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Localización: DF, Mexico [ Escribo sobre... ]

Z V

23 de noviembre, 2008 - 15:42
PUERTO DE BRIDGETOWN, BARBADOS, FEDERACIÓN DE LAS INDIAS ORIENTALES

 [Me dijeron que debía esperar un “barco alto,” aunque las “velas” del I.S. Imfingo son en realidad cuatro turbinas verticales de viento que se levantan desde su esbelto casco de trimarán. Al ver que están conectadas a una batería de PEMs, células de energía basadas en una membrana de intercambio de protones que le permiten convertir el agua de mar en electricidad, es fácil entender por qué la “I” del prefijo “I.S.” se refiere a su energía “ilimitada.” Reconocida como el futuro indiscutible del transporte marítimo, todavía es raro ver un barco con esa tecnología que no lleve la bandera de algún gobierno. El Imfingo es de propiedad privada. Jacob Nyathi es su capitán.]

 

Yo nací al mismo tiempo que la nueva Sudáfrica, después del apartheid. En esos días de euforia, el nuevo gobierno no sólo nos prometió una democracia de “un voto por cada hombre,” sino empleo y vivienda para todo el país. Mi padre creyó que hablaban de algo inmediato. No entendía que esos eran objetivos a largo plazo, que se cumplirían sólo después de años—generaciones—de trabajo duro. Él pensó que si abandonábamos la tierra de nuestra tribu y nos mudábamos a la ciudad, habría una casa nueva y un trabajo bien pagado esperándonos al llegar. Mi padre era un hombre sencillo, un jornalero. No puedo culparlo por su falta de educación formal, por su sueño de una vida mejor para su familia. Así que nos establecimos en Kayelitsha, uno de los cuatro poblados principales alrededor de Ciudad el Cabo. Tuvimos una vida de pobreza, humillación y miserias. Esa fue mi niñez.

 La noche en que sucedió, iba caminando a casa desde la estación del autobús. Eran casi las cinco de la mañana y acababa de salir de mi turno como mesero en el T.G.I. Friday’s del barrio Victoria. Había sido una buena noche. Las propinas fueron grandes, y las noticias del campeonato de las Tres Naciones eran motivo suficiente para que cualquier sudafricano se sintiese como de tres metros de altura. Los Springboks habían barrido a los All Blacks… ¡otra vez!

[Él sonríe al recordarlo.]

  Quizá esos pensamientos me distrajeron al principio, o quizá estaba un poco cansado, pero recuerdo que mi cuerpo reaccionó instintivamente incluso antes de escuchar los primeros disparos. Las balaceras no eran raras, no en mi barrio, y mucho menos en esos días. “Una pistola por cada hombre,” ese era el eslogan de mi vida en Kayelitsha. Como un veterano de guerra, uno desarrolla habilidades de supervivencia que parecen casi instintivas. Las mías eran afiladas como una navaja. Me agaché, traté de ver de dónde venía el sonido, y al mismo tiempo busqué la superficie más dura para resguardarme. Casi todas las casas eran chozas improvisadas con pedazos de madera y latas dobladas, o simples láminas de plástico amarradas a unos postes que apenas si se sostenían. El fuego arrasaba con esos tugurios al menos una vez cada año, y las balas pasaban a través de ellos como si no hubiese más que aire.

 Salí corriendo y me oculté tras una barbería que habían construido usando un contenedor de mercancía del tamaño de un auto grande. No era lo mejor, pero serviría por algunos segundos, lo suficiente para tranquilizarme y esperar a que terminara el tiroteo. Sólo que no acabó. Pistolas, escopetas, y ese golpeteo que nunca olvidaré, el ruido que te indica que alguien por ahí tiene un Kalashnikov. Estaba durando demasiado como para ser una simple barrida de una pandilla. Luego siguieron las voces, gritos. Comencé a oler humo. Escuché el sonido de una multitud. Me asomé por una esquina. Docenas de personas, casi todos en pijama, y todos gritando: “¡Corran! ¡Salgan de aquí! ¡Ahí vienen!” A mi alrededor comenzaron a encenderse las luces, y a asomarse rostros en todas las chozas. “¿Qué está pasando?” preguntaban. “¿Quién viene?” Esos eran los más jóvenes. Los viejos simplemente comenzaron a correr. Tenían un instinto de supervivencia diferente, un instinto que nació cuando ellos eran esclavos dentro de su propio país. En esos días, todo el mundo sabía a quiénes se referían cuando alguien decía “ahí vienen,” y si “ellos” venían, lo único que se podía hacer era correr y rezar.

 ¿Usted salió corriendo?

 No pude. Mi familia, mi madre y mis dos hermanas, vivían sólo a unas puertas de la estación de Radio Zibonele, justo de donde venía toda esa gente. No estaba pensando con claridad. Fui un estúpido. Debí darme la vuelta, y encontrar un callejón o una calle desierta.

 Traté de pasar a través de la multitud, empujando en la dirección opuesta. Pensé que podría pasar si me quedaba pegado a las paredes de los tugurios. Me empujaron dentro de uno, contra una de sus paredes de plástico, la cual me envolvió mientras toda la estructura colapsaba sobre mí. Estaba atrapado, no podía respirar. Alguien me pasó por encima y me golpeó la cabeza contra el suelo. Logré liberarme, rodando y revolcándome hasta salir a la calle. Todavía estaba tendido cuando los vi: diez o quince, unas siluetas frente a los fuegos de las casas incendiadas. No pude ver sus caras, pero sí escuchaba sus gemidos. Se acercaban a mí cojeando, con sus brazos levantados.

 Me puse en pié, mi cabeza dando vueltas, con dolor por todo mi cuerpo. Comencé a retroceder instintivamente, hasta la “puerta” de la choza más cercana. Algo me agarró por detrás, tirando del cuello de mi camisa, rasgando la tela. Me di la vuelta, me agaché, y pateé tan fuerte como pude. Era grande, más grande y pesado que yo, por muchos kilos. Un fluido negro se deslizaba por el frente de su camisa blanca. Tenía un cuchillo clavado en el pecho, justo entre dos costillas y hundido hasta el mango. La tela de mi camisa, que estaba atorada entre sus dientes, cayó al piso cuando volvió a abrir la boca. Gimió y me atacó. Yo traté de esquivarlo. Me agarró por la muñeca. Sentí como crujía, y el dolor recorrió todo mi cuerpo. Caí de rodillas, traté de rodar y quizá derribarlo. Mi otra mano tropezó con una cacerola de metal muy pesada. La agarré y lo golpeé con fuerza. Directo en la cara. Lo golpeé una y otra vez, hundiéndole la cabeza hasta que el hueso se partió y sus sesos se regaron en el suelo. Cayó a un lado. Logré liberarme justo en el momento en que otro de ellos aparecía en la entrada. Esta vez, la débil naturaleza de la construcción fue mi ventaja. Le di una patada a la pared para abrirme paso, saliendo de allí mientras toda la choza se venía abajo.

 Corrí, sin saber hacia dónde iba. Estaba en una pesadilla de chozas, fuego y manos que pasaban a mi lado tratando de agarrarme. Pasé por entre una choza en la que una mujer estaba escondida. Sus dos hijos de aferraban a ella, llorando. “¡Venga conmigo!” le dije. “¡Por favor, venga, tenemos que salir de aquí!” Extendí mis manos, acercándome a ella. Se puso delante de los niños, amenazándome con un afilado destornillador. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de terror. Podía escuchar sus sonidos detrás de mí… tropezando contra la paredes de la chozas, derribándolas a medida que se acercaban. Dejé de hablar en xhosa e intenté con el inglés. “Por favor,” Le rogué, “¡tiene que correr!” Traté de agarrarla, pero me apuñaló la mano. La deje allí. No sabía qué más podía hacer. Todavía la recuerdo, algunas veces cuando duermo o cierro los ojos. Algunas veces veo a mi madre en su lugar, y en vez de los niños que lloran, veo a mis hermanas.

 Vi una luz frente a mí, brillando a través de las grietas y los agujeros de las chozas. Corrí tan rápido como pude. Tratando de llamar a alguien. Me faltaba el aliento. Pasé a través de la pared de una choza y de pronto me encontré en una espacio abierto. Las luces me cegaban. Sentí algo que chocaba contra mi hombro. Creo que me desmayé antes de llegar al suelo.

