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Llanto de Nocturna

lun 20 de noviembre, 2006 - 22:50 Estado de ánimo: Abrumado
Seguridad de esta entrada: PUBLICO
Música actual: Blind - Placebo

Medianoche. Otra vez se despertó nervioso, sintiendo esa presencia femenina muy cerca de él. No le atemorizaba esa sensación, pero tampoco podía evitar un deje de emoción, ese sentimiento que se apodera de las personas ante lo nuevo e inexplicable. Poco a poco, se dejó llevar por el sentir dulce y fascinante que cada noche lo embriagaba, privándolo de todo sueño o pensamiento y obligándole a concentrarse sólo en él. Poco tiempo después ya no estaba, y el hormigueo en su espalda lo abandonó dejándolo solo con su incertidumbre.

Ella se alejó de la ventana por la que cada noche, desde hacía unos meses, lo observaba en su sueño al que sólo venía a turbar. La rutina era siempre la misma: despertar después del atardecer con la expectativa de verlo, llegar hasta su ventana y contemplar entonces su frágil belleza dormida, e irse después de un rato a cazar víctimas inocentes para desquitar sus frustraciones o a sollozar en la soledad de alguna cripta con lágrimas de sangre por lo que siempre quiso y nunca podría tener.

Porque ella era un ser nocturno, una sierva de la noche bebedora de sangre desde hacía siglos. En otras palabras, era un vampiro destinado a sobrevivir a costa de la muerte de otros y a no formar nunca parte de una historia, a permanecer siempre en la oscura soledad, sin pena, sin regocijo, sin vida, sin la posibilidad de hacer o deshacer en este mundo al que no pertenecía.

Y de pronto, apareció en su suplicio aquel joven mortal que, sin saberlo, le llenó con su belleza los sentidos casi tanto como lo hacía la sangre y le regaló a ella un nuevo motivo para seguir existiendo.

Ella llevaba conociéndolo bien desde hace meses sin que el se diera si quiera cuenta. Había estado sufriendo a su lado en cada noche en la que él maldijo su soledad, había derramado muchas lágrimas rojas cuando él lo hizo e incluso se dio el lujo de reír con él algunas veces y romper los esquemas en los que había pasado los últimos años. Porque ella, muerta como estaba, se enamoró de cada una de las partes de su ser. Por eso iba a visitarlo cada luna, pero siempre recordándose a duras penas que nada de eso era posible.

Ella llegó como de costumbre a la ventana del joven para observar el despertar que le ocasionaba su instinto. Ah, sí, era tan perfecto en su frágil envoltorio, en sus rasgos no allanados por el tiempo, en su par de ojos cafés que le recordaban la noche y las estrellas en las que vivía… y entonces, esos ojos se abrieron.

Él despertó, sintiendo nuevamente la presencia a la que aún no lograba acostumbrarse y que enloquecía sus sueños. Miró por la ventana para reconocer otra vez esa fascinante silueta femenina sentada en el balcón. Observándolo. Entonces, él se armó de valor para levantarse de su lecho y acercarse a donde su furtiva acechadora se hallaba. Puso su mano sobre la perilla y lentamente la giró para encontrarse cara a cara con ella.

Al verla, le pareció hermosa sin dudarlo. Su cabello era claro, la esbeltez de su cuerpo era casi divina y sus ojos verdes tenían ese verde de las copas de los árboles cuando son golpeadas por el radiante sol de primavera. Era una mujer sin edad cuya mirada irradiaba un deje de tristeza, de cansancio y de ganas de terminar, pero justo en ese contraste de tristeza con ilusión es en donde se encontraba su belleza.

Ella había bajado la guardia y la tomó por sorpresa el encuentro recién ocurrido. A pesar de ello, hubiera tenido la oportunidad de huir, de no haber quedado atrapada por la figura masculina que se encontraba enfrente suyo.

Un silencio imperioso rellenó el breve espacio de tiempo en el que los dos se miraron y se reconocieron. Ella con nostalgia, él con curiosidad.

- ¿Quién eres? ¿Por qué siempre estás aquí, observándome? – aventuró él a decir. – Eso no importa… – se disponía a saltar por el balcón cuando sintió una mano aferrándola. – Espera, no te vayas. Te lo suplico. – Está bien – miró hacia la luna – aún me quedan algunas horas más. – Esta es una hermosa noche – dijo, después de seguir su mirada al cielo. – Las noches dejan de ser hermosas cuando se vuelven lo único que puedes contemplar. Por eso he preferido refugiarme en ti, observándote… a veces me recuerdas a la luz del sol. – Pero, tú eres… – Tampoco eso importa – contestó ella con un ademán de desdén y una mueca de dolor en la cara. – Iba a decirte que eres muy hermosa – dijo él con una sonrisa – Entra, hace algo de frío. – Yo no siento el frío.
El joven se quedó callado por unos momentos. – Pero yo sí – resolvió, e hizo una seña para que entrara.

