Cuentito eroticón
dom 24 de agosto, 2008 - 04:03
Estado de ánimo: Coliquienta
Seguridad de esta entrada: PUBLICO
Les dejo un cuentito que hice en uno de esos momentos que diosito me da de iluminación y que no suceden muy a menuso, así que aprovechen y manoseense con su pareja o a sí mismos.
Aún no tiene título así que cualquier idea es bienvenida.
Saludos y ¡no estaba muerta, andaba de cañas! Jajaja.
Sin título aún
Si se masturba es por ella. Esto lo sabe desde el inicio de las sesiones onanistas. No porque ella se lo ordene ni porque tengan una relación sadomasoquista, ni porque no lo satisfaga. Él se siente completo prodigándole un extenso cunnilingus, acariciándole la mejilla o penetrándola como misionero evangelizando América.
Él lame sus labios y sus ojos para admirar su creación viscosa; después succiona en el cuello, dejando pequeñas marcas rojas y violáceas. Con sus manos juega a la carrera de la liebre y la tortu[g/r]a: sabe cuándo bajar el ritmo y cuándo acelerarlo. Lento para la clavícula; el dedo índice recorre el borde del hueso. La piel ahí es tan delgada que deja ver sus cimientos y, por lo tanto, su dedo rasga los pulmones, acelera la respiración. Él sabe que le gustará.
Poco a poco acaricia las periferias de su seno. Terso y suave, con su pezón claro, erecto. Él lo sabe; sabe cuánto desea ella un mordisco en el centro de su pecho; sabe pero calla. Evita la torpeza de abalanzarse sobre ellos como ubres sucias de vacas alineadas en largas fijas en una granja. Evita llevarla a un éxtasis veloz pero fugaz, del cual sólo pueden resultar decepciones y aburrimiento.
Estira los pliegues que se forman debajo del seno; pasea su lengua como caminante en la playa, nostálgico, pleno, casi cansado. Escucha su gemir en voz muy baja alternado con aullidos cortos; muy a pesar de todo, el aullido anuncia un reclamo de dolor al que, aunque ya bien conocido por él, prefiere hacer caso omiso. Dolor y placer, la mezcla perfecta de la ausencia en la que se sumerge cada vez que la penetra.
Después de masajear los senos, de babearlos incansablemente hasta dejarlos frescos y con el olor del cigarro que carga su saliva como una cruz, arremete contra ellos; arremete contra ellos no por gusto: los aullidos reducen sus pausas y se intensifican. ¿Le duele no ser violentada? ¿Le duele la pasividad que se esconde tras ese sacerdote de su sexo? ¿Le duele que no le arranque el alma de una vez por todas? Los reclamos le son indiferentes, pues ella pide algo que está fuera de su voluntad; el sexo la purifica, él lo sabe y por ello se lubrica su verga cada noche, cada momento en que ella pide purificación por sus pecados. No es el pene en sí, es su pene lo que la salva.
El maratón continua. Primero ha dejado caer la lengua: la antesala de un juego de placer aún más fino. Anuncia las yemas de sus dedos, las palmas, sus manos enteras. Una de ellas bordea el ombligo, marca su redondez, su profundidad. Con la unicidad de sus huellas digitales recorre el vientre, pues los relieves de los dedos permiten contrastar la rugosidad de él con la suavidad de ella. Mientras penetra su ombligo con la mano derecha, su mano izquierda aprieta un seno; lo aprieta con agresividad, harto ya de los gritos, del su incapacidad para soportar el dolor que ella misma genera y busca. El dedo índice y el pulgar pellizca el pezón con fuerza; otra vez contrasta la suavidad de sus caricias en el vientre hechas por su mano derecha versus la brusquedad de su mano izquierda; ésta última arremete contra sus muslos, arañándolos, encajando las uñas en sus músculos, trazando espirales que bajan hasta sus rodillas, sus pies.
Él se levanta. La toma de los pies, besa sus dedos; le da asco sus uñas pintadas de rojo. Hubiera preferido el color de su carne, la naturalidad de su piel morena. Por eso roe el esmalte con los dientes; ella lo observa coquetéandole con su mirada de inocencia corrompida. Sabe de su asco, sabe de su disgusto y calla con una sonrisa ganadora.
