¿Quienes creemos que somos?
¿Quién es quien? ¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo? ¿Quienes creemos que somos?
Octavio Paz en su Laberinto incide mucho en ello, uno de varios quienes lo han realizado menos explícitamente. Las raíces, la historia, los orígenes, la identidad: un corolario histórico-psicológico que intenta develar por qué somos lo que somos. Por un lado muy educativo, y por el otro una lástima en un país que no acude con ahínco a la lectura y prefiere “enterarse (entretenerse) con la vista fija”.
Yo, como muchos (y muchas, según la equidad de género foxiana) no tengo certeza completa de quién soy, pero sí logro definir quién No soy, quién No pretendo ser y de quien me encuentro diametralmente alejado en identidad.
En mi escueto andar por esta ¿única? vida, me he topado gente de diferentes estratos sociales (una muestra estadística pequeña, si se quiere, pero lleva su grado de confiabilidad). Contrasta ver que, en general, quienes menos tienen se saben más concientes de su estatus, de sus limitaciones y sus virtudes. Contrariamente (fenómeno exquisito, motor del marketing), conforme aumenta el poder adquisitivo de la gente (ya sea el real o el que pretenden aparentar), la conciencia de clase se va difuminando, se evapora sutilmente, se comienza a vivir más de especulaciones que de certezas. Nada mejor para la poderosa fuerza de la imaginación que seres sublimados por la verosimilitud de una ficción que no da para mucho a la larga. De tal suerte que las llamadas Clases (sociales) no se dividen de tajo, como escalones, sino que siguen una línea continua de ascensión (o descenso, como se la quiera ver) y están en función tanto del poder adquisitivo como de la cantidad de sublimación hallada en la muestra humana en cuestión.
Como en todos lados, es común creerse excepción en comunidad, lo plus ultra, la créme de la crème. Pero los números y la realidad son contundentes. Edificante degustar un trago amargo de realidad si uno ha decidido creerse lo que no es y toparse duro contra muro: en estos estados unidos mexicanos, la organización “asociada” del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) denominada Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, conformado por 35 “respetables”, tiene en sus bolsillos (¡persígnese!) cerca de 40 por ciento del Producto Interno Bruto. Brutal. Bruto de mí, bruto de ti. (y contémosle los restantes del CCE). El CCE y ellos, dentro de un estado de legalidad y respeto a las libertades de sufragio han tomado la decisión firme de apoyar a un candidato y lanzar campaña de desprestigio al oponente del primero. Es su derecho, son sus intereses; podríamos decir que cualquiera en sus chanclas baratas haría lo mismo. Explicado con palitos y manzanitas: estos empresarios combinan dinero y total poder de decisión sobre este país; la economía sin ellos no muere, simplemente cambia de manos (aunque sea en menor nivel, pero nunca se debe ceder un ápice). Esta relación dinero-poder decrece logarítmicamente conforme la línea de clases va en descenso.
Y aquí es entonces que esta coqueta línea continua descendente de clases alcanza a muchos que se creen arañados por la gloria de la macroeconomía y se aventuran a caer en la paranoia de los que sí tienen de que preocuparse. Dicho de otra forma, su nivel de especulación y/o naufragio de identidad, los lleva a creer que ellos también serán tocados por ese cambio de manos. ¡Virgen Santa! Así es, el ínfimo porcentaje del PIB almacenado en su cuenta bancaria está en la mira de alguien que quiere arrebatárselo. Diría un acongojado agente de seguros queretano “lástima que no tengo los recursos suficientes si no me iba del país”. El colmo de los colmos, pues.
Para especulaciones está la bolsa de valores o las apuestas en el bar, así de simple. Lo olvidaba, pero también los hay quienes se preocupan por el bienestar equitativo de la población en general. Agua para el molino de todos. Nos es dado creernos ser lo que queramos, y asumirnos glorias o desgracias ajenas.
¿Y quién soy yo, después de todo? Acaso una parte de esa porción nimia a la que las grandes porciones confunden con cualquier otro dentro de la misma. Pero claro, dentro de los subgrupos siempre cabe hacer subgrupos, ad infinitum, y todos felices que siguiendo esta orden de subagrupamientos, en alguno de ellos soy un tuerto entre tanto ciego y debo temer por mi seguridad de cabeza de grupo. Bendito consuelo.
Saludos de quien dice ser Ixca (su cuaderno / cuate / compañero / amigo / colega / camarada / conocido/ mate / folk / ami / o cuanto mote venga a modo) y quien espera que entre tanta confusión alguien le arrebate sus pasivos.
Escuchando: Massive Attack