Esa fue la primera de muchas noches. Cada luna, ella llegaba por la acostumbrada ventana y despertaba al joven con su presencia para que él la dejara pasar. Con el tiempo fue convirtiéndose en su frecuente visitante nocturna, esperaba incluso todo el día por la llegada de la noche para poder contemplarla, hasta que tuviera que irse huyendo a escondidas de la luz que acompañaba al amanecer.

Él la había idealizado como un ángel tapizado de misterio que había bajado a hacerle más tolerable la vida.

Para ella, las visitas eran un veneno agridulce. Cada noche en que lo conocía más a fondo era una noche donde su corazón se partía en más y más pedazos, con la esperanza de que la visión de su amado la enmendara y volviera a regalarle un poco de vida en la luna siguiente.

Cada vez que llegaba, se quedaban charlando hasta el alba. Ella le contó las historias de su vida, el cómo renació mediante la sangre, le relató los hechos históricos que había presenciado. Le relató el suplicio de ser un vampiro y la condena de estar aislada, sola, atada de manos y confinada a la noche durante toda la eternidad. Se volvió su amiga, su compañera de secretos, su paño de lágrimas e incluso su mayor ilusión. Él estaba enamorado de la hija de la oscuridad que invadía sus sueños.

Pasaron así varios meses y una noche se dio un beso. No era un beso como los que daba ella a sus víctimas, no. No hubo sangre ni dolor de por medio. Y sin embargo ardió en él tanta pasión como la que le provocaba el elixir de la vida al robarlo de sus verdaderos dueños. Fue un beso dulce, más especial que todos los que había dado en su corta vida y también en su larga muerte.

Cuando se separaron, las lágrimas habían comenzado ya a recorrer su pálido rostro, porque se dio cuenta del dolor que le ocasionaba aquella causa perdida. Él era un mortal, ella; un vampiro. Y entre la vida y la muerte no hay más nexos que el final, ese estúpido estallido que a la vez une y separa.

No iba a dejar que su egoísmo la tentara a quitarle la vida a su amado y a entregarle el don maligno, que a final de cuentas era más tormento que bendición. Sólo ella sabía lo que era la soledad de lo oscuro, el dolor de la muerte, la envidia de lo prohibido. Y lo quería demasiado como para obligarlo a seguirla en su camino sin rumbo de la eternidad.

Se levantó de la cama donde se encontraban, y se fue sin decir más palabras que un adiós, un te amo, y la promesa de que seguiría allí eternamente con la condición de que nunca más volviera a buscarla.

Él pasó muchas noches llorando. Ella estuvo ahí, observándolo, mordiéndose el corazón, conteniendo siempre las ganas de regresar a él y ganar la felicidad a costa de la suya. Y entonces cada una de las noches que antes fueron ilusión se convirtió en una abnegada desesperanza, en el recuerdo de lo que pudo ser y no fue y en una antigua historia que ya no sabía si fue delirio o realidad. Él siempre sintió esa presencia cerca y se vio tentado a salir y a besarla, pero entendía que eso era imposible, y que el hacerlo significaría perderla completamente.

Así pasó el tiempo, él se resignó y decidió empezar de nuevo, buscar otra compañía. Encontró una mujer que lo quería e hizo con ella su vida.

Incluso entonces, cada noche ella iba a visitarlo, a sonreír por su alegría y a sollozar por su tristeza, apretándose cada vez más su muerto corazón para dejarlo a él amar como debía; sin interferir ella jamás, y de nuevo, sin formar parte en la historia de nadie.

Pasaron muchos años y él murió. Ella se secó las venas de tanto llorar sangre y continuó siempre con la idea de lo que pudo ser y no fue. Pero sabía en su interior que hizo lo correcto, porque el amor obliga a renunciar a lo querido por una causa justa y a dejar de lado el egoísmo para que el otro pueda sonreír, aunque le cueste a uno su propia sonrisa.

Ella dejó de visitar la ventana del que alguna vez fue su amado mortal. Nunca más volvió a buscar motivos para su existencia. Jamás intentó hacerse nuevas ilusiones. Simplemente continuó, con una espina más en su ya de por sí dañado corazón y el peso del recuerdo de quien fue su único y mejor amor, vagando por el amplio y desolado campo de la eternidad.
______________

Ehem , mucho sin escribir nada , eh ? Bueno .. ese es un cuento que hice la semana pasada , pero como soy pajera lo acabo de pasar a la pc hoy .. ojalá a alguien le guste , y si no , pues ya nimodo .

Adeu !



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Han escrito 2 comentarios de «Llanto de Nocturna»

foto hectoridiaz
Martes 21 de noviembre, 2006 22:50.

lo vuelvo a ller y lo vuelo a decir, es hermoso!!! merle m gusta un chingo lo q escribes

c t quiere
bye

(anonimo)Mauricio
Martes 19 de diciembre, 2006 02:48. [usuario no registrado en ymipollo.com]

a veces no pertenezco a ninguna historia

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