Porque el juego no es sobre el sexo ni el placer; el juego está en el polo opuesto: repulsión, agresión, distancias. Sí; el juego es sobre cavar grietas que los separen más y más. No hay reglas y eso no es porque sea amor; esto es una guerra en la que él toma su pala para cavar dentro del cuerpo de ella; ella, por su parte, humedece sus tierras para ablandar el terreno y permitir excavaciones más profundas.
Desesperado por no quitar completamente la pintura, él toma con fuerza de sus tobillos y le da medio giro; ve como se estremecen sus nalgas, sus piernas, su melena alborotada.
Ya sin delicadezas, abre los glúteos con sus manos para clavar su lengua entre ellos. Llena de saliva su línea oculta; se deja caer sobre ella, mete sus manos bajo su cuerpo para tomar sus senos con voracidad. Sus senos, aquellos que en otro tiempo fueron preseas para él y que ahora sólo parecen dos globos llenos de agua, tan ajenos a las personas que fueron, a la persona que fueron juntos, cuando se besaban con suavidad y descubrían sus cuerpos con ternura.
Pero no hoy; hoy él debe hurgar en su alma para definirlo todo. Pero, ¿dónde está su alma? Por eso le abre las piernas e introduce su lengua en su ano, hasta donde alcance. Le duele el estiramiento constante y ella no hace más que gritar gustosa. No obstante, él sabe que el dolor será dulce si puede acariciarle el alma. No encuentra nada y otra vez la ansiedad y la desesperación.
Así que mete su dedo entre sus piernas, peina sus vellos púbicos. Ella gime lento y bajo; ya no aulla porque siente que al fin la violentará; al fin él secuestrará su sexo, le dará fin apuñalándolo. La romperá como nunca ha podido romperse ella misma. Pero él sólo pasea sus dedos por sus labios, por sus vellos púbicos.
A ella siempre le ha parecido una pérdida de tiempo toda caricia preliminar a la penetración; hoy sobre todo desea ser penetrada ya, fuerte, dura y agresiva verga dentro de ella. Quiere la muerte a través del placer porque no puede seguir viviendo pero no se atreve a quitarse la vida con sus manos. Necesita un favor, un milagro de otro que se apiade, que la odie o la ame lo suficiente para hacerlo.
Él se detiene. Su pene erguido delata su sentimientos.
Ella se gira quedando boca arriba; dobla sus piernas, las abre. Lo observa. Marca puntas con sus pies, alzando la estética de su cuerpo.
Él ya no la mira. Acaricia su glande; comienza a acariciarse frenéticamente; eyacula y recoge su semen con la otra mano. En cuanto surge su líquido blanco, surgen también las lágrimas. Toma las pantaletas tiradas en el piso y se limpia; toma su ropa, se viste, se va.
A lo lejos, aún escucha la risa de ella mezclada con unos gritos ahogados.
No hay vuelta atrás.
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5 comentarios ]
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Pendejadas?!
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Han escrito 5 comentarios de «Cuentito eroticón»
antitzin
Domingo 24 de agosto, 2008 09:40.
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etiqueta, brakepage, o no sé como se llame ea madre, eso de = mas =

trailerilla
Domingo 24 de agosto, 2008 11:27.
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Órales!! Me gustó tu historia :D
Yo que ella, tambien me daba yo misma jajajaja

dowensita
Domingo 24 de agosto, 2008 15:16.
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que gacho!!!

ixca
Domingo 24 de agosto, 2008 23:20.
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Muy explícito, juega más con los supuestos, con las narraciones de soslayo. ¿Leíste alguna vez la columna Erotismos del suplemento Semanal de la Jornada hace como 15 años? No recuerdo el autor pero creo que el perfil de este cuento-crónica podría acercarse a aquello.
Saludos.

escarabaja
Martes 26 de agosto, 2008 16:32.
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ixca Acá en mi rancho no hay Jornada.
