estábamos hablando honesta y abiertamente sobre la amenaza de unos cadáveres que caminan. Fue como… una represa que se rompe; el tabú se desmoronó, y la verdad comenzó a salir. Fue… liberador.

 ¿Así que usted también tenía sus sospechas?

 Por varios meses después de la declaración israelí; y el director también. Todos en aquel salón habían escuchado o sospechaban algo.

 ¿Alguno había leído el informe Warmbrunn-Knight?

 No, ninguno. Yo había escuchado el nombre, pero no tenía ni idea sobre su contenido. De hecho, una copia llegó a mis manos casi dos años después del Gran Pánico. La mayoría de las medidas militares del informe eran, palabra por palabra, iguales a las nuestras.

 ¿Las suyas?

 Hablo de nuestra propuesta a la Casa Blanca. Diseñamos un programa completo, no sólo para erradicar la amenaza del territorio estadounidense, sino para hacerla retroceder y controlarla en todo el mundo.

 ¿Y qué pasó?

 A la Casa Blanca le encantó la Fase Uno. Era barata, rápida, y si se ejecutaba correctamente, 100% discreta. La Fase Uno consistía en el despliegue de unidades de Fuerzas Especiales en las áreas infestadas. Sus órdenes eran investigar, aislar, y eliminar.

 ¿Eliminar?

 Hasta el último de ellos.

 ¿Esos eran los equipos Alfa?

 Sí, señor, y fueron extremadamente exitosos. Aunque sus registros de combate seguirán siendo información clasificada por los próximos 140 años, puedo decirle que ese fue uno de los momentos más sobresalientes en la historia del ejército de elite de Norteamérica.

 ¿Entonces qué salió mal?

 Nada, no en la Fase Uno, pero se suponía que los equipos Alfa eran sólo una medida coyuntural. Su misión nunca fue detener la amenaza, sólo hacerla retroceder y ganar el tiempo suficiente para la Fase Dos.

 Pero la Fase Dos nunca se completó.

 Ni siquiera se inició, y esa es la razón por la que el ejército norteamericano fue sorprendido con tan mala preparación.

 La Fase Dos requería una enorme operación de envergadura nacional, de una magnitud que no se había visto desde los días más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. Un esfuerzo como ese requería hercúleas cantidades de apoyo nacional y de dinero, y ambas cosas, para ese momento, ya no existían. El pueblo norteamericano había acabado de salir de un largo y sangriento conflicto. Estaban cansados. Estaban hartos. Al igual que en los 70s, el péndulo estaba oscilando de una posición de lucha, a una de rencor.

 En los regimenes totalitarios —comunismo, fascismo, fundamentalismo religioso— el apoyo popular se da por hecho. Se pueden iniciar guerras, se pueden prolongar, se puede poner a cualquier persona en un uniforme por el tiempo que sea, sin tener que preocuparse nunca por las repercusiones políticas. En una democracia, la realidad es totalmente opuesta. El apoyo popular debe ser administrado como un recurso extremadamente limitado. Debe gastarse con sabiduría, con mesura, y tratando de obtener la mayor ganancia posible. Norteamérica es particularmente sensible a la fatiga de la guerra, y nada tiene peores repercusiones políticas como la percepción de la derrota. Digo “percepción” porque la sociedad norteamericana cree en el “todo o nada.” Nos gusta triunfar por lo alto, el touchdown, el knockout en el primer asalto. Nos gusta saber, y que todo el resto del mundo sepa, que nuestra victoria no sólo fue indiscutible, sino también devastadora. Si no… bueno… mire cómo estábamos antes del Pánico. No perdimos la última guerra en Medio Oriente, todo lo contrario. En realidad cumplimos una tarea muy difícil, con muy pocos recursos, y en condiciones extremadamente desfavorables. Ganamos, pero el público no lo vió así porque no fue el bombazo que nuestro espíritu nacional estaba buscando. Había pasado mucho tiempo, se había gastado mucho dinero, y muchas vidas se habían perdido o habían quedado destrozadas para siempre. No solamente habíamos derrochado todo nuestro apoyo popular, sino que estábamos en números rojos.

 Piense solamente en el valor en dólares de la Fase Dos. ¿Sabe cuál es el precio de poner a un ciudadano norteamericano en uniforme? Y no estoy hablando sólo del tiempo que pasa activamente con ese uniforme: el entrenamiento, el equipo, la comida, el alojamiento, el transporte, y la atención médica. Estoy hablando del valor a largo plazo que el país, el contribuyente norteamericano, tiene que seguir pagando por esa persona durante el tiempo que le quede de vida. Es una aplastante carga financiera, y en esos días apenas si contábamos con suficiente dinero para mantener los soldados que teníamos.

 Aún si las arcas no hubiesen estado vacías, aún si hubiésemos tenido todo el dinero necesario para fabricar los uniformes y el equipo necesario para implementar la Fase Dos, ¿a quién habríamos podido conseguir para llenarlos? Todo eso está relacionado con la fatiga de guerra de los norteamericanos. Como si los horrores “tradicionales” no fuesen suficientes —los muertos, los desfigurados, los traumatizados de por vida— teníamos que enfrentarnos con toda una nueva gama de dificultades, “Los traicionados.” Éramos un ejército de voluntarios, y mire lo que les pasó a nuestros voluntarios. ¿Cuántas historias ha escuchado sobre un soldado al que le extendieron el tiempo de servicio, o un reservista que, después de diez años de vida civil, de pronto se vió llamado otra vez al servicio activo? ¿Cuántos soldados perdieron sus trabajos o sus casas? ¿Cuántos regresaron para encontrar sus vidas arruinadas, o peor aún, nunca regresaron? Los norteamericanos somos gente honesta, y esperamos siempre un trato justo. Yo sé que otras culturas suelen pensar que éramos ingenuos e infantiles, pero es uno de nuestros principios más sagrados. Ver al Tío Sam incumpliendo su palabra, negándoles una vida privada a las personas, revocando su libertad…

 Después de Vietnam, cuando yo era un joven líder de pelotón en Alemania Occidental, tuvimos que implementar un programa de incentivos para que nuestros soldados no se ausentaran sin licencia. Después de la última guerra, ningún tipo de incentivo fue suficiente para llenar nuestras filas, ni las bonificaciones de pago, ni las reducciones del tiempo de servicio, ni las herramientas de reclutamiento disfrazadas como juegos de video.17 Su generación ya había tenido más que suficiente, y es por eso que cuando los muertos vivientes comenzaron a devorar nuestro país, estábamos demasiado débiles y vulnerables como para detenerlos.

