Incertidumbre Literaria
En los puestos del Metro Panteones y Colegio Militar fue donde compré algunos buenos libros; otros más en el puesto del tianguis de los sábados del eje 6 en la legendaria Iztapalapa. Más que mi calidad de persona carente de recursos sobrados, sobresalía mi necesidad de buscar en lugares no obvios mi literatura. Es fácil llegar a Gandhi o al Fondo de Cultura Económica o al Sótano y pedir por tal o cual libro. Muy fácil.
Pero mi método era más rebuscado: recurría incesantemente a páginas y revistas literarias, como quien asiste a charlas entre amigos de un club de lectura, y la información que quedaba almacenada en la memoria era la que hacía resaltar a algún autor u obra en uno de esos puestecillos. Así hallé Conversación en la Catedral de Vargas Llosa, o la Guerra del Fin del Mundo de este mismo, a algunos de mis favoritos de la generación beat: Bourroughs, Henry Miller, o más clásicos como los Hermanos Karamazoff de Dostoyevski, es decir que lo fortuito traía siempre mi siguiente lectura: dependía de las compras pequeñas que estos personajes hacían para vender su producto. Era como hacer una combinación de suerte con un acervo de información para que en determinado momento y circunstancia diera con un elegido. Así podía ir de Fuentes a Kerouac, de Proust a Ibargüengoitia, de Borges a Joyce, de Faulkner a Kant, de Nietzsche a Hemingway, de Sabines a Bukowski, de Camus a Hesse, con la incertidumbre única como conductor de mi pasatiempo literario. Aún intento emular esto desde esta tierra cuna del traidor Conin, pero es más difícil, así que sólo me queda aventurarme al afamado tianguis cuando voy de visita al de efe y tengo tiempo de visitarle.
La pesada certidumbre de comprar un libro premeditadamente escogido y comprado en tienda de libros me hace sentir muy predecible leyendo: lo tienes en mente, vas a comprarlo, retiras las cubiertas plásticas, tomas asiento con bebida a la mano, eliges un separador ad-hoc, cruzas pierna derecha sobre izquierda, y comienzas la lectura. El ritual adquiere algo de acartonado, así como algunos recovecos de mi vida; por lo menos que mi adicción a la lectura tenga algo de impredecible.


