Doblete de Humildad en el AO.
En esta tercete de décadas que me sigue criminalmente, he disfrutado, como muchos, las emociones que brinda ese revés civilizado de las guerras que son los deportes. Hasta hoy no había visto la calidad de humildad que un deporte puede brindar como lo es el tenis. En específico este día en que Roger perdió la final de AO, y la saga de sollozos que él no pudo contener, los sollozos apagados de un estadio que lo quería ver ganar, los sollozos quedos de un campeón que quisiera conquistar algún día el afecto que el otro inspira. Ha sido un partido memorable, por las esperanzas estadísticas que su resultado implicaba, por su desenlace maratónico. He implicó, tuvo final justo según mi juicio, ganó el que jugó mejor, el favorito, el mejor sembrado en el torneo. Pero ¿cómo es que con todo no satisfizo, que el sentimiento de todo el estadio, sino del espectador donde quiera que se encontrase en el mundo, era de triste sorpresa? He visto, sin duda, lágrimas en muchos jugadores tras una derrota, muchos de ellos incipientes aspirantes a la gloria de la excelencia retribuida por la victoria por sobre todos; pero las lágrimas que vi esta noche, las de un campeón de trece grand slams, de una carrera meteórica, de un jugador que lo ha tenido todo, uno que goza de facto de la inmortalidad de las grandes estrellas de este deporte estando activo aún y con una carrera a la que aún le queda teóricamente buen trecho. Son lágrimas diferentes, extrañas, son las de quien se desnuda ante millones y les dice: no lo he tenido todo, aspiro a más, esto me frustra, me entristece y me falta egoísmo para llorármelo a solas. Un evento que fue llevado a cabo con la silenciosa esperanza de que el favorito sentimental ganara, demostrado por las figuras que entregarían el gran trofeo al que, según esta esperanza colectiva, igualaría en este torneo la grandeza de Pete, y que ahora tendrá que aguardar al siguiente gran torneo, con la consecuente certidumbre de que Rafa acecha con esa otra humildad y benevolencia de quien se mueve ante las cámaras con culpa por haber ganado en más de una ocasión al hijo pródigo de esta década. Se nota en Rafa la incomodidad de haber ganado, eso no me había tocado verlo así, al desnudo, se acostumbra uno a ver al ganador jubiloso y radiante además de elogiado y con un respeto protocolario hacia el rival, el cual asume una postura de soberbia e incomodidad por tener que estar frente a quien le derrota. Hoy, como antes con ellos, no ha vuelto a ser así: quien gana siente culpa, quien es derrotado humildad extrema, sólo que esta vez se tenía una expectativa diferente, no sólo por los deseos de cada jugador, sino porque un público masivo alrededor del mundo tenía en su mayoría el deseo puesto en uno, en el que perdió, el mismo que pudo haber perdido en rondas anteriores y hacer todo más tolerable, pero que fue a perder en una final de más de cuatro horas, a cinco sets, frente al que ahora reitera por qué es el número 1. Me quito el sombrero que no tengo, me trago las palabras que me sobran; gozo como nunca este deporte.


