La prostituta amada...
Los dedos del alba aparecían por entre las montañas, la fúlgida luz del sol bañaba los campos del Valle de Dios; iluminando el camino de la gente del pueblo que se preparaba para su faena cotidiana. Las últimas hojas de otoño pendían de los árboles, aunque los pájaros cantasen como si fuese primavera. Ese era un buen día, al menos eso pensaba Christopher: era su cumpleaños. No podía esperar a la noche, en donde sus familiares y amigos le harían una gran fiesta y le darían cientos de regalos.
Pedaleando en su bicicleta, sintiendo el viento en el rostro; se dirigía a la escuela, a un par de kilómetros de distancia. “Odio tener que ir en bicicleta, arghhh está demasiado lejos... odio la escuela” pensó. Él nunca quiso estudiar, lo que siempre quiso fue labrar la tierra como su padre, pero su madre insistía e insistía en que primero debería terminar su educación universitaria antes de poder decidir lo que realmente quería hacer. Eso lo molestaba, pero aquellos pensamientos rápidamente se terminaron a la deriva, cuando acercándose a su destino encontró algo que le cambiaría la vida.
A un par de metros de distancia, distinguió una multitud que estaba reunida en frente de la Finca Buenavista; parecían preocupados, no, asustados. Se susurraban los unos a los otros con incertidumbre. Christopher se acercó a la muchedumbre, algo impactado pero a la vez curioso, se bajó de su bicicleta y le preguntó al primer hombre que vio respetuosamente:
—Señor… Señor. ¿Me podría decir qué sucedió?
Incrédulo por la pregunta, y mirando sobre su hombro le dijo:
—¿Acaso no te enteraste? —El chico negó con la cabeza. Entonces, y con una enfermiza sonrisa en el rostro, y adquiriendo un tono macabro respondió—: Otra puta muerta.
***
Era la hora en donde las sombras se esconden para dar paso al azote del sol, era la hora en que los campesinos se resguardaban en sus casas para almorzar, eran las 12.
Pese al impío calor y la miasma, el detective estudiaba ese pútrido cuerpo. Contemplaba ese rostro, esas manos, corrompidas y carcomidas por el tiempo. De aquella chica tan sólo quedaba su cuerpo como evidencia de su existencia, su inocencia ya estaba perdida: fue violada, y luego, asesinada.
—Pobre chica… es una lástima que muriera así.
—Todos tienen que morir —respondió secamente el detective, pero cuando atisbó el impacto de sus palabras en su compañero, continuó— ... aunque estoy de acuerdo contigo; nadie merece morir así.
Puso manos a la obra, prosiguió su inspección de la escena del crimen. Cuidando sus pasos mientras caminaba alrededor de ella. Le preguntó al forense qué era lo que habían encontrado mientras proseguían con su inspección. El forense tímidamente respondió:
—Pues… como puede ver encontramos el cadáver en decúbito dorsal. El móvil no queda claro, creemos que fue un crimen pasional. La prueba más contundente son unas huellas digitales, que suponemos son del chico —se refería a su amante, un forastero, transportista de mercancía que se había volado la tapa de los sesos luego de asesinarla a ella. O al menos eso era lo que se creía...
Mientras que su asistente decía eso el detective se agachó; quería ver claramente ese, respirar su olor, sentir su aroma, tocar su piel como si fuese él mismo el asesino. Abrió su camisa, dejando al descubierto sus senos desnudos, se acercaba cada vez más, y más, sólo centímetros de su delicado cuerpo, pasando su cabeza sobre su cuello, quitándole los cabellos a lo único hermoso que quedaba de su cuerpo: su rostro; y robándole un poco de su olor.
“Era verdad lo que decían de él… este tipo está realmente enfermo” pensó el forense. Entonces, y como si le leyese el pensamiento el detective lo miró con unos ojos desconfiados e intimidantes, cual si supiese lo que pasaba por su cabeza.
