Febrilaciones.
La melancolía puede llegar de golpe. En ocasiones unas notas musicales te transportan a un tiempo que no recuerdas a bien pues la memoria de la infancia es muy corta, sin embargo, lo construyes a través de lo narrado por tus padres, reconstruyes. En este oscurecer del día, tan sofocante de calor que todo parece pesar más de lo debido, en donde hasta a las memorias les cuesta salir, abrirse paso entre la espesura vulturna del clima y llegar hasta ti, te sientes obligada a realizar un esfuerzo por no abandonarlas y finalmente te alcanzan. Te dispones a disfrutar del repaso del pasado traído por la música, te enganchas a éste en cada compás, en cada armonía, en cada arpegio. Se te vienen a la mente de golpe muchos momentos que toman las vertientes de la dicotomía sentimental. Tristezas y alegrías.
Esta composición de Bethoveen te traslada a tu niñez, revives momentos en tu lugar de origen, te ves en la calle jugando con tus hermanos, tus primos, incluso con tu padre y de todos ellos se impone la anécdota de una enfermedad a tus tres años, la cual no conoces, pero en alguna ocasión te fue contada por tus padres. Cierras los ojos para elaborar mejor las imágenes. En medio de la penumbra y del bochorno buscas el acomodo de tu sofá predilecto, junto a la ventana, esperando que algún pequeño viento se extravíe, termine entrando a tu casa y te refresque un poco. No por nada siempre eliges éste espacio, durante el día la luz entra de lleno y puedes observar el cambio de matices de los rayos solares por ese gran lugar que te conecta hacia afuera. Tu tarde se va terminando. Decides quedar en la total oscuridad y enciendes un par de velas arómaticas, tomas de pretexto el calor seco, sofocante, aprovechas la tranquilidad de tu hogar, el silencio muy pocas veces encontrado con tus hijas corriendo por la casa, cantando, jugando, preguntando por todo.
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