 No estoy culpando a los líderes civiles ni estoy sugiriendo que los militares no debamos respetarlos. Así es nuestro sistema, y es el mejor del mundo. Pero hay que protegerlo, defenderlo, y nunca jamás volver a abusar de él de esa manera.






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Z VIII

24 de noviembre, 2008 - 21:36


CULPA


 LANGLEY, VIRGINIA, ESTADOS UNIDOS

 [La oficina del director de la Agencia Central de Inteligencia podría confundirse con la de un gerente de negocios, un médico, o cualquier director de una escuela de pueblo. Está la habitual colección de textos de referencia en los anaqueles, diplomas y fotografías en la pared, y, en su escritorio, una bola de béisbol autografiada por Johnny Bench, el receptor de los Rojos de Cincinnati. Bob Archer, mi anfitrión, puede ver claramente en mi rostro que me esperaba algo muy distinto. Sospecho que por esa razón decidió concederme esta entrevista precisamente en ese lugar.]

 Cuando usted piensa en la CIA, seguramente se imagina dos de nuestros mitos más populares y duraderos. El primero es que nuestra misión es registrar todo el planeta en busca de cualquier potencial amenaza contra los Estados Unidos, y el segundo mito es que en verdad tenemos el poder de hacer lo primero. Todo eso es consecuencia de de tener una organización que, dada su naturaleza, debe existir y operar en secreto. El secreto es como un vacío, y nada llena ese vacío tan bien como la especulación paranoica. “¿Hey, sabes quién mató a fulano de tal? escuché que fue la CIA. ¿Hey, escuchaste de ese golpe en la República de El Banano?, debió ser la CIA. Hey, ten cuidado al entrar a esa página Web, ¿sabes quién lleva un registro de todas las páginas de Internet que uno visita a toda hora?, ¡la CIA!” Esa era la imagen que casi todos tenían de nosotros antes de la guerra, y era una imagen que estábamos más que complacidos de cultivar. Queríamos que los malos sospecharan de nosotros, que nos temieran, y quizá que lo pensaran dos veces antes de lastimar a cualquiera de nuestros ciudadanos. Esa era la ventaja de nuestra fachada como algún tipo de pulpo omnisciente. La única desventaja era que nuestra propia gente creía también en esa imagen, así que cuando algo ocurría, en cualquier parte y sin previo aviso, ¿a dónde señalaba el dedo de las acusaciones? “¿Hey, cómo consiguieron esas armas nucleares en ese país? ¿Dónde estaba la CIA? ¿Cómo es que toda esa gente murió asesinada por ese fanático loco? ¿Dónde estaba la CIA? ¿Cómo es que, cuando los muertos volvieron a la vida, no nos enteramos sino hasta que entraron por las ventanas de la sala? ¡¿¡Dónde carajos estaba la maldita CIA!?!”
=MAS=
 La verdad es que, ni la Agencia Central de Inteligencia, ni ninguna otra organización de investigación oficial o extraoficial de los Estados Unidos, son esa clase de omnipresentes y omniscientes iluminati de alcance mundial. Para empezar, nunca hemos tenido tanto presupuesto. Aún en los años en que nos entregaban cheques en blanco, durante la guerra fría, no era físicamente posible tener ojos y oídos en cada cuarto, caverna, callejón, burdel, búnker, oficina, hogar, auto, y arrozal del planeta. No me malentienda, no estoy diciendo que éramos impotentes, y quizá sí podamos darnos crédito por muchas de las cosas que nuestros fanáticos y detractores han sospechado a lo largo de los años. Pero si se suman todas las teorías de conspiración de cada loco, desde Pearl Harbor16 hasta el día antes del Gran Pánico, tendríamos que haber sido una organización no sólo más poderosa que todos los Estados Unidos, sino mayor a todos los esfuerzos combinados de la raza humana.

 No somos una superpotencia oculta, con secretos antiguos y tecnología extraterrestre. Tenemos limitaciones muy reales y recursos extremadamente limitados, ¿así que por qué íbamos a desperdiciarlos siguiéndole la pista a cada amenaza potencial? Eso vá de la mano con el segundo mito, acerca de lo que una oficina de inteligencia hace realmente. Nos debilitaríamos si tratásemos de abarcar todo el mundo con la esperanza de tropezar por casualidad con nuevos y posibles peligros. En lugar de eso, tenemos que identificar y concentrarnos en aquellas amenazas que son claras y presentes. Si un vecino ruso está tratando de incendiar tu casa, no puedes prestarle atención al árabe que vive unas cuadras más abajo. Si de pronto los árabes están en tu jardín, no hay tiempo de preocuparse por los chinos, y si un día los comunistas chinos aparecen en tu puerta con una orden de desalojo en una mano y un cóctel Molotov en la otra, lo último que se te pasará por la mente será mirar por encima de sus hombros por si acaso pasa un muerto viviente.

 ¿Pero la epidemia no comenzó en China?

 Sí, al mismo tiempo que una de las más grandes Maskirovkas en la historia del espionaje moderno.

 ¿Disculpe?

