Threesome...
Hay una mujer junto a mí. Detenida. Hay una mujer junto a mí detenida frente a un cuadro de Remedios Varo. Tiene los cabellos rojos, un color improbable. Tiene los ojos azules. Un color improbable. No tengo tiempo de observar demasiado, estamos mirando el cuadro. En la tela también está una mujer, cautiva en una torre mirando a una luna cautiva —a su vez— en una jaula.
Estamos detenidas. Las dos. No, estamos detenidas las tres. Eso quiero escribir, cuando las mujeres se detienen y se miran. Cuando se detienen y se conmueven. Cuando se detienen y saben que no hay más verdad que la de vivir incompletas, y sueñan, sin embargo sueñan que por un minuto, que por una hora, podrían ser ella y la otra. Frente a un cuadro. Pintado por otra mujer.
La feminidad es un laberinto de espejos. De mujer a mujer, estamos exiladas de la otra mujer. Es así. No tiene solución. Exiladas sin apelación posible. Solas, abandonadas de un primer amor femenino que también fue el nuestro. No elegimos. Nos sucede. Así como día salimos a buscar a un hombre. Así un día deseamos a un hombre. No elegimos. Nos sucede. Un día ese deseo que busca el cuerpo de un hombre se concreta en la piel de ese hombre y sabemos, en alguno de esos espacios secretos que jamás se confiesan, que fuimos excluidas del paraíso. Hasta nunca jamás. Que un deseo más fuerte que nosotras mismas nos arrojó del claustro. Que vamos a andar por el mundo buscando esa ternura femenina, ese amor siempre imposible de la otra mujer. Para que nos apruebe. Para que nos valide. Para que nos escuche. Quizá por eso hablamos tanto entre nosotras. Quizá por eso nos da por abrazarnos y llorar y reírnos tanto juntas. Quizá por eso con tanta frecuencia confundimos dónde termina una y comienza la otra. Seguir un deseo femenino heterosexual? — uhhh que escándalo inexplicable a fin de cuentas, inexplicable— es traicionar el absoluto de la feminidad original., ¿cómo escribir que para una mujer amar sexualmente a un hombre es también no amar a una mujer? No lo elegimos. Nos sucede.
Y así es, "Detenidas" frente a un cuadro. Podría ser nada más una alusión a la inmovilidad, pero la verdadera calidad de detenerse es otra. Detenerse para. Detenerse hacia. Detenerse con. Quien se detiene es posible que atraviese un umbral. Esas cosas no hay manera de saberlas de antemano, aunque una intuye que siempre están. La realidad es que hay una mujer junto a mí. Tiene los cabellos rojos. Éramos dos mujeres detenidas frente a un cuadro ..…
Eso pensé. Allí estábamos, silenciosas. No. Yo escuchaba su respiración. Ella habrá escuchado la mía. Yo podía escuchar cada mínimo gesto suyo. Era la mujer de al lado frente a un cuadro de Remedios Varo. Pensé: "Somos la una para la otra, la mujer de al lado". Me dolió esa idea, muchísimo, por ese asunto de la nostalgia. Pensé: "Si me dieran a elegir en este momento seria ella: una mujer de cabellos rojos, detenida una tarde ante un cuadro. Si me dieran a elegir fundiría mis cabellos en los suyos. Mis ojos en los suyos. Eso haría". Me mira disimuladamente. Quizás ella se fundiría esta tarde en una mujer de cabellos oscuros. Quizá. Sin hablar, nos estamos escuchando. Eso pasa, seguro que te ha pasado …
"Vine a ver justo la pintura que no está", me dijo. ¿Me lo habrá dicho a mí?
