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Mi Canción

sáb 03 de septiembre, 2005 - 17:24 Estado de ánimo: Cansado
Seguridad de esta entrada: PUBLICO
Música actual: Orinoco Falls

El apocalíptico cielo se ruboriza conforme cae la tarde, por las calles aún transitan los restos de humanidad próxima a ser atacada, inconscientes del peligro caminan las pequeñas figurillas por los caminos de asfalto; solo unos cuantos estamos dispuestos a librar la batalla contra los demonios que poco a poco devastan la ciudad.

Pocos caen en la cuenta del cambio que se aproxima, mientras los ancestrales gobernantes han tomado ya su bando y de alguna u otra forma yo también tengo que tomar una decisión pues mi estigma ascendente no me permite librarme esta vez, obligándome a vestirme con mí falseado ateísmo esperando que todo esto no sea más que una vaga pesadilla.

Ando por la ciudad guareciendo a los demás de los demonios, persona por persona hago lo que esté en mis manos para protegerlas, para redimirlas o para convencerlas de tomar el mismo camino por el que he decidido andar; con algunos he tenido éxito, sin embargo la mayoría ha sido arrebatada de mis manos por los monstruosos seductores que ya aparecen por cada rincón de la ciudad, haciendo mi ya de por sí mal hecho trabajo, aún más difícil.

Si tan solo hubiese tenido la fortaleza de defender mi poder desde la infancia y no mantenerlo escondido por vergüenza hasta llegar a negarlo, no me vería en la penosa situación de no saber utilizarlo y por ende al igual que los demás andaría combatiendo por cielo y tierra, por sueños y realidad y no de persona en persona cosechando tan pocos éxitos que no bastan para justificar mi razón de existir.

Mi pequeña necedad especulativa llega incluso a ponerme en peligro, pues conocedores de la tarea que recae sobre mí, esos malditos seres no trastabillaran en quitarme del camino, y yo sin siquiera poder manejar un poco de energía para defenderme.

- Llegamos!

La súbita advertencia me trae de vuelta a las calles de la ciudad, y miro al frente para cerciorarme de que la pequeña tiene razón, y en efecto, frente a nuestros ojos se encuentra el pequeño mercado de relojes al que teníamos que llegar sin saber por que.

Ella se pierde entre la multitud, viendo baratijas de colores y me quedo contemplándola un momento, su pequeña estatura y sus aletargados pasos alegres la hacen sobresalir del resto de la multitud apretujada y apurada. Entonces recuerdo que tengo algo importante que hacer en ese lugar, abro el puño y observo el anillo que de alguna forma tiene respuestas, pero mi dedo no es lo suficientemente grueso para usarlo como debería, vuelvo a ponérmelo para cerciorarme de que realmente no soy lo suficientemente grande para usarlo y con algo de decepción lo coloco en la mesa junto a relojes que marcan distintas horas mientras entre la muchedumbre se abre paso un sospechoso hombre de edad, casi anciano aún camina certeramente y en la frente lleva las soberbias marcas del conocimiento, sin embargo difiere mucho de la núbil pureza del jovencito que le acompaña. A diferencia del anciano, el chiquillo transpira bondad, huele a valentía, la tersa piel revela el poco contacto que ha tenido con el enfrentamiento, sin embargo en sus ojos se ve la sinceridad de corazón que valeroso le hace unirse a nuestra causa se trata de un joven en quien definitivamente se puede confiar.

Ambos se acercan hasta mi lugar y el anciano se adelanta con el entrecejo fruncido analizando mi figura y cuando sus ojos se depositan en la mesa y contempla por vez primera el valioso anillo, con exaltados manoteos me grita:

- TE ENCONTRAMOS!, TE ENCONTRAMOS!,

Mientras el pequeño, loco de contento, me lanza una mirada abrumadora, llena de admiración y respeto que me confunden y apenan en el acto por mi inmerecido cargo.