 Desperté en una cama del Hospital Groote Schuur. Nunca había estado en un pabellón de recuperación como ese. Estaba todo tan blanco y limpio. Creí que estaba muerto. Estoy seguro que los medicamentos ayudaron con esa sensación. Nunca antes había probado ningún tipo de droga, y ni siquiera había bebido alcohol. No quería terminar como tantas personas de mi barrio, como mi padre. Toda mi vida había tratado de mantenerme limpio, pero…

 La morfina, o lo que sea que me inyectaron, se sentía deliciosa. No me importaba nada más. No me importó cuando me dijeron que la policía me había disparado por error. Vi como sacaban a toda prisa al hombre de la cama de al lado, tan pronto como dejó de respirar. No me interesó lo que dijeron sobre un brote de “rabia.”

 ¿Quién estaba hablando de eso?

 No lo sé. Como ya le dije, estaba volando más alto que las estrellas. Sólo recuerdo que había voces en el pasillo afuera de la sala, voces que gritaban y discutían. “¡Eso no es rabia!” gritó uno de ellos. “¡La rabia no le hace eso a la gente!” Luego… alguien más… sí “bueno, ¿entonces qué diablos sugieres? ¡Tenemos quince más en el piso de abajo! ¡Quién sabe cuántos más quedan ahí afuera!” Es gracioso, repaso esa conversación todo el tiempo en mi cabeza, lo que debería haber pensado, sentido, o hecho. Pasó mucho tiempo hasta que volví a estar sobrio, hasta que desperté y tuve que enfrentar la pesadilla.




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Z IV

23 de noviembre, 2008 - 01:04
 SELVA LLUVIOSA DEL AMAZONAS, BRASIL

 [Me llevan con una venda en los ojos para no revelar la localización de mis “anfitriones.” Los extranjeros les llaman los Yanomami, “La Gente Salvaje,” y no se sabe si fue su naturaleza guerrera, o el hecho de que su aldea está suspendida entre los árboles más altos, lo que los ayudó a superar la crisis tan bien, o mejor aún, que los países industrializados. No está muy claro si Fernando Oliveira, el exiliado, el drogadicto hombre blanco de “la frontera con el mundo,” es un invitado entre ellos, una mascota, o un prisionero.]

 

Yo todavía era un médico, eso era lo que quería creer. Sí, era rico, y conseguía más dinero todo el tiempo, pero al menos mi fortuna la había conseguido realizando procedimientos médicos necesarios. No vivía cortando y afilando narices de adolescentes, o cosiéndole  “pintos” sudaneses a las vedettes transexuales.10 Yo era un médico de verdad y ayudaba a la gente, y si eso era tan “inmoral” ante los ojos hipócritas y egoístas de los países del norte, ¿por qué sus ciudadanos seguían viniendo a buscarme todo el tiempo?

 El paquete llegó al aeropuerto una hora antes que el paciente, empacado en hielo dentro de una nevera portátil de campamento. Los corazones eran extremadamente escasos. No como los hígados o la piel, y mucho menos como los riñones que, después de que aprobaron la ley de “consentimiento implícito”, podían conseguirse en cualquier hospital o morgue del país.

 ¿Lo habían revisado?
=MAS=
 ¿Para detectar qué? Al hacer las pruebas de laboratorio, hay qué saber específicamente qué es lo que se está buscando. No sabíamos nada sobre la Plaga que Camina en ese entonces. Sólo teníamos los virus normales —hepatitis o VIH/SIDA— y ni siquiera tuvimos tiempo de hacer las pruebas para esos.

 ¿Por qué?

 Porque el vuelo venía retrasado. Los órganos no pueden tenerse en hielo para siempre. Ya estábamos apostando más de lo que debíamos con ese tipo.

 ¿De dónde había salido?

 De China, con seguridad. Mi proveedor despachaba desde Macao. Confiábamos en él. Sus antecedentes eran sólidos. Cuando nos aseguró que el paquete estaba “limpio,” creí en su palabra; tenía que hacerlo. Él sabía los riesgos que corríamos, y yo también, lo mismo que el paciente. Herr Muller, aparte de sus problemas cardiacos, sufría de una extremadamente rara dextrocardia con situs inversus. Sus órganos estaban en el lado opuesto a los de una persona normal; el hígado en el lado izquierdo, las arterias cardiacas en el derecho, y así todo lo demás. Puede ver la situación tan particular que enfrentábamos. No podíamos transplantarle un corazón normal y voltearlo para el otro lado, las cosas funcionan de esa manera. Necesitábamos un corazón fresco y saludable de un “donante” con el mismo problema. Aparte de China, ¿en dónde más íbamos a correr con tanta suerte?

 ¿Sólo suerte?

 [Sonríe.] Y “facilidad política.” Le dije a mi proveedor lo que necesitaba, le di los detalles, y tan sólo tres semanas después recibí un e-mail titulado simplemente: “Tenemos uno.”

 Entonces usted realizó la operación.

 Como auxiliar, el doctor Silva fue el que realizó el procedimiento. Era un prestigioso cirujano cardiaco que atendía los casos del Hospital Israelita Albert Einstein de São Paulo. Hijo de puta arrogante, aún para ser cardiólogo. Me dolió en el alma tener que trabajar con… bajo las órdenes de ese imbécil.  Me hablaba como si yo fuera un residente de primer año. ¿Pero qué más iba a hacer?… Herr Muller necesitaba un corazón nuevo y mi casa de playa necesitaba un jacuzzi.

 Herr Muller no alcanzó ni a recuperarse de la anestesia. Mientras descansaba en la sala de recuperación, sólo unos cuantos minutos después de cerrarlo, comenzaron a aparecer los síntomas. La temperatura, el pulso, los niveles de oxígeno… Estaba muy preocupado, y seguramente logré poner nervioso a mi “colega más experimentado.” Él me dijo que debía ser una reacción a los medicamentos inmunosupresores, o simplemente una de las complicaciones que podían esperarse en un hombre de sesenta y siete años, con sobrepeso, mala salud, y que acababa de pasar por uno de los procedimientos más traumáticos de la medicina moderna. Me sorprendió que no me diera un golpecito en la cabeza para terminar, hijo de puta condescendiente. Me dijo que me fuera a casa, me duchara, durmiera un poco, y que consiguiera a una o dos mujeres para relajarme. Él se quedaría a vigilarlo y me llamaría si ocurría algún cambio.

[Oliveira encoge sus labios en un gesto de enojo, y mastica un puñado de las hojas misteriosas que tiene a su lado.]

¿Y qué se supone que debía pensar yo? Quizá sí era por la droga, el OKT3. O quizá me estaba preocupando más de la cuenta. Era mi primer transplante de corazón. ¿Qué sabía yo? De todos modos… estaba tan preocupado que lo último que se me ocurrió fue dormir. Así que hice lo que cualquier médico haría si un paciente está sufriendo; me fui para la ciudad. Bailé, bebí, hice y me hicieron cosas que usted no se  imaginaría. Al principio ni siquiera me dí cuenta de que lo que estaba vibrando en mis pantalones era mi teléfono. Debió pasar una hora hasta que finalmente contesté. Graciela, mi recepcionista, estaba en pánico. Me dijo que Herr Muller había entrado en coma hacía más de una hora. Ya estaba subiéndome al auto antes de que ella pudiese terminar esa frase. Estaba a media hora de la clínica, y nos maldije a Silva y a mí mismo durante todo el recorrido. ¡Por supuesto que tenía motivos para preocuparme! ¡Yo tenía la razón! Era una cuestión de orgullo; incluso si tener la razón me metía en problemas, disfruté el haber comprometido así la reputación de Silva.

 Al llegar encontré a Graciela tratando de calmar a Rosa, una de mis enfermeras, que estaba histérica. La pobre chica estaba inconsolable. Le di una buena cachetada —eso la calmó un poco— y le pregunté qué estaba pasando. ¿Por qué su uniforme estaba manchado de sangre? ¿Dónde estaba en doctor Silva? ¿Por qué todos los pacientes estaban fuera de sus cuartos, y qué diablos era ese maldito ruido? Me dijo que Herr Muller había muerto de repente, sin aviso. Me explicó que habían estado tratando de resucitarlo, y que Herr Muller había abierto los ojos y había mordido al doctor Silva en la mano. Estuvieron forcejeando; Rosa trató de ayudarlo, pero estuvo a punto de ser mordida también. Abandonó a Silva, salió corriendo del cuarto, y cerró la puerta con llave.