 Un engaño, una fachada. La República Popular sabía que era nuestro principal objetivo de vigilancia. Sabían que no podrían ocultar sus barridas de “Seguridad y Salud.” Se dieron cuenta de que la mejor manera de enmascarar lo que estaban haciendo, era ocultarlo a plena vista. En lugar de mentir sobre las redadas, mintieron sobre la causa de las mismas.

 ¿La operación contra los disidentes?

 Mucho más que eso, todo el asunto de las revueltas en Taiwán: la victoria del Partido Nacional Independentista de Taiwán, el asesinato del ministro de defensa de la República, la compra de armas, las amenazas de guerra, todas esas demostraciones y operaciones militares fueron idea del Ministerio de Seguridad Nacional, y todo fue para distraer la atención mundial de la verdadera amenaza que se gestaba en China. ¡Y funcionó! Cada trozo de información que nos llegaba de la República Popular, las desapariciones, las ejecuciones en masa, los toques de queda, el llamado a las tropas de reserva — todo podía ser justificado como una estrategia comunista normal. De hecho, funcionó tan bien, estábamos tan convencidos que la Tercera Guerra Mundial iba a explotar en  Taiwán, que retiramos muchos agentes de inteligencia de los países en los que la amenaza de los muertos vivientes apenas comenzaba a manifestarse.

 Los chinos lo hicieron bien.

 Y nosotros muy mal. No fueron los mejores momentos de la Agencia. Todavía nos estamos recuperando de las purgas…

 ¿Habla de las reformas?

 No, llámelas purgas, porque eso es lo que fueron. Cuando Joe Stalin ejecutó o arrojó en prisión a sus mejores comandantes, no le hizo ni la mitad del daño a su seguridad nacional que lo que la administración nos hizo a nosotros con sus “reformas.” La última guerra en Medio Oriente había sido un desastre, y adivine a quién le echaron la culpa. Nos habían pedido que justificáramos algo que era en realidad una agenda política, y cuando esa acción se convirtió en un obstáculo político, las mismas personas que nos dieron las órdenes se mezclaron entre la multitud y nos señalaron con el dedo. “¿Quién nos dijo que debíamos declarar la guerra? ¿Quién nos metió en todo este problema? ¡La CIA!” No podíamos defendernos sin comprometer la seguridad nacional. Tuvimos que quedarnos sentados y aguantar el golpe. ¿Y el resultado? La pérdida de cabezas muy importantes. Por qué iban a quedarse para ser las víctimas de una cacería de brujas política, cuando podían pasarse al sector privado: un cheque más grande, horas de trabajo decentes, y quizá, sólo quizá, un poco de respeto y aprecio de la gente para la que trabajan. Perdimos a muy buenos hombres y mujeres, con mucha experiencia, iniciativa, y una invaluable capacidad de análisis. Sólo nos quedamos con las sobras, un montón de eunucos miopes y sin olfato.

 Pero seguramente no eran todos así.

 No, claro que no. Algunos de nosotros nos quedamos porque de verdad creíamos en lo que hacíamos. No estábamos en esto por el dinero o las prestaciones laborales, y ni siquiera por una ocasional palmadita en la espalda. Estábamos en esto porque queríamos prestarle un servicio a nuestro país. Queríamos que nuestra gente estuviese segura. Pero a pesar de todos los nobles ideales, llega un momento en que uno se debe dar cuenta que la suma en dólares de toda la sangre, sudor, y lágrimas es simplemente cero.

 ¿Entonces usted sabía lo que estaba sucediendo?

 No… no… no podía. No había manera de confirmarlo…

 Pero lo sospechaba.

 Tenía… dudas.

 ¿Podría ser más específico?

 No, lo siento. Pero sí puedo decirle que le mencioné al asunto a mis compañeros más de una vez.

 ¿Y qué pasó?

 La respuesta era siempre la misma, “es tu funeral, no el mío.”

 ¿Y así fue?

 [Asiente.] Hablé con… alguien en una posición de autoridad… sólo fue una reunión de cinco minutos, expresándole mi preocupación. Él me agradeció por haber ido y me dijo que lo revisaría pronto. Al día siguiente recibí mi orden de traslado: Buenos Aires, con efecto inmediato.

 ¿Alguna vez escuchó del Informe Warmbrunn-Knight?

 Hoy sí, pero en ese entonces… la copia fue entregada personalmente por Paul Knight, e iba dirigida “Sólo Para Sus Ojos” al director… la encontraron en el fondo del cajón de un secretario, en la oficina del FBI de San Antonio, tres años después del Gran Pánico. Fue una gran lección en ese entonces, porque justo después de mi traslado, Israel hizo pública su política de “Cuarentena Voluntaria.” Se había acabado el tiempo para prepararse. La verdad estaba ahí afuera; el asunto era quién iba a creer en ella.





Z

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Z VII

24 de noviembre, 2008 - 21:32
 BELÉN, PALESTINA

 [Con su aspecto duro y sus modales pulidos, Saladin Kader podría ser una estrella de cine. Es amigable pero nunca exagerado, seguro de sí mismo pero no arrogante. Trabaja como profesor de planeación urbana en la Universidad Khalil Gibrán, y, naturalmente, es el amor platónico de todas sus estudiantes. Nos sentamos bajo la estatua del personaje que da su nombre a la Universidad. Como casi todo lo demás en una de las ciudades más pobladas de Medio Oriente, el bronce pulido de la figura brilla bajo el sol.]

 

Nací y me crié en Ciudad de Kuwait. Mi familia era una de las pocas “afortunadas” que no fueron expulsadas después de 1991, cuando Arafat se alió con Saddam contra el resto del mundo. No éramos ricos, pero tampoco nos iba mal. Vivía confortablemente, quizá demasiado, podría decirse, y eso se notaba en mi actitud y en todo lo que hacía.

 Estaba viendo las noticias del canal Al-Yazira desde el mostrador del Starbucks en el que trabajaba todos los días al salir de la escuela. Era la hora pico de la tarde, y el lugar estaba lleno. Debería haber escuchado esa multitud, todos los gritos y las protestas. Estoy seguro de que el ruido allí era el mismo que se escuchaba en ese momento en el salón de la Asamblea General.

