
Luces, tacones, alcohol (tercera parte: la resaca)
Porque me costo tanto escribir esta ultima parte, porque no pude sacar de mi mente esta necesidad de escribir un epilogo de una historia que ya termine de relatar, porque me siento tan culpable por un acontecimiento del que tan solo fui un simple espectador , porque Alondra llevo tan lejos un simple espectáculo que pudo ser tan intrascendente como tantos otros mas, porque hoy estoy ante este teclado intentando dar sentido a algo que de origen es tan simple como la misma tragedia de toda la humanidad, porque tome tanto alcohol aquella noche, tal vez tenga razón Pedro con su lapidaria sentencia
Lo que vimos aquella noche ya ni siquiera puede considerarse pornográfico, no después de la llegada de la Internet y su cascada de paginas dedicadas a la curiosidad masculina, donde se muestra el cuerpo femenino de la forma mas grotesca y pormenorizada, desmenuzando cada milímetro de piel en todas las posiciones imaginables y con todas las perversiones posibles de un acto tan cotidiano, tan tan primigenio, que ha acompañado a la humanidad desde su mas remoto origen, y sin el cual seria impensable la propagación de la especie, lo que vimos no tiene nada de nuevo ocurre en toda alcoba feliz, entre toda pareja enamorada, que mujer o que hombre no ofrece su entero cuerpo a la imaginación de su compañero, a la sensación de los cinco sentidos que bañan y celebran el mapa de la piel, con los olores, los sabores, los sonidos y las quejas del delirio.
Lo que vimos ni siquiera puede considerarse erótico y solo podría serlo para masturbadores y funcionarios públicos de la censura oficial, lo que presenciamos es tal vez un nuevo camino al verbo y al orgasmo, una nueva manera de mirarla y de mirarnos, una liberación del cuerpo y de la mente, Alondra saca de la alcoba un erotismo desinhibido, acorralado entre sabanas y puertas cerradas, traspasa el limite de lo que la cotidianidad ha establecido como aceptable, nos baila en la frontera entre lo erótico y lo obsceno sabiendo que ese pasaje contra toda convención, equivale para ella y ojala para otros a la abolición del limite, a la denuncia de su mentira mas profunda, nadie que haya presenciado el espectáculo de Alondra deberá llamarlo erotismo porque seria ignorar el mas hondo sacrificio de la joven bruja, de la hermosa diosa.
Lo que Alondra nos esta mostrando, cuando cada poro de su cuerpo se ofrece a la libidinosidad del mal, es una pureza que pudo salvarnos de una humanidad cada vez menos humana, no la pureza inocente de la yegua que se abre al garañon bajo la mirada de quien distraídamente los observe, sino la pureza concientemente definida y anhelada, por lo que puede quedarnos de memoria edenica, de nostalgia ancestral, una pureza que deberíamos incorporar al catalogo de la liberación humana, la joven bruja va hasta lo mas insoportable para abolir nuestra equivocada tranquilidad de pasivo espectador y hace del escenario un sillón ginecológico, de sobra sabe las ambivalencias del terreno que esta invadiendo, la incomodidad que provoca en la inteligencia de su público, en un ámbito que escapa a toda legislación. Otra dialéctica deberá nacer de este vértice, desde ese vórtice o su martirio delirante volverá a perderse en el turbio decálogo del hábito que nos ha acostumbrado a vagar por antros y prostíbulos, como la parte más natural de nuestra diversión.
Alondra no propone su cuerpo crucificado y empalado como escapismo cultural hacia un edén de buen salvaje, si algo nos dice es que después de asumir el emblema, la cruz de ese cuerpo martirizado por la mirada del hombre perverso, infinitamente mas diabólica que el falo del demonio que la posee y la desgarra, lo único que queda por hacer si hemos comprendido, si algo de ese hombre viejo ha sido aniquilado para que surja el nuevo hombre, es volver a vestir ese cuerpo, que es nuestro cuerpo y todos los cuerpos, y aprender a amarlo de nuevo desde otro sistema de la sangre y los valores; el legitimo erotismo que emana de ese espectáculo empieza después, cuando hemos dejado de ver a Alondra, cuando seguimos viviendo fuera de ese antro. No me gusta la palabra catarsis y sin embargo la escribo aquí sin más contexto, porque creo que es obvio. No me gusta el elogio fácil, digo solamente que desde hace dos semanas tengo por Alondra el respeto que no siempre tengo por tantas mujeres vestidas de la cabeza a los pies
:(....
So sad for me ..

prometo cambiar de tema, pero me sentia obligado a compartir con ustedes esta historia

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anatomia femenina en antros urbanos