 Estuve a punto de reírme. Era ridículo. Quizá “Superman” había cometido un error y lo había diagnosticado mal, si eso era posible. Quizá el viejo se había levantado, mareado, y había tratado de agarrase al doctor Silva para no caerse. Tenía que haber una explicación razonable… pero esa sangre en su uniforme y el sonido ahogado en el cuarto de Herr Muller… Regresé a mi auto por mi arma, más para calmar a Graciela y a Rosa que por mi propia seguridad.

 ¿Usted portaba un arma?

 Vivía en Río. ¿Qué cree que llevaba conmigo, nada más mi “pinto”? Volví al cuarto de Herr Muller y toqué varias veces. No escuché nada. Los llamé a él y a Silva. No respondieron. Había sangre saliendo por debajo de la puerta. Entré y vi que estaba por todo el piso. Silva estaba tirado en una esquina, y Muller estaba arrodillado sobre él con su gorda, pálida y velluda espalda hacia mí. No recuerdo cómo llamé su atención, si acaso lo llamé, dije alguna grosería, o simplemente me quede allí parado. Muller se volteó, y unos pedazos de carne ensangrentada cayeron de su boca. Algunas de las grapas de acero de su sutura se habían abierto, y un fluido negro y gelatinoso salía de la incisión. Se puso se pié con torpeza, y cojeó lentamente hacia mí.

 Levanté la pistola y apunté hacia su nuevo corazón. Era una “Desert Eagle” Israelí, grande y lujosa; precisamente por eso la había comprado. Nunca antes había tenido que dispararla, gracias a Dios. No estaba listo para el retroceso. La bala salió torcida y literalmente le hizo estallar la cabeza. Fue pura suerte, eso es todo.  Yo era un idiota con suerte allí parado, con un arma humeante en la mano y un hilo de orina bajándome por la pierna. Esta vez fue mi turno de recibir varias cachetadas de parte de Graciela, hasta que por fin recuperé el sentido y llamé a la policía.

 ¿Lo arrestaron?

 ¿Está loco? Ellos también eran socios míos, ¿cómo cree que conseguía los órganos en el mercado local? ¿Cómo cree que pude ocuparme de todo ese asunto? Son buenos en eso. Me ayudaron a explicarle a mis otros pacientes que un asesino demente había entrado a la clínica y había matado a Herr Muller y al doctor Silva. También se aseguraron de que ninguno de los empleados dijera nada para contradecir esa historia.

 ¿Y los cuerpos?

 Registraron a Silva como la víctima sin identificar de un posible robo de auto. No sé dónde dejaron en cuerpo; seguro en alguna chabola en la Ciudad de Dios, y seguramente le pusieron drogas en los bolsillos para hacer la historia más creíble. Espero que lo hayan quemado, o enterrado… muy hondo.

 ¿Usted cree que él…?

 No lo sé. Su cerebro estaba intacto cuando murió. Si no estaba en una bolsa para cadáveres bien sellada… o si la tierra estaba blanda. ¿Cuánto tiempo podría haberse tardado en salir?

 [Mastica otra hoja, y me ofrece un poco. Yo las rechazo.]

 ¿Y el señor Muller?

 No dimos ninguna explicación, ni a su esposa, ni a la embajada de Austria. Sólo era otro turista desaparecido que no había tenido cuidado en una ciudad peligrosa. No sé si Frau Muller se creyó la historia, o si trató de investigar. Seguramente nunca se dio cuenta de la suerte que tuvo.

 ¿Por qué dice que tuvo suerte?

 ¿Lo dice en serio? ¿Qué habría pasado si no se hubiese reanimado en mi clínica? ¿Qué tal si hubiese alcanzado a regresar a casa?

¿Habría sido posible?

 ¡Claro que sí! Piénselo. Como la infección comenzó por culpa del corazón, el virus tuvo acceso directo a su sistema circulatorio, así que debió llegar al cerebro apenas segundos después de haberse implantado. Piense que habría pasado si hubiese sido otro órgano, el hígado o un riñón, o incluso una sección de piel. Se habría demorado mucho más, especialmente si el virus hubiese estado presente en concentraciones muy bajas.

 Pero el donante…

 Él tampoco debía haberse reanimado cuando le sacaron el corazón. ¿Qué tal si estaba recién infectado? El órgano podría no haber estado saturado por completo. Quizá sólo un rastro infinitesimal del virus. Si se pone un órgano así en otro cuerpo, podría tomarle días, semanas incluso, antes de poder llegar hasta el torrente sanguíneo. Para entonces el paciente podría haberse recuperado de la cirugía, y estar feliz y saludable viviendo su vida normal.

 Pero la persona que removió el órgano…

 …quizá no sabía lo que tenía entre manos. Yo no lo supe. Todavía estábamos en los primeros días, cuando nadie sabía nada al respecto. Incluso aunque lo supieran, algunos miembros del ejército chino… ¿quiere hablar de algo inmoral?… Muchos años antes del contagio, ellos ganaban millones con los órganos de los prisioneros políticos ejecutados. ¿Usted cree que algo como un simple virus les iba a impedir seguir chupando de esa teta de oro?

 ¿Pero cómo…?

 Si se retira el órgano justo después de que la víctima muere… incluso mientras todavía está viva… ellos solían hacer eso, usted sabe, remover órganos todavía vivos para garantizar que estuviesen frescos… luego se empaca en hielo y se envía en el primer avión hacia Río… China era el más grande exportador de órganos humanos del mercado mundial. Quién sabe cuántas córneas infectadas, cuántas glándulas pituitarias… Madre de Dios, cuántos riñones infectados despacharon en el mercado negro. ¡Y estamos hablando sólo de los órganos! ¿Quiere que hablemos de los óvulos “donados” por las prisioneras chinas, el esperma, y la sangre? ¿Cree que la inmigración fue la única manera en que la infección se diseminó por el planeta? No todos los primeros infectados en occidente fueron inmigrantes chinos. ¿Cómo explicar todas esas historias de gente que murió sin razón aparente, y luego revivió sin haber sido mordida? ¿Por qué tantas epidemias comenzaron en los hospitales? Los ilegales chinos no podían ir a los hospitales. ¿Sabe cuántos miles de personas se hicieron un transplante ilegal en esos años antes del Gran Pánico? Si tan sólo el diez por ciento de ellos quedaron infectados, o el uno por ciento…

 ¿Tiene alguna prueba para esta teoría?

 No… ¡pero eso no quiere decir que no pudo pasar! Cuando pienso en todos los transplantes que realicé, todos esos pacientes de Europa, de los Emiratos Árabes, e incluso los hipócritas de los Estados Unidos. A muy pocos yanquis les interesaba saber de dónde había salido su nuevo páncreas o riñón. Podía ser de un niño de la Ciudad de Dios o de un estudiante desafortunado en una prisión política de China. No lo sabían y no les importaba. Ustedes sólo firmaban sus cheques de viajero, pasaban por el bisturí, y se devolvían para Miami, o Nueva York, o donde fuera.

 ¿Alguna vez trató de contactar a alguno de esos pacientes, de advertirles?

 No. Estaba ocupado tratando de recuperarme de un escándalo, de volver a levantar mi reputación, mi clientela, mi cuenta de banco. Quería olvidar todo lo que había pasado, no investigarlo a profundidad. Para cuando me di cuenta del verdadero peligro, ya lo tenía golpeando la puerta de mi casa.





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Z III

22 de noviembre, 2008 - 18:50


 METEORA, GRECIA

 [Una serie de monasterios están construidos en las empinadas e inaccesibles paredes de roca, con algunos de los edificios soportados por altas y casi verticales columnas. Aunque originalmente era un refugio contra los turcos otomanos, más adelante probó ser un fuerte seguro contra los muertos vivientes. Escaleras construidas después de la guerra, casi todas de metal o madera y fáciles de retirar, indican la reciente afluencia de peregrinos y turistas. Meteora se ha convertido en un objetivo muy popular para ambos grupos en los últimos años. Algunos buscan sabiduría e iluminación espiritual, otros sólo buscan una sensación de paz. Stanley MacDonald pertenece a este segundo grupo. Un veterano de casi todas las campañas a lo largo y ancho de su nativa Canadá, su primer encuentro con los muertos vivientes fue en una guerra muy diferente, cuando el Tercer Batallón Canadiense de Infantería Ligera de la Princesa Patricia fue desplegado en una operación contra el tráfico de drogas en Kirguiztán.]