 Por supuesto, muchos pensábamos que era otra mentira de los sionistas, ¿quién no? Cuando el embajador israelí anunció ante la Asamblea General de la ONU que su país asumiría una política de “cuarentena voluntaria,” ¿qué se suponía que íbamos a pensar? ¿Se suponía que debía creer en esa absurda historia de que la rabia africana era en realidad algún nuevo tipo de virus que convertía a los muertos en caníbales sedientos de sangre? ¿Cómo puede alguien creer en semejante estupidez, especialmente si sale de la boca de tu más odiado enemigo?

 Ni siquiera le presté atención a la segunda parte del discurso de ese gordo bastardo, la parte en la que ofrecía asilo, sin condiciones, a cualquier judío nacido de extranjeros, cualquier extranjero cuyos padres hubiesen nacido en Israel, cualquier palestino de los territorios previamente ocupados, o cualquier palestino cuya familia hubiese vivido dentro del territorio israelí. Esa última parte cobijaba a mi familia, refugiados de los ataques sionistas de la guerra del 67. Por recomendación de los líderes de la OLP, habían huido de su aldea creyendo que regresarían cuando nuestros hermanos egipcios y sirios expulsaran a los judíos hacia el mar. Yo nunca había estado en Israel, o lo que pronto sería absorbido dentro del Estado Unificado de Palestina.

 ¿Qué creyó que había detrás de la decisión de Israel?

 Esto fue lo que pensé: Los sionistas estaban saliendo de los territorios ocupados, pero decían que era una retirada voluntaria, igual que en el Líbano y más recientemente en la Franja de Gaza, pero en realidad, justo como antes, éramos nosotros los que los habíamos expulsado. Ellos sabían que el siguiente golpe destruiría esa atrocidad ilegal que llamaban país, y para resistir ese golpe final estaban tratando de reclutar a los extranjeros judíos como carne de cañón y… y —me creí tan listo por pensar en esto— ¡llevarse también a todos los palestinos que pudieran para usarlos como escudos humanos! Yo creía saber todas las respuestas. ¿Quién no cree eso a los diecisiete años?

 Mi padre no estaba tan convencido de mi ingenio para la política. Él era un empleado de limpieza en el Hospital Amiri. Estuvo de turno la noche del primer contagio de rabia africana. Él no vio los cadáveres levantándose de sus camillas, ni la masacre de los pacientes y los guardias de seguridad, pero lo que vio después fue suficiente para convencerlo de que quedarse en Kuwait era un suicidio. Se decidió a salir el mismo día en que Israel hizo su declaración.

 Eso debió ser difícil de escuchar.

 ¡Era una blasfemia! Traté de hacerlo entrar en razón, de convencerlo con mi lógica de adolescente. Le mostré las imágenes de Al-Yazira, las imágenes de la costa occidental del Nuevo Estado de Palestina; las celebraciones, las demostraciones. Cualquiera que tuviese ojos podía ver que la liberación estaba al alcance de nuestras manos. Los israelíes se habían retirado de los territorios ocupados y ya se estaban preparando para evacuar Al-Quds, ¡lo que antes llamaban Jerusalén! Todas las luchas de bandos, la violencia entre nuestros grupos de resistencia… sabía que todo terminaría cuando nos uniéramos para nuestro golpe final contra los judíos. ¿Acaso mi padre no podía verlo? ¿No podía entender que, en unos pocos meses o años, estaríamos regresando a nuestra tierra?, esta vez como libertadores, no como refugiados.

 ¿Cómo se resolvió esa discusión?

 “Resolvió,” qué eufemismo tan condescendiente. Se “resolvió” después del segundo contagio, el más grande, en Al-Jahra. Mi padre ya había renunciado a su trabajo y vaciado su cuenta del banco… todo nuestro equipaje estaba empacado… los tiquetes confirmados. La televisión sonaba en el fondo, algo sobre las fuerzas antimotines de la policía cercando una casa. No se podía ver a qué le estaban disparando. El informe oficial culpaba de la violencia a unos “extremistas pro-occidentales.” Mi padre y yo estábamos discutiendo, como siempre. Estaba tratando de convencerme de lo que había visto en el hospital, de que para cuando nuestros líderes se dieran cuenta del peligro, sería demasiado tarde para todos nosotros.

 Yo, por supuesto, le reproché su ignorancia, y su deseo de abandonar “la lucha.” ¿Qué más podía esperar de un hombre que se había pasado toda la vida limpiando los retretes de un país que trataba a nuestra gente tan mal como a los inmigrantes filipinos? Él no veía las cosas en perspectiva, había perdido su orgullo. Los sionistas le ofrecían promesas vacías de una vida mejor, y él estaba lanzándose tras ellas como un perro tras las sobras.

 Mi padre trató, con toda la paciencia que pudo reunir, de hacerme ver que él no sentía más amor por Israel que  cualquiera de los mártires de Al-Aqsa, pero que parecía ser el único país que se estaba preparando para la catástrofe que se avecinaba, y el único que estaba dispuesto a recibir a nuestra familia.

