Rememoras la casa de tus padres, la evocas con las tres amplias recámaras, sus patios con árboles frutales y esa gran área sembrada de pasto donde corrían y jugaban tus hermanos y tú. De tu gusto sigue siendo aquel recinto, con la cantidad de luz que entra por todos lados, las cortinas blancas de encaje, ligeras al viento. Los colores claros elegidos para pintarla, un amarillo muy tenue, impregna de un ambiente muy fresco el lugar. Y por supuesto, también, los escondites preferidos para jugar, para estar contigo a solas, para conspirar contra el enemigo en tus juegos.
El ritmo de la música te va marcando las escenas. Entonces ves a tus padres en esa noche fresca de enero , la habitación con las cortinas cerradas para evitar las corrientes de aire. A ti, únicamente con ropa interior, dormida en la cama de ellos. A un costado el tocador donde muchas veces viste a tu madre maquillarse, peinarse o simplemente reconocerse en el espejo. Encuentras esa cuna tan típica de madera pintada de blanco con un malla rodeándola, muy necesaria como protección contra el ataque feroz de los moscos, pues el clima húmedo-caliente favorece su reproducción, ¡Tan molestos!; ¿Los recuerdas? Ahora en cada visita a tu antiguo hogar te pones repelente para evitar el ataque nocturno, es durante todo el día, pero prefieres recordarlo sólo por la noche pues es imposible dormir con el constante zumbar y los piquetes.
El ritmo bethoveenesco prosigue, sientes como las notas van acariciando tu oído, en esta sensación te aislas para estar contigo. Tus ojos aún cerrados permiten a tu cerebro seguir en la elaboración del momento. El piano se mete muy dentro de ti, removiendo el pasado tan difuso y conocido. De nuevo la habitación, tu madre te vigila el sueño intranquilo debido a la fiebre, ¿qué la provocaba?, no lo sabes. No lo recuerdas o tal vez nunca te dijeron, pero clara si es la angustia provocada por la enfermedad.
Escuchando: .