 

Por favor no nos confunda con esos “Equipos Alfa” americanos. Esto fue mucho antes de que esos entraran en operación, antes de “El Pánico,” antes de la cuarentena Israelí… esto fue antes incluso que el primer contagio reportado en Ciudad del Cabo. Estábamos en las primeras etapas del contagio, antes de que nadie sospechara siquiera lo que estaba a punto de suceder. Nuestra misión era algo completamente convencional, opio y hachís, el principal producto de exportación de los terroristas para el resto del mundo. Eso era lo único que se podía encontrar en esa tierra desolada y llena de rocas. Traficantes, matones y guardaespaldas locales. Era lo único que esperábamos encontrar. Era lo único para lo que estábamos preparados.
=MAS=
 La entrada a la caverna fue fácil de encontrar. Sólo seguimos el rastro de sangre que comenzó en la caravana. De inmediato supimos que algo estaba mal. No había cadáveres. En los enfrentamientos de grupos rivales, siempre dejaban las víctimas tendidas y mutiladas como una advertencia para los demás. Había mucha sangre, sangre y pedazos de carne descompuesta, pero los únicos cuerpos que encontramos fueron los de las mulas de carga. Habían sido muertas, sin disparos, por lo que parecía ser una manada de animales. Les habían abierto la panza y estaban cubiertas de heridas y mordiscos. Supusimos que habían sido perros salvajes. Manadas de esas malditas bestias acechaban en los valles, grandes y feroces como lobos árticos.

 Lo más confuso fue cómo encontramos la mercancía, todavía en las mochilas, o regada alrededor de los cuerpos. Bueno, incluso aunque no fuese por un asunto territorial, aunque se tratara sólo una venganza religiosa o tribal, nadie abandona cincuenta kilos de Bad Brown8 de primera calidad, unos rifles de asalto en perfecto estado, y los demás trofeos de considerable valor que había, como relojes, reproductores de mini disc, y localizadores de GPS.

 El rastro de sangre subía por la montaña desde el sitio de la masacre. Mucha sangre. Cualquiera que hubiese perdido tanta no se podría haber levantado de nuevo. Pero de alguna manera lo había hecho. No lo habían curado. No había más huellas. Por lo que pudimos ver, ese hombre había corrido, sangrando, y había caído de frente —todavía podíamos ver la huella de su rostro cubierto de sangre sobre la arena. De algún modo, sin ahogarse o desangrarse hasta morir, se había quedado allí tendido por algún tiempo y luego se había levantado y había vuelto a caminar. Las nuevas huellas eran diferentes de las anteriores. Parecía más lento, estaban más juntas. El pié derecho se arrastraba y había perdido su zapato, un viejo y gastado Nike de bota alta. Las huellas estaban salpicadas de algún fluido. No era sangre, no era humano, sino unas gotas de una sustancia negra y viscosa que ninguno de nosotros fue capaz de reconocer. Seguimos ese rastro y las huellas hasta la entrada de la caverna.

 No hubo fuego a la entrada, ni recepción de ningún tipo. Encontramos la entrada del túnel abierta y sin vigilancia. De inmediato comenzamos a ver cuerpos, hombres muertos por sus propias trampas. Parecía que trataban de… que corrían… para escapar.

 Mas allá, en la primera recámara, vimos evidencias de disparos de un solo bando, digo de un solo bando porque sólo una de las paredes de la caverna estaba cubierta de impactos de armas de fuego. En la pared opuesta estaban los combatientes. Habían sido despedazados. Sus extremidades, sus huesos, habían sido arrancadas y mordisqueadas… algunas todavía sostenían sus armas, como una mano que encontramos con una Makarov todavía entre sus dedos. A la mano le faltaba un dedo y lo encontramos al otro lado del salón, con el cuerpo de un tipo desarmado al que le habían disparado por lo menos cien veces. Algunos de los disparos le habían volado la tapa de los sesos. El dedo estaba engarzado entre sus dientes.

 Cada una de las recámaras contaba una historia parecida. Encontramos barricadas destrozadas, armas abandonadas. Encontramos más cuerpos, o pedazos de ellos. Los únicos que habían permanecido casi intactos eran los que habían muerto de disparos en la cabeza. Tenían carne, pedazos de carne fresca y masticada atorada en sus gargantas y estómagos. Las marcas de sangre, las huellas, los casquillos, y los agujeros en las paredes, sugerían que aquella batalla había comenzado en la enfermería.

 Descubrimos varios catres, todos ensangrentados. Al fondo del salón vimos un cuerpo sin cabeza… supongo que un médico, tirado junto a un catre con las sábanas manchadas y un viejo y gastado Nike de bota alta, del pié izquierdo.

 El último túnel que revisamos había colapsado al dispararse una carga de demolición que habían puesto como trampa. Una mano sobresalía de entre las rocas. Aún se movía. Reaccioné por instinto y me incliné para agarrar la mano, y sentí cómo me apretaba. Parecía un cepo de acero, casi me fractura los dedos. Traté de retirar mi mano, pero no me soltaba. Tiré más fuerte, apuntalándome con mis piernas. Primero salió un brazo, luego la cabeza, el rostro destrozado con los ojos abiertos y los labios grises, luego la otra mano, agarrándome del brazo y apretándome, luego los hombros. Caí hacia atrás y la mitad superior de esa cosa cayó conmigo. La cadera y todo lo demás seguían atorados bajo las rocas, conectados con el torso superior por una línea de entrañas. Todavía se movía, tratando de arañarme y de llevar mi brazo hasta su boca. Saqué mi arma.

 El disparo salió hacia arriba, entrando justo por debajo de la quijada y regando sus sesos por el techo. Yo fui el único presente en el túnel cuando sucedió. El único testigo…

[Hace una pausa.]

“Exposición a agentes químicos desconocidos.” Eso fue lo que me dijeron cuando regresé a Edmonton, eso, o una reacción adversa a las vacunas. También agregaron algo de TEPT9 por si acaso. Dijeron que necesitaba un descanso, descanso y una “evaluación” de largo plazo…

 “Evaluación”… así la llaman cuando lo hacen los de tu propio lado. Sólo le dicen “interrogatorio” cuando es un enemigo. Te enseñan cómo resistirte al enemigo, cómo cerrar tu mente y tu espíritu. No te enseñan cómo resistirte ante tu propia gente, especialmente si se supone que están tratando de “ayudarte a ver la verdad.” Ellos no me convencieron, yo mismo lo hice. Quería creerles y dejar que me ayudaran. Yo era un buen soldado, bien entrenado y con experiencia; Sabía lo que podía hacerle a otros seres humanos y lo que ellos podían hacerme a mí. Pensé que estaba listo para cualquier cosa. [Mira hacia el valle, con los ojos perdidos.] ¿Qué persona cuerda podría haber estado lista para esto?








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Z II

21 de noviembre, 2008 - 23:20
LHASA, REPÚBLICA POPULAR DEL TÍBET

 [La ciudad más poblada del mundo todavía se está recuperando de las últimas elecciones populares. Los social-demócratas derrotaron al partido del Lama en una victoria atronadora, y las calles hierven de rebeldes. Me encontré con Nury Televaldi en un concurrido café a un lado de una cale principal. Tenemos que gritar para hacernos oír sobre la multitud eufórica.]

 Antes de la plaga, el contrabando por tierra no era popular. Conseguir los pasaportes, los tiquetes falsos para el bus de turismo, los contactos y la protección al otro lado, todo eso requería mucho dinero. En ese entonces, las únicas rutas lucrativas eran hacia Tailandia y Myanmar. Donde yo vivía, en Kashi, la única opción era hacia las antiguas Repúblicas Soviéticas. Nadie quería ir allá, y por eso al principio yo no era un shetou.5  Yo era un importador: pasta de opio, diamantes en bruto, niñas, niños, cualquier cosa de valor que produjeran en esas primitivas excusas de países. La plaga lo cambió todo. De repente nos vimos inundados de ofertas, y no sólo de los liudong renkou,6 sino también, como ustedes dicen, de gente de las clases más altas. Tuve profesionales de las ciudades, ganaderos, incluso oficiales de los escalones bajos del gobierno. Eran gente que tenía mucho qué perder. No les importaba para dónde iban, sólo que tenían que salir.