 Me reí en su cara. Luego solté la bomba: le dije que había entrado al sitio Web de los Hijos de Yasín11 y que ya estaba esperando el e-mail del agente de reclutamiento que operaba en Ciudad de Kuwait. Le dije a mi padre que podía largarse y trabajar como una puta en Yehud si eso era lo que quería, pero que la próxima vez que nos viéramos, sería cuando yo lo rescatase de un campo de prisioneros. Me sentí muy orgulloso de mis palabras y pensé que me había escuchado como a un héroe. Lo miré a los ojos, me levanté de la mesa, e hice mi última declaración: “¡Los seres peores, para Alá, son los que habiendo sido infieles en el pasado, se obstinan en su incredulidad!”12

 La mesa del comedor quedó en silencio. Mi madre clavó sus ojos en el piso y mis hermanas se miraron entre sí. Lo único que se escuchaba era la TV, las palabras desesperadas del reportero en vivo, diciéndole a todo el mundo que conservara la calma. Mi padre no era un hombre grande. Para entonces, creo que yo ya era más grande que él. Nunca antes lo había visto enojado, y creo que nunca lo vi levantar su voz. Pero vi algo en sus ojos, algo que no pude reconocer, y de pronto lo tuve sobre mí, un torbellino de rayos que me arrojó contra la pared y me golpeó tan fuerte que mi oído izquierdo quedó silbando. “¡VAS a ir!” gritó mientras me agarraba por los hombros y me golpeaba una y otra vez contra la pared de aglomerado. “¡Yo soy tu padre! ¡Me obedecerás!” Su siguiente golpe nubló toda mi visión. “¡TE IRÁS CON TODA TU FAMILIA, O NO SALDRÁS VIVO DE ESTE CUARTO!” Más gritos, agarres, golpes y empujones. No entendía de dónde había salido ese hombre, ese león que había reemplazado a mi dócil y frágil excusa de padre. Un león que protegía a sus cachorros. Él sabía que el miedo era la única arma que le quedaba para salvar mi vida, y si yo no le temía a la plaga, maldita sea, ¡iba a temerle a él!

 ¿Y funcionó?

 [Se ríe.] Valiente mártir que resulté, creo que estuve llorando todo el camino hasta El Cairo.

 ¿Cairo?

 No había vuelos directos desde Israel hasta Kuwait, ni siquiera desde Egipto, desde que la Liga Árabe impuso sus restricciones de viaje. Teníamos que volar desde Kuwait hasta El Cairo, y luego tomar un autobús a través del desierto de Sinaí hasta el cruce de Taba.

 Cuando nos acercábamos a la frontera, vi la pared por primera vez. Todavía no estaba terminada, eran sólo unas barras de acero levantándose desde unos cimientos de concreto. Yo había oído sobre el infame “cerco de seguridad” —¿qué ciudadano del mundo árabe no lo había oído?— pero siempre había pensado que sólo rodeaba la costa occidental y la Franja de Gaza. Allí afuera, en medio de aquel desierto, eso sólo confirmaba mi teoría de que los israelíes estaban preparándose para un ataque a lo largo de toda su frontera. Muy bien, pensé. Los egipcios por fin volvieron a descubrir dónde están sus pelotas.

 En Taba, nos bajaron del autobús y nos ordenaron que camináramos, en fila, junto a unas jaulas que encerraban unos perros muy grandes y de aspecto feroz. Pasamos uno por uno. Un guardia fronterizo, un africano negro y flaco —yo no sabía que había negros judíos13— nos hacía señas con la mano. “¡Esperen ahí!” dijo en un árabe casi irreconocible. Luego, “¡usted, venga!” El hombre frente a mí en la fila era viejo. Tenía una larga barba blanca y se apoyaba en un bastón. Cuando pasó junto a los perros, estos enloquecieron, aullando y ladrando, tratando de morder y embestir las paredes de sus jaulas. Instantáneamente, dos tipos grandes en ropas de civil se pusieron al lado del viejo, diciéndole algo al oído y llevándoselo lejos. Pude ver que el viejo estaba herido. Su dishdasha estaba rasgada a la altura de la cadera, con una mancha marrón de sangre. Con toda seguridad, esos hombres no eran médicos, y la camioneta negra y sin distintivos a la que lo llevaron no era ninguna ambulancia. Malditos, pensé mientras los familiares del anciano lo reclamaban llorando. Están descartando a los que son muy viejos o enfermos como para serles útiles. Luego fue nuestro turno de pasar por el camino de los perros. No me ladraron a mí, ni al resto de mi familia. Creo que uno de ellos sacudió la cola cuando mi hermana le extendió la mano. Sin embargo, el hombre que pasó después de nosotros… otra vez los ladridos y aullidos, y otra vez los tipos de civil. Volteé para mirarlo, y me sorprendí al ver un hombre blanco, americano quizá, o canadiense… no, tenía que ser americano, su inglés era muy ruidoso. “¡Vamos, estoy bien!” gritó mientras forcejeaba. “Vamos hombre, ¿qué pasa?” Iba bien vestido, de traje y corbata, y una maleta que le hacía juego, la cual fue arrojada a un lado cuando comenzó a luchar con los israelíes. “¡Vamos hombre, no te metas conmigo! ¡Soy uno de ustedes! ¡Vamos!” Se le rompieron los botones de la camisa, revelando un vendaje cubierto de sangre alrededor de su vientre. Seguía gritando y pateando cuando lo metieron detrás de la camioneta. No lo entendía. ¿Por qué esas personas? Era claro que no se trataba de ser árabe, y ni siquiera era por estar herido. Vi a varios refugiados con heridas graves que pasaron tranquilamente sin ser molestados por los guardias. Los escoltaron hasta unas ambulancias, ambulancias de verdad, no las camionetas negras. Sabía que tenía algo que ver con los perros. ¿Estaba detectando infecciones de rabia? Esto era lo que tenía más sentido, y esa siguió siendo mi teoría durante el cautiverio en las afueras de Yerohán.

 ¿El campamento de reubicación?

 Reubicación y cuarentena. En esos días, yo lo veía sólo como una prisión. Era exactamente lo que me había imaginado que nos pasaría: las tiendas, el hacinamiento, los guardias, el alambre de púas, y el ardiente y mortal sol del Desierto de Neguev. Nos sentíamos como prisioneros, éramos prisioneros, y aunque nunca tuve el coraje de decirle a mi padre “te lo dije,” él podía leerlo claramente en mi expresión de amargura.

