Me contuve por deshonesto
Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera
contarle que el universo era más ancho que sus caderas
Le dibujaba un mundo real no una color de rosa
pero ella prefería escuchar mentiras piadosas
I
Con todo el dolor de mi gran corazón hube de contenerme de decirle que era un pendejo. La oficina lo habría sabido y me habrían condenado por gandalla. Cabildeo de regreso a casa mientras gozo del júbilo citadino que se vive en el sistema de transporte colectivo, entiéndase metro; ahí, mirando mi rostro reflejado en las ventanas del vagónentúneloscuro, interrumpiendo lectura. Joder. Debí haberle asestado ese golpe verbal, ahora estaría más tranquilo. Me contuve por una sencilla razón: diplomacia. Sí, palabra fea cuyo existir subyuga en una definición vaga y hace pensar, mejor dicho, en relacionesentrenaciones. Me digo pendejo (esta vez no me contengo conmigo mismo) mientras las puertas del vagón se abren de par en par y un tumulto de gente queriendo transbordar en Chabacano (o en Balderas, diría Rockdrigo) pretende saliracomodelugar mientras gente en sentido contrario aplica tantos newtons de fuerza para entrar como los primeros para salir; se llega a un equilibrio de fuerzas y mentadas de madre y todos logran su cometido con dulce sudor salado en la frente. Ahí veo mi rostro nuevamente mientras el tren reinicia su marcha. ¿Aquí abajo somos menos diplomáticos? ¿Somos más honestos? ¿No somos ni lo uno ni lo otro? ¿Ambos? Pendejo que no sabe, otra vez. Es en ese momento de súbita iluminación que recordé la odisea que también se vive al ir manejando (de esas veces que me da por sentirme más nice y tomo el pinche auto sabiendo que se sufre peor en el tráfico pero se soporta por que eres libre de elegir tu trayecto; pretextos idiotas). Al volante, es igual, los dedos medios inundan la altura de los toldos en la ciudad y les acompaña el pitido intermitente por doquier. ¿Se vive igual la diplomacia de ese otro lado? Un factor común: a ninguno de esos cabrones con los que nos topamos arriba o abajo lo volveremos a ver (con un poco de suerte).
II
Hoy debí decirle que era un pendejo y quizás le habría hecho un favor y cuidará lo que hace la siguiente ocasión. ¿cuántos debieron haberme dicho lo mismo (o alguna variante igual de efectiva) para perfeccionarme un poco? ¿cuándo es diplomacia y cuando es hipocresía? ¿Es que son sinónimos y cada cual ve el vaso a la mitad como gusta? Una cosa es cierta: vivimos pretendiendo siempre satisfacer a los demás, así se logra la armonía, así se logra sobrellevar esa insoportablelevedad. La honestidad es pocas veces vista sin el ornamento de la diplomacia-hipocresía. -¿Te gusta mi vestido? -Se te ve bien, es sólo que, no sé, como que no te he visto con muchos de este tipo (ni madre que le digo que se ve feo) Se acude cotidianamente a juicios demasiado ponderados, siempre aderezados. No es que se sea demasiado sensible para con los demás, es sólo que esperamos que se nos mienta piadosamente de la misma forma y así todos felices. La verdad, a fin de cuentas es muchas veces subjetiva ¿no? El conflicto entra cuando algo para ti es verdad, de acuerdo a tu idiosincrasia, valores (y toda la maraña de definiciones psicólogo-neurológicas que te hacen un ente pensante) y te contienes de ser honesto tomando en cuenta que tu opinión podría tener grandes repercusiones (que el nivel de los mares disminuya contrarrestando así el aumento en el nivel provocado por el sobrecalentamientoglobalculpadelserhumano y que esto te haga héroe o algo por el estilo ¿y luego? ¡imagina qué caos!
III
La pregunta es ¿Cuándo debes ser honesto? Podría pensarse que los principios éticos universales dictan que seas siempre honesto. Pero algo está torcido pues no puede ser siempre así.
IV
Sigo pensando que debí haberle dicho que era un pendejo por haber haber derramado tres gotas de café en mi agenda del año pasado. Transbordo Salto del Agua -¡Si no vas a salir no estorbes, pendejo!
Escuchando: Jamiroquai - Hot Tequila Brown