 ¿Usted sabía de qué estaban huyendo?
=MAS=

 Habíamos escuchado los rumores. Incluso habíamos tenido una infección en algún lugar de Kashi. Pero el gobierno lo ocultó todo de inmediato. Sin embargo, nosotros lo sospechábamos, sabíamos que algo no estaba bien.

 ¿Y el gobierno no trató de detenerlos?

 Oficialmente sí. Las penas por el contrabando se hicieron más severas; se reforzaron los puntos de control en las fronteras. Incluso ejecutaron a algunos shetou, públicamente, para poner un ejemplo. Si no se conoce la historia real, si no la vieron desde nuestro lado, cualquiera pensaría que fueron medidas efectivas.

 ¿Entonces no lo fueron?

 Sólo digamos que hice rica a mucha gente: guardias fronterizos, burócratas, policías, incluso alcaldes. Todavía eran buenos tiempos para China, y la mejor manera de honrar la memoria del Presidente Mao era ver su cara en la mayor cantidad posible de billetes de cien yuan.

 Entonces tuvo mucho éxito.

 Kashi era la ciudad de moda. Creo que el noventa por ciento, y quizá más, de todo el tráfico terrestre pasó por allí, e incluso un poco del aéreo.

 ¿Aéreo?

 Sólo un poco. Sólo transporté renshe en un par de ocasiones, en algunos vuelos de carga hacia Kazajstán o Rusia. Trabajos pequeños. No era como en oriente, de Guangdong y Jiangsu estaban saliendo miles de personas cada semana.

 ¿Podría hablar un poco más de eso?

 El tráfico aéreo se volvió un gran negocio en las provincias orientales. Esos eran clientes ricos, que podían comparar paquetes en vuelos de primera clase y visas turísticas. Se bajaban del avión en Londres o en Roma, o incluso en San Francisco, se registraban en el hotel, se iban de paseo por un día, y luego desaparecían. Ahí estaba todo el dinero. Siempre quise dedicarme al transporte aéreo.

 ¿Pero qué pasaba con la infección? ¿No había riesgo de ser descubiertos?

 Fue sólo más tarde, después de lo que pasó con el vuelo 575. Al principio no había muchos infectados en los vuelos. Si lo estaban, entonces sólo sufrían las primeras etapas del contagio. Los shetou del aire eran muy cuidadosos. Si alguien tenía signos de infección avanzada, no los dejaban ni acercar. Tenían que proteger el negocio. La regla de oro era que no se podía engañar a los oficiales de inmigración si no se podía engañar primero al shetou. Tenían que verse y actuar como personas completamente sanas, e incluso entonces era una carrera contra el tiempo. Antes del vuelo 575, escuché una historia de una pareja, un hombre de negocios con mucho dinero y su esposa. A él lo mordieron. No era una mordida grave, si me entiende, sino una de esas “mechas lentas,” porque el mordisco no agarró ninguno de los vasos sanguíneos principales. Estoy seguro de que creían que había una cura en occidente, muchos lo creían. Al parecer, alcanzaron a llegar hasta su cuarto de hotel en París antes de que él colapsara. La esposa trató de llamar a un doctor, pero él no la dejó. Tenía miedo de que los devolvieran. En lugar de eso, él le ordenó que lo abandonara, que se fuera antes de que entrara en coma. Dicen que lo hizo, y después de dos días de escuchar los gemidos y los golpes, la gente del hotel decidió ignorar el letrero de “NO MOLESTAR” y abrieron el cuarto. No estoy seguro de si fue así que comenzó la infección en París, pero tiene sentido.

 Usted me dice que no llamaron a un doctor, porque tenían miedo de que los deportaran, ¿pero no se suponía que estaban buscando una cura en occidente?

 ¿Usted no entiende cómo funciona el corazón de un refugiado, verdad? Esa gente estaba desesperada. Estaban atrapados entre enfrentar la infección, y ser atrapados y “curados” por su propio gobierno. Si usted tuviera un ser querido, alguien de la familia, un hijo infectado, y creyera que existe la más mínima esperanza de cura en algún otro país, ¿no haría todo lo que estuviese en su poder para llegar hasta allá? ¿No preferiría creer en esa posibilidad?

 ¿Entonces la esposa de ese hombre, junto con los otros renshe, simplemente desaparecieron?

 Siempre había sido así, incluso antes de la infección. Algunos se quedaban con sus familiares, o con amigos. Los más pobres tenían que trabajar para pagar su bao7 con la mafia china local. La mayoría simplemente se fundían en las zonas marginales de la sociedad en cada país.

 ¿Las áreas de bajos ingresos?

 Si así es como le gusta llamarlas. ¿Qué mejor lugar para esconderse que esa parte de la población que nadie quiere ver?  ¿Por qué cree que empezaron esas infecciones en los barrios pobres del Primer Mundo?

 Se dice que muchos shetou propagaron el mito de que había una cura en otros países.

 Algunos.

 ¿Usted lo hizo?

 [Pausa.]

  No.

 [Otra pausa.]

 ¿Cómo afectó el vuelo 575 el contrabando por aire?

 Las restricciones se hicieron mayores, pero sólo en algunos países. Los shetou del aire eran cuidadosos, pero también muy recursivos. Tenían un dicho: “Las casas de todos los hombres ricos tienen siempre una entrada para los sirvientes.”

 ¿Qué quiere decir eso?

 Si Europa Occidental aumentaba la seguridad, entraban por Europa Oriental. Si los Estados Unidos no los dejaban pasar, entraban por México. Eso hacía que los países ricos se sintieran más seguros, a pesar de que ya estaban infectados dentro de sus fronteras. Yo no soy un experto en eso, recuerde, yo me dedicaba al transporte terrestre, y mis objetivos eran los países de Asia Central.

 ¿Era más fácil entrar en ellos?

 Prácticamente nos pedían que entráramos. Esos países estaban en la ruina, y sus oficiales eran tan ignorantes y corruptos que incluso nos ayudaban a conseguir todos los documentos a cambio de una parte de la tarifa. Hasta tenían sus propios shetou, o como sea que los llamen en su idioma de bárbaros, que trabajaban con nosotros para pasar los renshe a través de las Repúblicas Soviéticas hasta países como India, Rusia e Irán.  Nunca pregunté ni quise saber qué tan lejos llegaban ellos. Mi trabajo terminaba en la frontera. Yo sólo les hacía sellar los papeles, marcar sus vehículos, les pagaba a los guardias y me largaba con mi parte.

 ¿Vio muchos infectados?

 No al principio. La plaga trabajaba muy rápido. No era como en los viajes por avión. A la gente le tomaba semanas llegar hasta Kashi, e incluso los casos más lentos, según me han dicho, no duraban más que unos cuantos días. Los clientes infectados se reanimaban en alguna parte del recorrido antes de llegar y eran identificados y recogidos por la policía local. Después, cuando las infestaciones se multiplicaron y la policía ya no pudo contenerlos, comencé a ver un montón de gente infectada en mi ruta.

 ¿Eran peligrosos?

 Casi nunca. Usualmente los familiares los tenían amarrados y amordazados. Uno veía algo moviéndose en la parte de atrás de un automóvil, sacudiéndose bajo un montón de ropa o unas sábanas. Se escuchaban golpes en la maleta de los autos, o, mucho después, en cajones de madera con agujeros en la parte de atrás de una camioneta. Agujeros… en verdad no tenían idea de lo que les estaba pasando a sus seres queridos.

 ¿Usted lo sabía?

 Para entonces, sí, pero también sabía que tratar de explicárselo a sus familiares era una pérdida de tiempo. Yo sólo tomaba el dinero y los ponía en camino. Tuve suerte. Nunca tuve que enfrentar los problemas de los contrabandistas marítimos.

 ¿Eso era más difícil?

 Y peligroso. Mis socios de las provincias costeras tenían que vivir con la posibilidad de que algún infectado rompiese sus cadenas y contaminara todo un cargamento.

 ¿Y qué hacían?

 He escuchado de varias “soluciones.” Algunas veces los barcos llegaban hasta alguna costa deshabitada —ya no importaba si era el país de destino o no, podía ser cualquier costa— y “descargaban” a los renshe infectados en la playa. También oí de algunos capitanes que navegaban hasta alta mar y los arrojaban a todos por la borda. Eso podría explicar esos casos de nadadores y buzos que desaparecían sin rastro, o por qué había gente por todo el mundo diciendo que los veían salir de entre las olas. Al menos yo nunca tuve nada que ver con eso.