 Lo que nunca me imaginé fueron todos esos chequeos médicos; todos los días, y por todo un ejército de personal médico. Sangre, piel, pelo, saliva, incluso orina y heces14… era agotador, humillante. Lo único que lo hizo soportable, y probablemente lo que evitó un motín general entre los musulmanes detenidos, fue que casi todos los médicos y enfermeras que realizaban los exámenes eran también palestinos. Los exámenes de mi madre y mis hermanas los realizó una mujer, una americana de un lugar llamado Jersey City. El hombre que nos examinó era de Jabalia, en Gaza, y él mismo había estado allí detenido sólo unos meses antes. Todo el tiempo nos decía, “Tomaron la decisión correcta al venir aquí. Ya lo verán. Ya sé que es difícil, pero verán que era la única salida.” Nos dijo que todo era verdad, todo lo que los israelíes habían dicho. Todavía no era capaz de creerle, a pesar de que una parte de mí quería hacerlo.

 Estuvimos en Yerohán por tres semanas, hasta que nuestros documentos fueron procesados y nuestros exámenes médicos dieron el resultado que buscaban. Usted sabe como era, en todo ese tiempo ni siquiera miraron nuestros pasaportes. Con todo lo que había trabajado mi padre para que nuestros documentos oficiales estuviesen en orden. Creo que eso era lo que menos les importaba. A menos que el Ministerio de Defensa Israelí o la policía lo estuviesen buscando a uno por actividades previas “no-kosher,” lo único que importaba era el estado de salud.

 El Ministerio de Desarrollo Social nos entregó vales para adquirir una vivienda subsidiada, educación gratuita, y un trabajo para mi padre con un salario suficiente para sostener a toda la familia. Es demasiado bueno para ser verdad, pensé mientras subíamos al autobús rumbo a  Tel-Aviv. El martillo caerá sobre nosotros en cualquier momento.

 Y lo hizo cuando llegamos a la ciudad de Beer-Sheva. Yo estaba dormido y no escuché los disparos, ni ví cuando el parabrisas se rompió en mil pedazos. Me desperté al sentir el autobús sacudiéndose sin control. Chocamos contra el costado de un edificio. La gente gritaba, vidrios y sangre regados por todas partes. Toda mi familia estaba cerca de una salida de emergencia. Mi padre expulsó la puerta de una patada y nos empujó hacia la calle.

 Había disparos, parecían salir de todas las puertas y las ventanas. Pude ver que eran soldados contra civiles, estos últimos con armas y bombas hechizas. ¡Al fin! pensé. ¡Mi corazón quería saltar de mi pecho! ¡Ha comenzado la liberación! Antes de que pudiese hacer algo, antes de poder unirme a mis compatriotas en batalla, alguien me agarró por la camiseta y me empujó a través de la puerta de un Starbucks.

 Fui arrojado al piso, a un lado de mis familiares.  Mis hermanas lloraban mientras mi madre trataba de cubrirlas con su propio cuerpo. Mi padre tenía una herida de bala en un hombro. Un soldado del ejército israelí me empujó contra el suelo, manteniendo mi cabeza alejada de la ventana. Me hervía la sangre; comencé a buscar cualquier cosa que pudiese ser usada como arma, quizá hasta un trozo de vidrio para clavárselo en el cuello a ese maldito yehud.

 De repente, una de las puertas traseras del Starbucks se abrió.  El soldado volteó hacia ella y comenzó a disparar. Un cuerpo ensangrentado cayó al suelo justo frente a nuestros ojos, y una granada salió rodando de su temblorosa mano. El soldado agarró la bomba y trató de arrojarla a la calle. Explotó en el aire. Su cuerpo nos protegió de la explosión. Cayó sobre el cuerpo de mi compatriota árabe asesinado.  Excepto que no era un árabe. Cuando mis lágrimas se secaron, ví que en la cabeza traía unos payot y una yarmulka, y un tzitzit ensangrentado colgaba a un lado de sus pantalones desgarrados. Aquel hombre era un judío, ¡los rebeldes armados en las calles eran judíos! La batalla a nuestro alrededor no era un levantamiento de insurgentes palestinos, sino los inicios de la Guerra Civil Israelí.

 En lo personal, ¿cuál cree que fue la causa de esa guerra?

 Creo que fueron muchas causas. Sé que la repatriación de los palestinos no fue una decisión popular, ni la retirada de las orillas occidentales. Estoy seguro que el Plan Estratégico de Reubicación de Poblaciones debió enojar a una buena parte de su gente. Un montón de israelíes tuvieron que ver cómo demolían sus casas para darle espacio a esos complejos residenciales fortificados y autosuficientes. Lo de Al-Quds… esa fue la última gota. El gobierno de la Coalición decidió que ese era su mayor punto débil, demasiado grande como para controlarla, y dejaba un hueco que llevaba justo al centro de Israel. No sólo evacuaron esa ciudad, sino también desde Nablus hasta el corredor de Hebrón. Pensaban que construir una muralla más baja a lo largo de la demarcación de 1967 era la única manera de asegurar una total seguridad, sin importar las represalias de sus propios grupos religiosos de derecha. Me enteré de todo eso mucho después, usted sabe, y también que la única razón por la que el ejército israelí triunfó al final, fue porque la mayoría de los rebeldes provenían del movimiento ultraortodoxo, y por lo tanto nunca habían prestado servicio en las fuerzas armadas. ¿Usted sabía eso? Yo no. Me di cuenta de que no sabía prácticamente nada acerca de esa gente que había odiado toda mi vida. Todo lo que creía cierto se desvaneció ese día y fue reemplazado por el rostro de nuestro verdadero enemigo.