—Incompetentes —susurró—, ¿eso fue todo lo que encontraron?
Sus oídos no lo engañaban, había escuchado cómo frente a su cara aquel tipo se burlaba de su competencia. Su carácter no le permitió refutar lo que dijo, sólo se quedó callado, saboreando el insulto por dentro, “Enfermo” pensó.
—Pues, aparte de los proyectiles, el arma homicida, los propios cuerpos, el semen hallado, las huellas digitales, las huellas de calzado, muestras de sangre, saliva, y demás fluidos orgánicos, no hemos encontrado nada más. Aunque…
—¿Aunque?
—Ahora mismo otro equipo está en la finca en busca de evidencias, pero personalmente yo creo que las evidencias contundentes se encuentran aquí. ¿Usted qué cree?
—Pues... —dijo burlándose de su muletilla— que las evidencias como ya has dicho se concentran aquí, pero son falsas. La escena, está fabricada.
La mirada del comisario quedó perpleja ante semejante juicio “¡Pero si todo está claro! Cómo se atreve a decir que está fabricada”.
—¿Qué le hace creer eso? —dijo.
—Pues… —y sacó su carta bajo la manga— esto.
Le brillaban los ojos, se le notaba claramente un deje de alegría infantil. Sobre su mano sostenía orgulloso, el objeto del pecado original:
—¿Una manzana? —preguntó con sorpresa e intentando contener su risa al mismo tiempo ante la absurda evidencia del susodicho detective. “Aparte de enfermo, estúpido”.
—Así es amigo mío, y, ¿qué curioso no? Verde.
—¿Usted está enfermo?
—Jajajaja, al menos eres sincero. Tal vez deberías de saber de que en realidad todos estamos enfermos jajajaja; ejem ejem, en cierta medida claro.
“Definitivamente está loco, nunca debí aceptar trabajar con este demente”
—¿Pero es que no lo puede ver? ¡Ah, es que no le he enseñado bien! —giró la manzana unos 90º dejando al descubierto un par de mordiscos—. ¿No te parece curioso? Digamos, ¿más bien romántico?
—¿De qué habla?
El detective frunció el seño. No estaba enojado, mas sí decepcionado por aquella respuesta.
—Pudo haber sido cualquiera, en esta ésta época del año caen muchas manzanas… y además, los muchachos vienen mucho a jugar por acá y a robar frutas todo el tiempo, no me extrañaría que haya sido alguno de ellos.
El detective lo miró como si se hubiese equivocado en un simple problema de matemáticas.
—La manzana verde simboliza su juventud, y el mordisco, la vida que le arrebata —explicó resignado.
—¿De verdad cree eso?
—Ah… ¿no me crees cierto? Aún tienes fe en esa estúpida historia del crimen pasional ¿no? Pues déjame decirte que, esas son sólo estupideces, en realidad nada es lo que parece... nada es lo que parece.
Y con su mano derecha le dio unas palmaditas al hombro, le guiñó un ojo y se retiró. Cuando el detective hizo eso estuvo a punto decirle con desprecio “No me toques” pero se contuvo. Por su parte, el detective caminó un par de pasos y como si hubiese recordado algo antes de irse le preguntó:
—Ah, por cierto, ¿cuál es su nombre? Digo, por si tengo que contactarlo.
—¿El mío?
—Sí, por supuesto.
—Roy, Roy Castañeda.
—Ok.
—¿Y el suyo? —preguntó antes de que terminara su media vuelta.
—Barry Western Churchill, a su servicio —dijo con una media sonrisa y se alejó.
—Un placer conocerlo detective Barry.
—Igualmente —alcanzó a gritar.
Ya se alejaban los unos de los otros, las sombras volvían a su cause, y el sol amainaba su calor.
...y cuando ya no se pudieron ver, se dijeron:
—Estúpido.
—Hipócrita.
FIN…
Escuchando: Bleeding love - Leona Lewis