 Pero sí tuve un incidente parecido, uno que me convenció de que ya era hora de retirarme. Encontré este camión, un viejo y destartalado tráiler. Se podían escuchar los gemidos que salían de la parte de atrás. Un montón de puños golpeaban contra el aluminio. Tanto que se mecía de un lado para el otro. En la cabina iba un banquero muy rico de Xi’an. Había conseguido un montón de dinero haciendo préstamos para sacar tarjetas de crédito Americanas. Suficiente para llevarse a toda su familia fuera del país. El traje de Armani del tipo estaba arrugado y roto. Tenía arañazos por todo un lado de la cara, y en los ojos tenía ese fuego de locura que estaba comenzando a ver más y más seguido por esos días. Los ojos del chofer eran distintos, se veían como los míos, con la sospecha de que el dinero no iba a servir para nada dentro de muy poco tiempo. Le regalé un billete de cincuenta y le deseé buena suerte. Eso fue todo lo que pude hacer por él.

 ¿Hacia dónde iba ese camión?

 Kirguiztán.







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Z

21 de noviembre, 2008 - 22:06



ADVERTENCIAS


 GRAN CHONGQING, FEDERACIÓN UNIDA DE CHINA

 [En su apogeo antes de la guerra, esta región contaba con una población de más de treinta y cinco millones de personas. Ahora, son menos de cincuenta mil. Los fondos para la reconstrucción han llegado tarde a esta parte del país, pues el gobierno se ha concentrado en las áreas costeras de mayor población. No hay una central de energía, ni agua corriente aparte de la del río Yangtse, pero las calles están limpias y el “concejo de seguridad” local ha evitado cualquier otra epidemia posterior a la guerra. El director del concejo es Kwang Jingshu, un médico que, a pesar de su avanzada edad y las heridas de guerra, sigue atendiendo a sus pacientes en casa.]

=MAS= 

La primera epidemia que vi fue en una remota aldea que oficialmente no tenía nombre. Los residentes la llamaban “Nuevo Dachang,” pero lo hacían más por nostalgia que por cualquier otra razón. Su pueblo natal, el “Viejo Dachang,” había existido desde la era de los Tres Reinos, con granjas, casas, e incluso árboles que tenían cientos de años. Cuando la Represa de las Tres Gargantas fue terminada, antes de que la aguas comenzaran a subir, la mayor parte de Dachang fue desmantelada, ladrillo por ladrillo, y reconstruida en un terreno más alto. Sin embargo aquel Nuevo Dachang ya no era un pueblo, sino un “patrimonio arquitectónico nacional.” Para esos pobres campesinos debió ser una dolorosa ironía ver cómo su pueblo era salvado, para luego tener que ir a visitarlo sólo como turistas. Quizá por eso decidieron llamar a aquel pobre asentamiento “Nuevo Dachang,” para conservar alguna conexión con su tradición, aunque fuese sólo a través del nombre. Yo ni siquiera sabía de la existencia de aquel “otro” Nuevo Dachang, así que podrá imaginarse mi confusión cuando recibí esa llamada.

 El hospital estaba en silencio; había sido una noche lenta, a pesar del incremento en los accidentes de tránsito por culpa del alcohol. Las motocicletas se habían vuelto muy populares. Solíamos decir que sus Harley-Davidsons mataban a más jóvenes Chinos que todos los soldados de la guerra de Corea. En realidad me sentí muy agradecido por una noche tranquila. Estaba cansado, me dolían los pies y la espalda. Me disponía a fumarme un cigarrillo y a mirar el amanecer cuando escuché mi nombre en el altavoz de llamadas. La recepcionista era nueva, y no pude entender muy bien lo que decía. Había un accidente, o una enfermedad. Era una emergencia, eso era claro, y necesitaban ayuda de inmediato.

 ¿Qué podía decir? Los médicos más jóvenes, esos niños que pensaban que la medicina era sólo una manera rápida de llenar la cuenta del banco, no iban a ir a ayudar a unos “nongmin” sólo por buena voluntad. Supongo que en eso todavía soy un revolucionario a la antigua. “Nuestro deber es hacernos responsables por el pueblo.”1 Esas palabras todavía significan algo para mí… y traté de recordármelo mientras mi Deer2 saltaba y rebotaba sobre una carretera destapada que, aunque el gobierno había prometido pavimentar, nunca lo había cumplido.

 Pasé unas horas horribles tratando de encontrar el lugar. Oficialmente no existía, y por lo tanto no estaba en ningún mapa. Me perdí en varias ocasiones y tuve que pedirle direcciones a los lugareños, y siempre creían que estaba buscando el pueblo que había sido convertido en museo. Estaba de muy mal humor cuando por fin llegué a una pequeña aglomeración de chozas de techo redondo. Recuero haber pensado, más les vale que esto sea grave. Cuando les vi las caras, lamente haber deseado eso.

Había siete, todos acostados en esterillas y casi inconscientes. Los aldeanos los habían llevado al recién construido salón comunal. Las paredes y el piso eran de cemento, aún sin baldosa ni pintura. El aire era frío y húmedo. Con razón están tan enfermos, pensé. Les pregunté a los aldeanos quién había estado cuidando a esa gente. Dijeron que nadie, que no era “seguro.” Noté que la puerta había sido asegurada desde el exterior. Era obvio que la gente estaba aterrorizada. Hacían muecas de espanto y susurraban entre ellos; algunos mantenían su distancia y rezaban. Su comportamiento me hizo enojar, no por nada personal, si me entiende, no me enojé con ellos como individuos, sino por lo que representaban para nuestro país. Después de siglos de opresión extranjera, de explotación y humillaciones, al fin estábamos logrando reclamar nuestro lugar como la principal potencia de la humanidad. Éramos el superpoder más rico y con la economía más dinámica del mundo, maestros de todo, desde el espacio exterior hasta el ciberespacio. Estábamos al principio de lo que el mundo había comenzado a llamar “El Siglo de la China” y sin embargo parte de nuestra gente seguía viviendo como campesinos ignorantes, tan retrógrados y supersticiosos como las primeras tribus salvajes de Yangshao.

 Todavía me encontraba inmerso en mi gran crítica cultural cuando me arrodillé para revisar a la primera paciente. Tenía fiebre alta, cuarenta grados centígrados y temblaba violentamente. No podía hablar coherentemente y gemía cada vez que trataba de moverle las extremidades. Tenía una herida en el antebrazo derecho, una mordedura. Cuando la examiné más de cerca, noté que no era de ningún animal. El radio de la mordida y las marcas de los dientes tenían que ser de un niño, o quizá un adolescente. Aunque pensé que esa podía ser la causa de su infección, la herida en sí estaba sorprendentemente limpia. Le pregunté a los aldeanos, de nuevo, quién había estado atendiendo a esas personas. Una vez más, me dijeron que nadie. Sabía que eso no podía ser cierto. La boca humana está repleta de bacterias, peor aún que la del perro más sucio. Si nadie había estado limpiando la herida de aquella mujer, ¿por qué no estaba invadida de pus e infectada?

 Examiné a los otros seis pacientes. Todos tenían síntomas similares, todos con heridas parecidas en diversas partes del cuerpo. Le pregunté a un hombre, el más lúcido de todo el grupo, quién o qué les había causado esas heridas. Me dijo que había sucedido cuando habían tratado de “controlarlo.”

 “¿A quién?” pregunté.

 Encontré a mi “Paciente Cero” tras la puerta con llave de una casa abandonada, al otro lado de la aldea. Tenía doce años. Sus pies y manos estaban atados con correas plásticas para embalaje. Aunque se había arrancado la piel alrededor de las correas, no sangraba. Tampoco había sangre en ninguna de sus otras heridas, ni en las cortadas de sus piernas y brazos, ni en el enorme hoyo en donde alguna vez había estado el dedo gordo de su pié derecho. Se retorcía como un animal, y una mordaza ahogaba sus gemidos.

 Al principio los aldeanos trataron de retenerme. Me advirtieron que no lo tocara, porque estaba “maldito.” Me los quité de encima y me puse mi mascarilla y mis guantes. La piel del niño estaba tan fría y gris como el piso de cemento en el que estaba tirado. No pude sentir ni su pulso ni los latidos de su corazón. Sus ojos se veían feroces, abiertos de par en par, pero hundidos en sus cuencas. Permanecían fijos en mí como los de un animal de presa. A lo largo de todo el examen se mostró inexplicablemente hostil, tratando de agarrarme con sus manos atadas, y de morderme a través de su mordaza.