 Iba corriendo con toda mi familia hacia la parte trasera de un tanque israelí,15 cuando una de esas camionetas negras dobló la esquina. Un mortero la golpeó directamente en el motor. La camioneta salió despedida por los aires, aterrizó al revés, y explotó en una brillante bola de fuego naranja. Todavía me faltaban algunos pasos para alcanzar las puertas del tanque y tuve el tiempo exacto para ver cómo sucedía todo. Unas figuras se deslizaron fuera de la camioneta en llamas, lentas antorchas humanas, cuyas ropas y piel estaban cubiertas de gasolina ardiente. Los soldados a nuestro alrededor comenzaron a dispararle a las figuras. Podía ver los pequeños agujeros en sus pechos a medida que las balas los atravesaban sin producir daños. El líder de escuadrón a mi lado gritó: “¡B’rosh! ¡Yoreh B’rosh!” y los soldados ajustaron sus visores. Las… las cabezas de las criaturas estallaron. La gasolina terminó de consumirse cuando cayeron al suelo, sólo unos cadáveres carbonizados y sin cabeza. De pronto entendí lo que mi padre había estado tratando de advertirme, ¡lo que los israelíes habían estado tratando de advertirle al resto del mundo! Lo que no pude entender fue por qué el resto del mundo no quiso escucharlos.






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Z VI

24 de noviembre, 2008 - 21:29
TEL AVIV, ISRAEL

 [Jurgen Warmbrunn es un apasionado de la comida etíope, y esa es la razón por la que nos reunimos en este restaurante de Falasha. Con su piel de un rosado brillante, y unas cejas blancas y desordenadas que hacen juego con su cabello al estilo “Einstein,” sería fácil confundirlo con un científico loco o con un profesor universitario. No es ninguno de los dos. Aunque nunca ha reconocido para qué servicio de inteligencia israelí trabajaba, y posiblemente sigue trabajando, en cierto momento de la conversación admite abiertamente que podría referirme a él como “un espía.”]

 La mayoría de la gente no admite que algo puede pasar sino hasta después de que ha pasado. Eso no es estupidez ni debilidad, es sólo la naturaleza humana. No culpo a nadie por no creer. Y no me considero mejor ni más listo que ellos. Supongo que todo se reduce a un simple accidente de nacimiento. Sucede que yo nací dentro de una sociedad que vive con un constante temor a extinguirse. Es parte de nuestra naturaleza, parte de nuestro estado mental, y hemos aprendido a través de muchos errores y ensayos a estar siempre en guardia.

 El primer aviso que tuve de La Peste fue a través de nuestros amigos y clientes en Taiwán. Llamaron a quejarse de nuestro nuevo software de decodificación de mensajes. Aparentemente había presentado fallas al descifrar unos e-mails de sus fuentes en la República Popular, o al menos los había descifrado tan mal, que el mensaje resultaba incomprensible. Sospeché que el problema no debía estar en el software, sino en los mensajes como tal. Los rojos del continente… supongo que ya no los llamaban rojos… ¿pero qué espera de un viejo como yo? Los rojos tenían la mala costumbre de usar muchos tipos diferentes de computadores, de distintos países y generaciones.

 Antes de sugerirle esa solución a Taipei, pensé que sería una buena idea revisar yo mismo los mensajes. Me sorprendió ver que los caracteres estaban claramente decodificados. Pero el texto… tenía que ver con algún tipo de virus que primero eliminaba a la víctima, y luego reanimaba el cadáver como algún tipo de animal furioso y homicida. Por supuesto, no creí que eso fuese literal, especialmente porque unas pocas semanas después, estalló una crisis en el área de Taiwán y todos los mensajes sobre cadáveres reanimados dejaron de llegar. Sospeché que había una segunda capa de encriptación, un código dentro de otro código. Era un procedimiento normal, que se remontaba incluso a los primeros días de la comunicación humana. Por supuesto que los rojos no podían estar hablando de cadáveres reales. Tenía que ser algún sistema nuevo de armas, o un plan de guerra ultra secreto. Dejé el asunto ahí, y traté de olvidarme de él. Sin embargo, como uno de sus grandes héroes nacionales solía decir: “Mi sentido arácnido me alertaba.”

 Poco tiempo después, durante la recepción de la boda de mi hija, me encontré hablando con uno de los profesores de mi yerno en la Universidad Hebrea. El tipo era un hablador, y había bebido más de la cuenta. Me dijo que un primo suyo había estado haciendo algún trabajo en Sudáfrica, y le había contado algunas historias sobre gólems. ¿Usted conoce la historia del Gólem? Esa vieja leyenda de un rabino que le dió vida a una estatua inanimada. Mary Shelley se robó esa idea para su libro Frankenstein. Al principio no  le dije nada, sólo escuché. El tipo siguió hablando acerca de unos gólems que no estaban hechos de arcilla, ni eran dóciles y obedientes. Tan pronto como mencionó que eran cadáveres reanimados, le pedí su número. Resultó que su primo había estado en Ciudad del Cabo en una de esas “excursiones extremas,” creo que era buceo alimentando tiburones…

[Hace un gesto girando los ojos.]

Al parecer, un tiburón le había arrancado un bocado justo del trasero, y por eso se encontraba internado en el Hospital Groote Schuur cuando llegaron las primeras víctimas del poblado de Kayelitsha. Él no vio ninguno de esos casos en persona, pero los empleados le contaron suficientes historias como para llenar mi viejo dictáfono. Luego presenté su relato, junto con los e-mails chinos descifrados, a mis superiores.

