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De Parientes Incómodos...

19/oct/2009::19:40 General

En muchas familias los hay. Quizá no en todas, pero en muchas de ellas no faltan uno o dos quienes, en algún momento, nos han causado molestias y/o desagrados en los eventos sociales con nuestros respectivos familiares. Y los hay de muchos tipos y parentesco: los primitos densos, las primas vanidosas y arrogantes, los tíos a los que siempre se las pasan las copas, los gorrones que nunca cooperan con los platillos que se degustan o las bebidas que se consumen, etc. Incluso se llegan a dar casos de parientes que hacen tranzas a diestra y siniestra y siempre están metidos en algún negocio turbio del cual todo mundo en el círculo familiar tiene conocimiento, pero nadie dice nada para no causar un conflicto que pueda terminar en una batalla campal entre familiares y conocidos.


Hay parientes incómodos de muchos tipos y por muchas razones. Entiendo que no somos monedita de oro y no necesariamente tenemos porqué caerle bien al 100% de nuestra parentela. De igual forma, es claro que hay parientes que son incómodos no porque sean personas que nos agredan verbal y/o conscientemente durante las reuniones familiares, sino porque así es su naturaleza: densos y dificilitos de soportar. También hay parientes que se vuelven pesaditos de aguantar en cuanto empiezan a pasarse de copas – situación en la que incurren con singular alegría en eventos de ésta naturaleza; pareciera que, o nunca nadie les ha dicho: “oye cabrón, ¡ya bájale! ¡casi casi te echas un clavado en el escote de Marianita!”, o simplemente les vale madre –. Otros, en cambio, son los típicos mamones, juniors hijos de mami (o princesitas de papi) que se sienten el centro del universo: unos auténticos imbéciles que pretenden que todo mundo baile al ritmo que ellos dicen (y que, aparte, creen que sus palabras son verdad divina).

Por supuesto, cuando éste tipo de situaciones conflictivas se presentan, es muy difícil evitar choques o encontronazos para con éstas personas, pues de un modo u otro, nosotros no estamos acostumbrados a que un pendejete (muchas veces de nuestra propia edad o aproximada) nos diga cómo tenemos que comportarnos, o bien que nos suelte en plena cara que somos unos idiotas sin que reciba de nuestra parte, sino un puñetazo en plena jeta, por lo menos un “¡chingas a tu madre, pendejo!” que se escuche a más de cuatro cuadras de distancia.

En mi caso particular, he tenido parientes de éste tipo tanto por el lado de mi madre como por el de mi padre. Durante años, tuve que aguantarme las frases desagradables que de las bocas de éstos imbéciles salían dirigidas hacia mi persona: “Estás hecho un cerdo”, “Te la pasas diciendo pendejadas”, “No tienes ni puta idea de lo que dices”, “El día que quieras, te daré unas clasesitas sobre el tema, para que aprendas”, “Conmigo derechito o te rompo tu madre”, “Ya quema tu guardarropa, ¡te ves de la chingada!”. Y nosotros sabemos perfectamente que no son frases hechas con objeto de hacernos una crítica constructiva hacia nuestra persona (aunque se trate de una crítica cruda y directa), sino palabras dichas con objeto de chingar, de joder y de hacernos sentir mal (o por lo menos, de exhibirnos frente a los demás).

Así como ésta clase de estúpidos (o estúpidas) suelen hacernos la vida de cuadritos en las reuniones, de igual forma no deja de darnos gusto cuando en la sobremesa dicen una estupidez que no es cierta y que es fácilmente demostrable que se encuentran en un error. O bien, cuando externan un punto de vista (u opinión) a todas luces no solo ridículo, sino hasta insultante para las demás presentes, tal que los ánimos se encienden en su contra y todo mundo los aplasta. Es entonces cuando uno disfruta ver el espectáculo de cómo son hechos pomada por los demás (ya sea que nosotros cooperemos con los puyazos o que simplemente nos limitemos a ver como los demás los hacen carnitas).

Precisamente durante un evento familiar que tuve éste fin de semana, tuve la oportunidad de ver como a uno de mis queridísimos parientes incómodos – a quien no le caigo bien en absoluto, él tampoco me simpatiza y ya nos hemos comunicado nuestro desagrado mutuo en conversaciones privadas – le iba en feria cuando se le ocurrió la idea de lanzar sus comentarios agresivos en contra de mi hermano y de un servidor. Acompañando las actitudes desagradables de éste fulano estuvo otro de mis parientes, a quien no le gustó un par de comentarios que mi hermano y yo hicimos y se puso a hacerle segunda al primer idiota que nos había empezado a fastidiar.

No tuve que hablar ni siquiera cinco minutos al respecto en una discusión que duró más de 3 horas: con las respuestas que mi hermano les dio a éstos dos imbéciles, junto con el claro y franco apoyo que tuvimos de parte de otros de los presentes en la mesa, fue suficiente como para dejar a éste par por los suelos (en particular al primero, a quien ya no le quedó mas remedio que quedarse callado y con gesto sombrío). En fin. Hay parientes de ésta clase con los que tenemos que lidiar durante varios años en las comidas familiares y después desaparecen del panorama. Hay otros que no los vemos más que en muy contadas ocasiones y, en cambio, hay otros a los que de plano hay que estarlos aguantando con frecuencia. Por eso es que luego hay disgustos entre familiares: porque uno acaba harto de tener que aguantar la densidad de ésta clase de individuos, explota y luego vienen los apretones de manos.

Mi madre solía decir con respecto de ésta clase de parientes a quienes yo repudiaba: “Pues aunque no te gusten, éstos son tus familiares y no lo vas a cambiar. Así son, así serán y seguirán siendo, te guste o no”. Aquí cabría perfectamente la expresión de: “con parientitos así, ¿para qué quiero enemigos?”. Y miren que a mí me ha tocado cada primito o tííto hijo de su puta madre...

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