 Sus movimientos eran tan violentos que tuve que llamar a los dos aldeanos más grande para que me ayudaran a detenerlo. Al principio no respondieron, y se escondieron tras la puerta como conejos asustados. Les expliqué que no había riesgo de infección si usaban máscaras y guantes como yo. Cuando sacudieron sus cabezas, les grité que era una orden, a pesar de que no tenía la autoridad legal para hacerlo.

 Eso fue todo lo que necesité. Aquel par de bueyes se arrodillaron a mi lado. Uno sosteniendo los pies del niño mientras el otro le agarraba las manos. Traté de tomarle una muestra de sangre, pero sólo obtuve un líquido café y viscoso. Mientras sacaba la aguja, el niño comenzó a retorcerse una vez más, ahora con más violencia.

 Uno de mis “ayudantes,” el encargado de sostenerle las manos, se dio por vencido al tratar de sostenerlo con sus propias manos, y pensó que quizá sería más seguro apoyarse sobre ellas con las rodillas. El niño se sacudió otra vez y escuché cómo se partía su brazo izquierdo. Los extremos rotos del cúbito y el radio se asomaron a través de su carne grisácea. Aunque el niño no gritó y ni siquiera pareció notarlo, eso fue suficiente para que mis dos asistentes se pararan de un salto y salieran corriendo del salón.

 Yo también retrocedí instintivamente algunos pasos. Me sentí un poco avergonzado por eso; he sido médico casi toda mi vida adulta. Fui entrenado y… también podría decirse que fui “criado” por el Ejército de Liberación Popular. He tratado suficientes heridas de guerra, y he visto la muerte de cerca en más de una ocasión, pero estaba asustado, verdaderamente aterrorizado frente a aquel frágil niño.

 El niño comenzó a retorcerse y arrastrarse hacia mí con su brazo sacudiéndose en el aire. La piel y el músculo del brazo roto se desgarraron hasta que sólo quedó un muñón. Su brazo derecho, ahora libre, seguía atado al antebrazo amputado, y lo arrastraba lentamente por el piso.

 Salí corriendo, cerrando la puerta a mis espaldas. Traté de recobrar la compostura, de controlar mi temor y mi vergüenza. Mi voz seguía temblando cuando le pregunté a los aldeanos cómo se había infectado el niño. Nadie me respondió. Escuché unos golpes contra la puerta cuando el puño del niño comenzó a golpear con fuerza la frágil madera. Hice todo lo que pude para no saltar de la sorpresa ante aquel sonido. Recé para que ellos no notaran el color que había abandonado mi rostro. Les grité, en parte por temor y en parte por la frustración, que tenían que decirme lo que le había pasado a aquel chico.

 Una joven se acercó, seguramente era su madre. Podía notarse que había estado llorando por muchos días; sus ojos estaban hinchados y completamente rojos. Admitió que todo había sucedido cuando el niño y su padre habían estado haciendo “pesca lunar,” un término que se usaba para describir la búsqueda de tesoros entre las ruinas hundidas por la Represa de las Tres Gargantas. Con más de once mil aldeas, pueblos, e incluso ciudades enteras abandonadas bajo las aguas, siempre cabía la posibilidad de recuperar algo valioso. Era una práctica muy común en esos días, y también era ilegal. Me explicó que no estaban robando nada, que era su propia aldea, Viejo Dachang, y que sólo estaban rescatando algunas reliquias familiares de las casas que no habían sido trasladadas. Siguió repitiendo lo mismo una y otra vez, y tuve que interrumpirla, prometiéndole que no llamaría a la policía. Por fin me explicó que el niño había salido del agua llorando y con una mordedura en el pié. No fue capaz de decir qué le había pasado, porque el agua estaba oscura y llena de lodo. Al padre nunca más lo volvieron a ver.

 Tomé mi celular y marqué el número del Doctor Gu Wen Kuei, un viejo amigo del ejército que trabajaba en el Instituto de Enfermedades Infecciosas de la Universidad Chongqing.3 Intercambiamos algunos saludos y formalidades, discutimos nuestro estado de salud, hablamos de nuestros nietos; era lo normal. Entonces le hablé de la infección y lo escuché hacer una broma sobre los hábitos de higiene de los campesinos. Traté de reírme con él, pero insistí en que el caso podía ser importante. Casi de mala gana me preguntó cuáles eran los síntomas. Le dije todo: las mordidas, la fiebre, el niño, el brazo… su cara se endureció de pronto. Dejó de reír.

 Me pidió que le mostrara los infectados. Volví al salón comunal y pasé la cámara del teléfono sobre cada uno de los pacientes. Me pidió que acercara la cámara a algunas de las heridas. Lo hice, y cuando volví a mirar la pantalla, él ya no estaba allí.

 “Quédate donde estás,” dijo, con una voz distante y alejada del teléfono. “Anota los nombres de todos los que han tenido contacto con ellos. Inmoviliza a todos los que ya están infectados. Si alguno de ellos entra en coma, evacua el salón y asegura cualquier salida.” Su voz era plana, robótica, como si hubiese ensayado aquel discurso o lo estuviese leyendo de alguna parte. Me preguntó, “¿Estás armado?” “No, ¿por qué habría de estarlo?” respondí. Me dijo que me llamaría de nuevo, otra vez en un tono de sólo negocios. Me dijo que haría algunas llamadas y que llegaría “ayuda” en algunas horas.

 Llegaron en menos de una hora, cincuenta hombres en grandes helicópteros Z-8A del ejército; todos llevaban trajes contra contaminación biológica. Dijeron que trabajaban para el Ministerio de Salud. No sé a quién trataban de engañar. Con esa forma de moverse y su arrogancia intimidante, incluso esos campesinos analfabetas podían de reconocer a los hombres del Guoanbu.4

 Su primer objetivo fue el salón comunal. Sacaron a los pacientes en camillas, con sus miembros inmovilizados y mordazas en la boca. Luego fueron por el chico. Lo sacaron en una bolsa negra. Su madre no paraba de llorar mientras ella y todo el resto de la aldea eran reunidos para “examinarlos.” Anotaron sus nombres y les tomaron muestras de sangre. Uno por uno, les quitaron la ropa y los fotografiaron. La última fue una pequeña y marchita anciana. Su cuerpo era delgado y retorcido, su cara surcada por miles de delgadas líneas, y sus pies eran tan pequeños que seguramente habían sido amarrados y deformados cuando era una niña. Sacudía su esquelético puño hacia los “doctores” gritando “¡Este es su castigo!” “¡Es su castigo por lo que hicieron con Fengdu!”

 Se refería a la Ciudad de los Fantasmas, cuyos templos y altares habían estado dedicados al mundo de los muertos. Al igual que el Viejo Dachang, había sido un desafortunado obstáculo para el siguiente Gran Salto Adelante de China. La habían evacuado, demolido, y luego inundado casi por completo. Nunca he sido una persona supersticiosa y casi nunca me dejo convencer por esas historias que son como opio para el pueblo. Soy un médico, un científico. Creo sólo en lo que puedo ver y tocar. Nunca había creído en Fengdu más que como un engaño para atraer turistas. Por supuesto, las palabras de aquella vieja no tuvieron ningún efecto en mí, pero sí su tono, su furia… ella había visto suficientes calamidades en su paso por la tierra: los terratenientes, los japoneses, la terrible pesadilla de la Revolución Cultural… ella sabía que estaba a punto de ocurrir otra tormenta, aún a pesar de no tener la educación suficiente para entenderlo.

 Mi colega, el Dr. Kuei, también lo había comprendido. Arriesgó su propio cuello para advertírmelo y me dio suficiente tiempo para hacer otra llamada más antes de que la gente del “Ministerio de Salud” llegara al lugar. Fue algo que dijo… una frase que no había usado en mucho tiempo, desde las “pequeñas” revueltas fronterizas con la Unión Soviética. Eso había sido en 1969. Estábamos en un búnker subterráneo en nuestro lado del Ussuri, a menos de un kilómetro rió abajo de Chen Bao. Los rusos se disponían a reclamar la isla y su enorme artillería estaba barriendo con nuestras fuerzas.

