-¿Cómo sigue? ¿ya bajó la fiebre? -le dice tu padre, mientras se acerca un poco a donde te encuentras, procurando no hablar tan fuerte para evitar te despiertes. Se queda parado frente a la cama.
-Aún no, dice el doctor que la infección es fuerte, es necesario vigilar que no suba tanto. Ya le dí un baño y logré controlarla un poco pero si no se le puede bajar, me dijo le diera dos medicinas contra la fiebre para controlarla. Mañana le voy a hablar para saber el resultado de los análisis.
La angustia se ve reflejada en sus manos, en la manera de acariciarte con tanta insistencia como si quisiera llevarse la fiebre en ellas. Ante las caricias y tus malestares te despiertas, un tanto amodorrada te incorporas y te sientas, tu madre hace lo posible por volverte a dormir pero sus esfuezos son en vano. Tus padres se miran y se dicen tanto en ese silencio, se brindan apoyo mutuo, no son necesarias las palabras para saber que se tienen el uno al otro.
Él se aproxima quiere tocarte, cargarte, besarte, sentir tu angustia, protegerte ante un enemigo invisible, deja ver su impotencia por no tener ante sí algo tangible para luchar por ti. Algo lo detiene en seco, su cara se va transformando; un rictus va deformando su rostro. Su boca se contrae, se aprieta, evita salir el sonido, lo ahoga, lo reprime; sus ojos quedan fijos en tí, te observan y se tornan acuosos, muy a su pesar un par de lágrimas escapan. No es por verte ahí, desvalida, tan sola en tu enfermedad, librando una batalla en la cuál solo habrá un vencedor, por ésto ya ha llorado y se siente atado. Es lo dicho por ti cuando lo ves acercase.
-¡El gato, el gato! -gritas.
Es un espanto inesperado, un terror reflejado en tu carita sonrosada y húmeda de sudor, en tu rostro aún soñoliento, recién despertado. Tus ojos buscan ansiosamente a tu madre que se apresura a cargarte, te refugias en su regazo esperando la protección ante ésta amenza acechándote, te hundes en su pecho. En tu delirio febril lo rechazas, no lo dejas siquiera acariciarte o besarte.
Tu padre se aleja con la tristeza en el alma y ese vacío entre sus manos. Con él se van los besos y las caricias destinadas a ti. Sentado en la orilla de la cama cabizbajo, trata de contener el llanto lo cual no logra, le duele tu rechazo y ni siquiera tú lo sabes, un par de horas atrás jugabas con él, antes de la repentina hipertermia. Tu madre trata de animarlo, de hacer un poco más ligero ese momento.
Escuchando: .