"Suele ser así", dije yo. "Una siempre se empeña en lo que no está". "Pero a mí me pasa cada vez", me explicó. Frágil. "Basta que saque un abrigo para que no haga frío. Si me acuerdo del paraguas deja de llover. ¿Tú cómo le haces?". "Me mojo", dije, "así no hay manera de equivocarse". "¿Te mojas?". Nos sentamos a reímos en una banquita. "Una busca justo la pintura que no está", dije yo. "¿Y si pudiera estar?", dijo ella. ''¿Qué?".''La pintura ausente. Lo que podamos llamar la imagen absoluta". Me acarició los cabellos con tal ternura y dijo, "Si tú quieres hoy esa frase es nuestra". "Sí, sí quiero, respondí expectante”. Quiero que la imagen absoluta sea nuestra''.
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POCO SÉ DE LA NOCHE, PERO LA NOCHE PARECE SABER DE MÍ…
Se llama El. Así se llama. Se llama El y es el tercero. Está sentado en el sofá de ese antro dudoso. Hay columnas dóricas. Alfombras rojas.
Se llama El y las dos lo amamos. Lo amamos porque yo lo amo. Se llama El y no entiende nada aunque eso es normal, al final de cuentas nunca entienden; así que no importa. Somos dos mujeres y un hombre que salimos de antro. Somos dos mujeres bailando juntas. Con la intención de un tercero. Cachondeándonos distraídamente, a la intención de nuestro tercero. Como si no supiéramos que está allí. Somos dos mujeres pretendiendo que el tercero está excluido, y deseándonos de su deseo. Deseándonos, cada una a sí misma del deseo de él. Somos las más lindas, por esa mirada suya. Las más cómplices. Las más amigas. Dejé la pista de baile. Ella baila sola. Comienza a acariciarse los pechos a mitad de la pista como si no hubiera nadie. Se está dando una fajada espectacular a mitad de la pista. Yo muero de admiración, la mera verdad. Bebo mi Cosmo aplicadamente. Coloco las manos entre los muslos de el aplicadamente, nos besamos. Lo acaricio por encima del pantalón. Lo acaricio la duración de dos Cosmos bebidos a pequeños sorbos. Bajo el cierre. Me lo trago. Sé que la está mirando coquetearle desde la pista. Sé que ese deseo suyo viene de ella y de mí. Lo sé, y me gusta que sea así. Coloca su mano en mis nalgas. Las aprieta fuerte. "Nos van acorrer", dijo. "Sí", murmuré yo bastante engolosinada. "A la mejor nos corren, a la mejor te corro, a la mejor nos corremos. Son tan impredecibles los lugares públicos".
Chuparlo mientras te mira. Lo vamos a amar juntas: lo vamos a compartir. Somos las más cómplices de todas. La mano de El intentó levantar mi falda. Arremangué mi falda. Ella se integra se sienta junto a El.
El mesero nos preguntó si queríamos lo mismo. "Sí", respondió Ella que estaba un poco menos ocupada: "Las dos queremos lo mismo", y después se colgó de los labios de El…. Las dos queremos lo mismo.
"Yo quiero que se venga en mi boca", exclamó Ella intempestivamente. Y luego le preguntó: "¿te vienes en mi boca?". Lo preguntó con una vocecita de tan frágil urgencia. Ese es su mayor encanto: la frágil urgencia. Ella lo tomó en su boca. Yo lo besé. Lo besé y sus dedos me acariciaron más rápido. Lo besé y me vine con mis labios apretados contra sus labios. Me alejé y abrí los ojos. En la penumbra lo miré, miré cómo se echaba hacia atrás, cómo intentaba contener su orgasmo. Acaricié los cabellos de Ella. Esas llamas que son sus cabellos. Miré cómo esas llamas tan rojas se esparcían por el cuerpo de El. Por el nuestro. Vi su rostro de hombre dulce que ya no resiste más. Que se deja ir. Lo vi cómo no podía haberlo visto nunca antes cuando éramos dos, extraviado cada uno en su propio placer. "Lo estoy espiando", pensé. "Los estoy espiando". Lo miré venirse en su boca. Su mano sobre mi mano que acariciaba los cabellos en llamas. Lo abrazamos. Nos cubrimos de besos. Ella dijo: "Vamos a mi casa". Somos por una noche, las más cómplices de todas.
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