 Gu y yo estábamos tratando de remover unos fragmentos de metralla del vientre de un soldado, que debía ser apenas unos años menor que nosotros. Los intestinos del muchacho se habían roto, y su sangre y excrementos manchaban nuestros uniformes. Cada siete segundos un mortero aterrizaba cerca y teníamos que echarnos sobre su cuerpo para proteger la herida de la tierra que caía, y en cada ocasión quedábamos lo suficientemente cerca de él para escuchar cómo lloraba llamando a su madre. Había otras voces también, saliendo de la oscuridad, cerca de la entrada de nuestro búnker; voces desesperadas y furiosas que se suponía que no deberían haber llegado a nuestro lado del río. Dos soldados estaban vigilando la entrada del refugio, y uno de ellos gritó “¡Spetsnaz!” y comenzó a disparar hacia la oscuridad. Podíamos escuchar muchos otros disparos, si eran nuestros o de ellos, no podíamos saberlo.

 Otro mortero estalló y nos inclinamos sobre el chico moribundo. El rostro de Gu estaba a sólo unos pocos centímetros del mío. Gotas de sudor bajaban por su frente. Incluso con la poca luz de una vela de cera, pude ver que estaba pálido y temblaba. Miró al paciente y a la puerta, luego a mí, y de pronto dijo: “No te preocupes, todo va a salir bien.” Ahora bien, aquel era un hombre que nunca había dicho nada positivo en toda su vida. Gu era un paranoico, un neurótico terco como una mula. Si le dolía la cabeza, tenía que ser un tumor; Si parecía que iba a llover, entonces decía que se arruinaría la cosecha. Esa era su manera de controlar cualquier situación, su estrategia de toda la vida había sido prepararse para lo peor. Pero allí, cuando la realidad superó cualquiera de sus predicciones más fatalistas, no tuvo más alternativa que darse la vuelta y tomar la dirección opuesta. “No te preocupes, todo va a salir bien.” Y por primera vez, todo salió tal y como él dijo. Los rusos no llegaron a cruzar el río, e incluso logramos salvar a nuestro paciente.

 Durante muchos años después de eso, bromeé con él acerca de lo que había sido necesario para sacarle un poco de optimismo, y él siempre decía que haría falta algo mucho peor para que eso ocurriera de nuevo. Ya éramos un par de ancianos, y algo peor estaba a punto de suceder. Fue justo después de preguntarme si estaba armado. “No,” le respondí, “¿por qué habría de estarlo?” Hubo un corto silencio, y estoy seguro de que alguien más estaba escuchando nuestra conversación. “No te preocupes,” dijo, “todo va a salir bien.” En ese momento me di cuenta que aquella no era una infección aislada. Corté la llamada y marqué rápidamente el número de mi hija en Guangzhou.

 Su esposo trabajaba para Telecom de China y pasaba al menos una semana de cada mes en América. Le dije que sería una buena idea acompañarlo la próxima vez que viajara, y que debía llevarse a mi nieta y quedarse tanto tiempo como les fuera posible. No tuve tiempo de explicarle nada más; mi señal fue interferida cuando llegó el primero de los helicópteros. Las últimas palabras que pude decirle fueron: “No te preocupes, todo va a salir bien.”

[Kwang Jingshu fue arrestado por el MSN y encarcelado sin presentar cargos formales. Para cuando logró escapar, el contagio ya se había extendido más allá de la frontera de China.]

 




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skype

17 de noviembre, 2008 - 21:45
bueno puse el skype
ahora que?

mi usuario es dark_knight_ymp

necesito tener microfono verdad?



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Two Divisions of Minutemen merge into US Army - Houston TX August 19 2022

14 de noviembre, 2008 - 23:42
The President today declared in a press conference that two  divisions of the notorious Minutemen
will merge into the US army. He signed the Special Troops Addition Bill that was passed by congress
last month to help him meet the desired troops requirements in Mongolia near the Chinese border as
advised by general Mervin. Democrats protested that the bill was not meant for this kind of enlistment
but merely for hiring mercenaries outside of the country. The President stated his actions were covered
in this bill. The Minutemen, a privately funded group of armed volunteers, initially created to hunt down
illegal immigrants along the Mexican border at the beginning of this century and more recently known for
their crackdown on gangs in inner metropolitan areas are known for their cruelty in action. Democrats were
venting their fear that these undisciplined thugs will try and provoke the Chinese troops on the other side
of the border. The Minutemen have stated on many occasions and in manifests that they think a war with China
is desirable. The President defended this decision by stating that we need every good man that is willing to
defend its country. Democrats responded jokingly and stated that they agreed and that 'good' should be better
defined by the President. Senator DiCaprio asked the President if he was trying to start a war by his action.
The President referred to his speech last weeks wherein he stated that a troop buildup is necessary to guarantee
the existence of a free Mongolia. 40.000 troops will be merged into the US Army by this addition. The US Army
will be billed by the Minuteman foundation, but the costs have not yet been disclosed as they are still under
negotiation.

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Me gane 500 pesos!!!!.... Tambien mi vida!

08 de noviembre, 2008 - 22:26
Hola perdonen que no haya escrito pero en realidad que no tenia ni ganas
aqui en Matamoros ya ni la chingan!, ayer me paso algo bien gacho!, en la tarde
cuando sali del trabajo, lleve a su casa a una companera, de regreso venia por una
calle de un solo sentido enfrente de mi venia una camioneta de esas grandotas color
blanco y de repente se paro, asi nada mas, y yo con cara de what?????, pues ahi me tienen
parado atras esperando, y ni como tocarle el claxon, mi carrito no funciona, asi que me espere
pensando que esperaba a alguien pero no nadie salio, pero algo me dio mala espina, asi que mejor
prendi un cigarro y espere al fin y al cabo que no tienia prisa, me acabe el cigarro de esos de velador
(100´s) y la camioneta prendida y parada, me dije que demonios???!!!! pero mejor prendi otro cigarro
mas, cuando estaba a punto de acabarme el cigarro, salio un hombre de la camioneta, y se acerco a mi
y sin mas ni mas, saco un billete de 500 pesos y me lo ofrecio, solo me dijo "ten te los ganastes", yo con
cara de WHAT???, "le aposte a mi amigo que me ibas a pitar, si me hubieras pitado te hubiera metido
un balazo, el aposto 500 pesos que no, pues ganaste, ten..." asi me lo avento adentro del carro y se dio
la vuelta, atras le vi una escudra, (para este momento se me salio un chorrito!) solo atine a agarrar
el dinero, y segui mi camino, llegue a la casa palido, asustado, hoy fui al trabajo, le platique a mi
companera lo que me paso, casi llora, hoy venia manejando con mucho miedo, de hecho
todavia tengo miedo :(



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to Star_reader

30 de octubre, 2008 - 22:02
Felicidades !!!!


Perdona que me enterara hasta hace ratito !

que cumplas muchos años mas

personas como tu hacen al mundo mejor !


saludos




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mujer

30 de octubre, 2008 - 22:00

Mujer



Yo aprendí de ti la forma justa


de encontrar la luz en medio de las sombras.


Aprendí también que existe algo más


que la roca dura y el concepto de la nada.



Aprendí que se puede tener las manos llenas


y el alma perdida en un espacio muy grande y muy vacío


cuando en esas mano solo existen objetos sin sentido



Pero sobre todo aprendí de ti, mujer,


que todo el Universos se puede comprender


en un gesto, en gesto pequeño de ternura femenina


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buen blog-libro

27 de octubre, 2008 - 22:17

Estoy encantado de leer un blog-libro tan bueno como este !

Es una historia de zombies y una supuesta epidemia pero mejor leanlo aqui :

se los prometo les va a gusta!

este es el link  http://mundocadaver.livejournal.com/2005/12/30/

espero que les guste tanto como a mi!


Zombies

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hola!

22 de octubre, 2008 - 20:07
Si me perdi por un buen ratote lo ultimo mio es que me fui a Lake Mills WI, bueno pues ya regrese :)

aunque no estoy del todo bien he aprendido que la vida debe de continuar, que ha pasado conmigo pues muchas cosas algunas buenas algunas malas, las malas es que Tina no esta aqui conmigo, si, se fue a la casa de los papas, no nos peleamos ni nada por el estilo, fue una decision de ella y entiendo el porque ella perdio el bebe, siendo un embarazo de alto riesgo, lo entiendo, pero ella todavia no, asi que pues decidio darse un tiempo para calmarse y centrarse en la vida, la extrano pero se que es lo mejor para ella.

Yo tuve una recaida con mi "cookie monster" pero estoy bien !

Bueno he vuelto ...

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