
La nueva imagen de mi bitácora se remonta a una lejana ciudad en la costa atlantica de Africa, la magia rodea a esta pequeña y tranquila ciudad del viento, que antaño cautivó a portugueses, romanos, franceses y fenicios, y que aún hoy conserva su halo sensual y penetrante. Essaouira, nombre veloz y silvante que tiene tres significados: la bien trazada, la de las murallas pequeñas, la ciudad del deseo.
ESSAOUIRA (MARRUECOS)
Anclada en una punta del continente negro, allí donde el Atlántico se resquebraja en luminosas ráfagas saladas y se despereza sin prisa a lo largo de kilómetros de playas plateadas, se encuentra Essaouira. Una ciudad hecha de viento y luz, que nace y muere a diario abrazada al océano. Por ella pasaron varios siglos y de ella se enamoraron Orson Welles, Jimi Hendrix, Cat Stevens, Frank Zappa, Leonard Cohen, Tenesse Williams…
La luminosidad de esta pequeña ciudad blanca cuaja el aire de vida y de sabor, atrapando al visitante en una dulce telaraña de aromas y colores. La belleza del lugar emociona, maravilla y conquista.
La historia de la ciudad arrancó en el año 700 a.C. cuando los fenicios hacían escala en las islas de Mogador –como antes se le llamaba a la ciudad–. Años más tarde, se instaló en la ciudad una fábrica de púrpuras muy codiciadas por los romanos, esto hizo que pronto fueran bautizadas como «islas púrpuras», porque en ella se encontraban unos moluscos que proporcionaban tintes para las capas reales de los emperadores romanos.
Enclavada en un promontorio estratégico, la pequeña villa se fue convirtiendo en un importante puerto pesquero que atrajo a comerciantes y marinos. La tradición navegante de Portugal no tardó en llegar a la ciudad y echó anclas en ella a principios del siglo XI.
El plan de urbanismo de la ciudad fue confiado al arquitecto francés Théodore Cornut, discipulo de Vauban, que dio a la ciudad su aspecto actual. Construyo las murallas y no dudo en construir anchas calles rectas con cruces en àngulo recto.
Cuando se recorre Essaouira, se tiene la impresión de atravesar callejuelas y plazas conocidas, colores y casas familiares. La esencia de la arquitectura de Portugal se palpa a cada paso: casas blancas, puertas y ventanas azules y amarillas, belleza decadente desperdigada en rincones oxidados, incluso la atmósfera de lentitud lusa sigue instalada en los rincones de Essaouira.
Sus intensos atardeceres se reflejan en los ojos de la muchedumbre, y mientras el viento reparte los últimos rayos de luz, el sol se hunde sin prisa en el Atlántico. Essaouira es un oasis de tranquilidad. Ni un ruido. La ciudad vive en un mundo aparte, dulcemente ensimismado, lejano del caótico bullicio marroquí. Essaouira, cuyo nombre deriva del vocablo Souirah, «hermosamente trazado», es una ciudad de calles ordenadas y amplias que incitan a recorrerlas una y otra vez. En cuyo corazón se refugian los artesanos de la madera, orfebres, artistas, pequeños comerciantes y los viejos hippies europeos.

QUE CIUDAD TAN PERVERSA NO?

se te extraña princesa

Me gustó la penúltima foto… de resto, estoy rodeada de lindas playas para no tener que envidiar jeje.

Me recordaste una rola de Soda.
Nada que ver.
Saludos Angel.
