PARIS I

Este mes quisiera compartir con ustedes la fascinación que nos ofrecen otras culturas, llenas de Arte e historia, no menos importantes y trascendentales que las nuestras, pero que a la distancia enloquece la imaginación de quienes amamos el arte.
Llegar a esta recopilación de datos ha enriquecido ese dulce sabor de boca que ha dejado la historia no sufrida, sino plasmada en su inmensa riqueza artística.
Sin duda, cuna del arte es Paris, por ello, este mes (y espero sea suficiente) dedicaré mis Post a Francia. En la medida de mis propias experiencias y apoyada por los medios escritos y electrónicos, espero disfruten conmigo este pasaporte al fascinante “viejo continente”
PARIS

Pocas ciudades han protagonizado acontecimientos tan importantes que cambiaron el curso de la historia. Fue probablemente fundada por los galos quienes formaron un pequeño centro urbano sobre la orilla izquierda del Siena. Llegaron pronto los romanos conducidos por Julio César que en su “De Bello Gallito” la llama repetidamente Lutetia. Por las continuas y cada vez más peligrosas amenazas de invasiones bárbaras ese primer núcleo se desplazó hacía la Ile de la Cité desde donde inició su lenta pero ininterrumpida expansión sobre las dos márgenes del río. Simple residencia de los reyes merovingios primero, y luego de los carolingios, Paris llegó a ser verdadera capital cuando Hugo Capeto fundó en 987 una nueva dinastía y la ciudad alcanzó así el rango que ya no perdería durante todo el curso de la historia de Francia. Desde ese momento se inicia su progresivo desenvolvimiento no solo desde el punto de vista urbanístico sino también cultural. Con la ascensión al tronote Felipe II (1180-1223) París alcanza uno de sus periodos de mayor esplendor: se inicia la construcción del Louvre en 1215 se funda la Universidad. El reinado de Luis IX el Santo (1226-1270), durante el cual se construye la Santa Capilla y se aceleran los trabajos de Notre Dame, añade un nuevo esplendor a la ciudad. En cambio, con la sucesiva dinastía de los Valois, Paris vive una de las páginas más tristes de su historia: en 1358 tiene lugar la revuelta conducida por el jefe de los mercaderes parisinos Etienne Marcel. Carlos V logra restablecer el orden haciendo erigir entre otras obras La Bastilla, pero no fue una paz duradera. La lucha civil entre las facciones de los armagnacs y los borgoñeses dio lugar a la ocupación extranjera de Inglaterra con Enrique VI, coronado Rey de Francia en 1430 en Notre Dame. En 1437 Carlos VII recupera formalmente Paris pero nuevos tumultos y revueltas, cada vez más sangrientas, alternan con las terribles epidemias devastadoras sobre una población ya extenuada.
Luego, durante todo el siglo XVI, los diversos reyes que se sucedieron en el trono de Francia prefirieron los castillos del Loira que habían elegido como residencia definitiva. No por eso cesaban en la capital las luchas intestinas. La difusión del movimiento protestante da origen a la sangrienta lucha religiosa que durante largo tiempo desgarró Paris y Francia hasta culminar con la masacre de los hugontes el 24 de agosto de 1572, en la famosa noche de San Bartolomé. Después del asesinato de Enrique III en 1589 por el joven Jacques Climent, en Saint-Cloud, la ciudad sufrió un asedio de cuatro largos años hasta que abrió sus puertas a Enrique IV que, convertido al catolicismo, había abjurado de su religión. AL comenzar el siglo XVII París contaba ya trescientos mil habitantes. La ciudad alcanza siempre mayor importancia como centro político y cultural, especialmente bajo el poderoso cardenal Richelieu que en 1635 fundó la Academia Francesa a cuyos cuarenta miembros se los llama “los inmortales”. Durante la nueva dinastía de los Borbones la ciudad crece cada vez más. En 1715, cuando reinaba Luis XIV, alcanza el medio millón de habitantes. Pero Paris conquista, sin duda, su lugar en la historia en 1789 cuando comienza la Revolución que habría de señalar el nacimiento del mundo moderno. Se acostumbra considerar como fecha de comienzo de la Revolución el 14 de julio de aquel año, cuando el pueblo de París ocupó la Bastilla, símbolo del absolutismo y del terror. En el transcurso de los años siguientes, los acontecimientos se suceden con ritmo cada vez más frenético; cae la monarquía, surge el terror y se produce la reacción termidoriana; desaparecen en poco tiempo de la historia política parisina los personajes que la habían dominado por tanto tiempo. Lo que la ciudad había sufrido durante aquellos años (pérdida de vidas humanas, destrucción irreparable de obras de arte), fue olvidado con el Imperio y la fastuosa corte que Napoleón creó en 1804 cuando el Papa Pío VII lo coronó Emperador en Notre Dame.