 Fue en ese momento que me vi beneficiado por las particulares circunstancias de nuestra precaria seguridad. Antes, en octubre de 1973, cuando los ataques coordinados de los árabes nos hicieron retroceder casi hasta el Mediterráneo, habíamos tenido todos los informes de inteligencia a nuestra disposición, todas las señales de alerta, y simplemente habíamos dejado “caer la bola.” Nunca creímos en la posibilidad de un ataque total, coordinado y convencional por parte de varias naciones, y mucho menos durante nuestros días de fiesta más sagrados. Llámelo como quiera, ingenuidad, rigidez, o una imperdonable mentalidad de manada. Imagínese un grupo de gente mirando un mensaje escrito en una pared, y todos felicitándose por haber logrado leer el mensaje correctamente; pero que detrás de ellos hay un espejo, y sólo en el reflejo se puede ver el mensaje verdadero. Nadie está mirando al espejo, porque ninguno cree que es necesario. Bueno, después de que los árabes casi lograron terminar lo que Hitler había empezado, nos dimos cuenta de que no sólo era necesario mirar al espejo, sino que eso debía formar parte de nuestra política nacional. Desde 1973 en adelante, si nueve analistas de inteligencia llegaban a la misma conclusión, era obligación del décimo llevarles la contraria. Sin importar qué tan remota o absurda pudiese ser una conclusión, uno siempre debía investigar más a fondo. Si la planta nuclear de un país vecino podía ser usada para fabricar plutonio para armas, uno investigaba; si se corría el rumor de que algún dictador estaba construyendo un cañón tan grande que podía disparar cápsulas de ántrax a través de países enteros, uno investigaba; y si existía la más mínima posibilidad de que los muertos estuviesen siendo reanimados como máquinas asesinas sin control, uno investigaba e investigaba hasta dar con la absoluta verdad.

 Y eso fue lo que hice, investigué. Al principio no fue fácil. Con China fuera del juego… la crisis en Taiwán había cortado cualquier fuente de inteligencia… me quedaron muy pocos lugares para conseguir información. La mayoría era basura, especialmente la de Internet; zombies del espacio y el Área 51… ¿Cuál es la obsesión qué tienen en su país con el Área 51? Después de un tiempo comencé a conseguir datos más útiles: casos de “rabia” similares a los de Ciudad del Cabo… el nombre de “rabia africana” se lo pusieron luego. Descubrí las evaluaciones psicológicas de de una tropa de soldados canadienses que habían regresado poco antes desde Kirguiztán. Encontré un artículo en el blog de una enfermera brasileña, en el que les contaba a sus amigos sobre el asesinato de un cardiólogo.

 La mayor parte de mi información salió de la Organización Mundial de la Salud. Las Naciones Unidas son una obra maestra de la burocracia, con miles de fragmentos de información valiosa, enterrados bajo montañas de reportes que nadie lee. Encontré incidentes similares por todo el mundo, todos ellos descartados por medio de otras explicaciones más “posibles.” Todos esos casos me permitieron formar un único mosaico de esa nueva amenaza. Los sujetos en cuestión estaban muertos de verdad, eran hostiles, y se estaban esparciendo sin lugar a dudas. También hice un descubrimiento muy esperanzador: cómo eliminarlos.

 Destruir el cerebro.

 [Se ríe.] Hablamos de eso hoy en día como si fuera cosa de magia, como el agua bendita o una bala de plata, ¿Pero por qué no sería lógico pensar que destruir el cerebro acabaría con esas criaturas? ¿Acaso no es la mejor manera de eliminarnos a nosotros?

 ¿Los seres humanos?

 [Asiente.]  ¿No es eso todo lo que somos? Un cerebro que es mantenido con vida por una compleja y vulnerable máquina llamada cuerpo. El cerebro no puede seguir vivo si parte de la máquina es destruida, o por lo menos privada de algunos elementos básicos como comida y oxígeno. Esa es la única diferencia considerable entre nosotros y “los muertos vivientes.” Sus cerebros no necesitan de todo ese sistema de soporte para vivir, así que es necesario atacar el órgano directamente. [Su mano derecha, imitando una pistola, se levanta y apunta hacia su sien.] ¡Una solución muy simple, pero sólo si se conoce el problema! Debido a la velocidad con la que se estaba propagando la plaga, pensé que sería prudente verificar mis datos con los círculos de inteligencia extranjeros.

 Paul Knight había sido mi amigo por muchos años, desde que trabajamos juntos en Entebbe. La idea de usar una copia del Mercedes negro de Amín fue suya. Paul había dejado de trabajar para el gobierno desde las “reformas” de su agencia, y se había ido a trabajar con una firma privada de consultoría en Bethesda, Maryland. Cuando llegué hasta su casa, me sorprendió ver que no sólo había estado trabajando en el mismo asunto que yo, en su tiempo libre, claro, sino también que su archivo era tan grueso y pesado como el mío. Nos pasamos toda una noche leyendo cada uno los descubrimientos del otro. Ninguno de los dos habló. No creo que ninguno fuese consciente de la presencia del otro, o del mundo a nuestro alrededor, excepto por las palabras que teníamos frente a nuestros ojos. Terminamos de leer casi al mismo tiempo, justo cuando el cielo comenzaba a aclarar por el oriente.

 Paul pasó la última página, luego me miró y dijo muy convencido: “¿Esto se ve mal, eh?” Asentí, él también, y luego dijo, “¿Entonces qué vamos a hacer al respecto?”

 Y así fue como se escribió el informe “Warmbrunn-Knight.”

 Desearía que la gente dejara de llamarlo así. Había al menos otros quince nombres en ese informe: epidemiólogos, agentes de inteligencia, analistas militares, periodistas, incluso un árbitro de la ONU que había estado vigilando las elecciones en Yakarta cuando ocurrieron los primeros casos en Indonesia. Cada uno era un experto o experta en su campo, y todos habían llegado a una conclusión similar antes de que los contactáramos. Nuestro informe tenía menos de cien páginas. Era conciso, incluía todo lo esencial, y era todo lo que pensamos que había que saber para evitar que la infección se convirtiese en una epidemia. Sé que gran parte del crédito se lo han dado al plan de guerra sudafricano, y eso es justo, pero si más gente hubiese leído nuestro informe y trabajado para hacer realidad sus recomendaciones, ese plan nunca hubiese tenido que existir.

 Pero algunas personas sí leyeron y creyeron en su informe. Su propio gobierno…

 Pero fueron muy pocos, y vea lo que eso nos costó.







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