Después de un momento de conversar con el que ahora haré pasar por hechicero y su aprendiz, sé que el hecho de que el mentado anillo no me quede se debe a que he perdido la razón por la que me encuentro en este momento sobre mis dos piernas, en esta plaza, en esta tierra y en este tiempo y la solución según el hechicero es sencilla, hay que invocar mis recuerdos.

El procedimiento es sencillo, tan solo necesito algo de sangre pura para recordar.

Me pongo el anillo y con cuidado de no tirarlo tomo la daga, al tiempo que veo como resplandece la sortija sobre mi mano pero un movimiento brusco me saca de mi admiración; es el anciano que con desorbitados ojos perdidos en avaricia y tembloroso semblante ha tomado mi mano para infligir la herida sobre su vientre y ser él quien haga brotar sangre sobre la daga. Pero frustró su malintencionado intento al quitar rápidamente el anillo de mi dedo y mantener firme el brazo evitando que el malicioso hechicero tome parte de aquel ritual.

Recae mi mirada bajo la sudorosa frente del hechicero quien aún me mira con recelo, sin embargo sabe que leo su egoísmo e interés, percibo cada partícula de malicia sobres su ser, su falta de lealtad, la lambisconería que tanto me repugna y aún y cuando lo tenemos de nuestro lado, no hay más que beneficio propio lo que le mueve a nuestra cruzada.

He hecho mi elección y he decidido tomar la inocencia de su pupilo, él habrá de bañar la daga con su sangre, él que aún tiene el cuerpo incorrupto, el alma libre y la sinceridad a flor de piel. El joven acepta sin reparos el destino que le ha sido impuesto y como todo un hombre levanta su camisa y cierra los ojos a la espera de la punzante herida. Yo, tengo que tomar aire, palidezco ante la idea de provocarle dolor, me sudan las manos, me tiemblan las piernas y el corazón se desboca al acertar la reveladora puñalada, el pequeño recae sobre el muro en el que se apoya y abre los ojos al cielo mientras brota la sangre apenas ocultando la mueca de dolor.

Y el tiempo se detiene.

De todas partes surge la melodiosa música que marca mi existir, las lágrimas brotan de todos lo ojos, incluyendo los míos, siento el vacío, la tristeza, el dolor, la desesperación, todo sentimiento se hace uno y aflige el alma de todos los presentes.

El miedo, la soledad y la resignación que en mi viven se hacen presentes, se liberan de sus cadenas y salen gloriosas invadiendo mi faz, más que nunca quiero llorar, quiero gritar, abrazar y que me abracen, besar y que me besen y bajo la influencia de mis emociones miro suplicante a mi acompañante, aquella que apenas ayer fuera una niña y hoy su rostro ya refleja algunos rasgos de madurez, aquella que con sus frases y sus caricias empedernidas, consuela al muchacho que sufriera por mi temor, a ella quisiera tomarla entre mis brazos, estrecharla, decirle que la quiero, que la amo, besarle la frente, la mejilla y que ella se recargara en mi pecho y yo sobre su cabeza desahogándonos con cada lágrima vertida, con cada profundo suspiro, con cada gemido de tristeza.

Pero ella apenas me observa condolida y enseguida desvía su mirada y sus palabras al pálido mozuelo que yace sobre el muro.

Es entonces cuando recuerdo todo, cuando siento de nuevo, cuando despierto y veo el mundo tal cual, el mundo donde no hay nada para mí, pero todos me tienen, donde no hay nada para mí pero mientras esté ninguno estará solo, donde no hay nada para mí ni siquiera yo…

El hechicero conmovido por la escena se acerca a mí mostrándose por primera vez libre de cualquier intención secundaria honorable y galante como fuera hace tiempo:

- Mientras sangre la herida, se escuchará tu canción.

- La canción… mi canción… Amar y Proteger.



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Han escrito 1 comentarios de «Mi Canción»

foto geo_need
Sábado 03 de septiembre, 2005 17:55.

ah caray toda esa es una cancion :s

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