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De la moda lo que no nos acomoda

dom 11 de febrero, 2007 - 20:38 Estado de ánimo: Apenado
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Desde hace veinte años mis vecinos se visten muy a la moda: el padre usa pantalones de colores estrambóticos, lentes amplios ahumados, camisas rosadas, zapatitos elegantes; los hijos usan pantalones de mezclilla apretados, tenis blancos, cabellos glamorosos esponjadísimos, camisetas holgadas. Hace diez años la gente los catalogó de anticuados. Ellos dejaron de hablar con los demás, se aislaron porque, tal vez, se sintieron incomprendidos y solos en este mundo traidor. Hoy serían los ídolos de millares de personas que buscan los 80’s.
Es gracioso cómo vamos cambiando nuestra moda. Me da risa que exista la moda en el más amplio sentido: abarca todo lo humano, desde la ciencia, la religión, el arte, el fútbol hasta Dios.
Para hablar de la moda me parece esencial considerar dos aspectos del hombre. El primero es que actuamos por contradicción, lo cual es entendible si creemos en la dualidad de la naturaleza humana. Pongamos un ejemplo: hace un par de siglos la gente se guiaba a través de patrones históricos clasificados como “clásicos”; griegos y latinos eran ejemplo a seguir. Pero de un tiempo para acá, aproximadamente desde el comienzo de las guerras mundiales, repudiamos la historia, nos sacudimos el pasado y orgullosos, rompimos lazos con todas las estructuras viejas (o al menos es lo que intentamos). La violencia conmovió tanto al mundo que el concepto de hombre se puso en duda y sentimos el deber de comenzar de cero. ¿Éramos aquellos que se aniquilaban los unos a los otros masivamente? ¿La guerra fue homicidio o suicidio? Suena razonable replantear todos los conceptos existentes; aunque es utópico negar el pasado, romper por completo estructuras históricas que, como dice mi amá, “por algo siguen ahí”.
El segundo aspecto es una características que encuentro fascinante: la capacidad taxonómica del hombre. ¿Alguna vez has sentido una “cosa rara” que no puedes expresar con palabras, entonces te llenas de angustia y desesperación porque no puedes sacar lo que sientes, lo que piensas? Yo sí. Me doy cuenta cómo de cierta forma, estoy encadenada al lenguaje. Presa de nuestro propio invento, hallamos la solución al problema, la clasificación. Por ejemplo, la palabra moda lleva una clasificación: es una palabra, tiene significado, representa una tendencia, una ideología, tiene su historia y su presente, es el signo de corrientes que el hombre ha seguido y sigue. ¿Por qué digo que la solución de la auto- esclavitud humana es la clasificación? Porque así sometemos al lenguaje, se vuelve sumiso ante la imaginación del ser humano. Triunfamos imponiendo la voluntad de nuestro universo creativo sobre las pobrecitas palabras cuadradas que nada serían sin nosotros los grandilocuentes humanos. Las capacitamos para ocupar una función en nuestras vidas. Es justo aplaudirnos la hermosísima pero no poco patética justificación que hemos creado.
Ahora, vayamos al grano: la moda. A través de la contradicción y la taxonomía llegamos a la época en que la especialización es nuestra deidad. Negar el pasado y expresar la creatividad a través de la clasificación lleva al hombre al neologismo exacerbado. No sólo a la inventamos nuevas palabras que plasmen nuestro pensamiento y sentir, también (re)inventamos el estilo personal; todo en nosotros es nuevo, retomamos el pasado pero la novedad persiste porque lo sacamos de su contexto y así, nos burlamos de él, creamos novedosas formas de resaltar lo que somos. Caminamos hacia la obsesión. Estamos obsesionados con el estilo personal. Ávidos por sobresalir, por gritar la originalidad de los primeros pasos dados después de la ruptura con lo pasado, somos víctimas y victimarios de nuestra contradicción.
En particular, hablemos de la vestimenta. Hay una enorme lista de ornamentos que personalizan nuestro aspecto: perforaciones en los lugares más recónditos y atrevidos; maquillaje de mil colores; vestidos de bolitas, de rayas; gorras; sombreros; zapatos; botas; pantalones rotos; chamarras; afiches; tatuajes; expansiones en las orejas; para el cabello, cortes estrafalarios, tintes, transparencias, rayos, flecos; collares; pulseras; relojes y largo etcétera.
Todo en por la originalidad. Mientras más resaltes, mejor; mientras más ochentero parezcas, ¡ya ganaste! Hace años regresaron los sesentas, ahora estamos en los ochentas; por eso hoy, mis vecinos son ejemplo a seguir. El caso es que estamos tan obsesionados con la apariencia, con la-primera-impresión-es-la-que-cuenta, que nos hemos quedado huecos. Hace poco escuchaba a una chavita hablar de un dije con la “A” de anarquía que llevaba colgado al cuello y le decía a su amiga: “se ve súper padre, la verdad es que no sé que significa pero, equis we, o sea, eso no importa”.
Sonrío pero comprendo que en su visión quizás algo pequeña y en su lenguaje tal vez algo vulgar (¡quién soy yo para decir qué es vulgar y qué es pequeño!), ella tenía toda la razón. Qué demonios importa la historia de las cosas, lo de hoy es la burla, la ignorancia, la novedad. Lo de hoy es no saber qué es lo de hoy. Estuvimos pregonando tanto tiempo la grandeza del hombre y ¡vaya que lo tomamos en serio! (hasta Barney, el dinosaurio morado amigo de todos los niños decía que todos somos especial de alguna manera).
Me queda sólo una duda: ¿por qué todos queremos resaltar de la misma forma? Es decir, todos queremos ser ochenteros, qué genial, qué originales. Veo en la calle a un montón de gente vestida y peinada casi igual. Me confundo, parecemos producto hecho en serie pero, eso ya es alucine mío. También veo que los más originales son los albañiles, los obreros, la gente que tiene otras preocupaciones lejanas a la moda, como sacar la lana del día pa’ alimentar cuatro bocas hambrientas.
¡Qué absurda ironía nos creamos! Porque, los “normales”, los que no están al tanto de la personalización exacerbada, los que alguna vez fueron los nacos son los de moda, porque lo de hoy es no saber qué es lo de hoy y ellos no lo saben. Hasta les hemos copiado los cortes de cabello, esos muy “acá” que alguna vez fueron tachados de nacos, ésos son los chidos. Pues bien, me pregunto ¿qué sigue? Estoy confundida, yo también quiero estar “in”. Avísenme cuando lleguemos a tener la moda “Sarcasmo de Eva y Adán”. Es más, los invito a neologizar el neologismo: ¡andemos en pelotas, ya qué tanto falta! Algo me dice que esa moda me agradará. Oh sí



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