Pero más allá de la simpática referencia, está claro que asistimos a una suerte de “liguilla electoral”. Es decir, luego de la jornada regular, y que uno de los equipos en contienda ganó el mayor número de puntos muy cerca del segundo lugar, los más aventajados se preparan para la liguilla, que se jugará en la cancha del Tribunal Electoral, en donde cualquiera se puede alzar con el triunfo, en donde sin duda el ganador de la competencia regular puede darle la vuelta a las tendencias.
Pero lo cierto es que en la “liguilla electoral”, uno de los adversarios ya no juega con las reglas electorales con las estrategias y las tácticas jurídicas para reclamar, en legítimo derecho, resolver las impugnaciones presentadas, sino que ha recurrido a instrumentos extralegales. El candidato López Obrador dice que no pretende la anulación del proceso electoral, pero más que pruebas claras del supuesto fraude más allá de ilegales escuchas, de casillas con inconsistencias menores y videos del supuesto embarazo de urnas, recurre a la exaltación social, a la presión política, a la descalificación del árbitro y, por supuesto, al impacto mediático. En realidad hace todo para reventar la elección. ¿Por qué esa estrategia?
Por una razón política elemental. Porque AMLO y sus estrategas saben bien que con las impugnaciones que han presentado hasta hoy, no será suficiente para revertir el pequeño diferencial de votos que le dan la victoria a Calderón. En realidad su apuesta no es a la “limpieza de la elección”, sino a mantener vivo el engaño del fraude, mantener exaltados los ánimos de sus seguidores y forzar, con ello, una decisión política. Y es que si los ciudadanos salieron a votar el domingo 2 de julio, y si ese voto le resultó adverso, el recurso siguiente es sacar a la gente a la calle, calentar aún más los ánimos, para generar reacciones como la que vimos líneas arriba.
Podemos imaginar, en un escenario hipotético, que en el supuesto de que en las semanas siguientes el Tribunal Electoral ratifique el voto mayoritario a favor de Calderón, habrá sido tal la exaltación y el engaño sembrados, que nadie creerá en el resultado. Y en esa hipótesis AMLO podrá seguir con el “espantajo” del fraude. La duda, la desconfianza y la confrontación que siembra López Obrador parecen su peculiar cobro de facturas, no a Calderón ni al gobierno de Fox, sino a los insensatos ciudadanos y electores que lo rechazaron en las urnas; electores que, por cierto, son una abrumadora mayoría, si se toma en cuenta a los abstencionistas, a los que votaron por el PAN, PRI, Alternativa y Nueva Alianza. Vivimos, lo creamos o no, el castigo divino, la penitencia del mesías. “Si no soy yo, el caos”.
Insistimos. AMLO tiene razón en reclamar que se limpie la elección, que las instituciones se apeguen a derecho, que se cuenten los votos en donde hay irregularidades. Pero no tiene razón ni derecho a reventar toda una elección que en casi todos los frentes resultó ejemplar; no tiene razón en cebar sobre la democracia electoral sus frustraciones y sus rencores. Se pide legalidad, ética, profesionalismo, responsabilidad y sensatez a las instituciones. ¿Pero quién puede garantizar legalidad, ética, profesionalismo, responsabilidad y sensatez de los políticos? Pasión mata razón.
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EL UNIVERSAL
Autor: ricardo aleman
Columna: itinerario politico