Un cuento...
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, él por su parte la amaba profundamente sin darlo a conocer.
Durante 3 meses vivieron en una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor; más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso... El eco q se producía al cruzar de una habitación a otra... como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor Alicia pasó todo el otoño. Viví dormida en la casa hostil sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días. Alicia no se reponía nunca.
Al fin una tarde pudo salir al jardin apoyada en el brazo de su marido. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza y Alicia rompió en sollozos, echándole los brazos al cuello... Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la más leve caricia de Jordán.
Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos...
Al día siguiente Alicia amanecía peor. Alicia amanecía peor. Constátose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable...Alicia no tuvo más desmayos pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Alicia dormitaba... Jodán paseaba sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes. La joven con los ojos desmesuradamente abiertos no hacía sino mirar la alfombra. Una noche quedó con los ojos fijos. Más tarde abrió la boca para gritar y sus labios y su nariz se perlaron de sudor.
Entre sus alucinaciones más porfiadas hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos que tenía fijos en ella los ojos. Los médicos volvieron inutilmente. Había ahí, delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo ni porqué.
Alicia fue extinguiéndose; durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en sincópe casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada con un millón de kilos encima. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el amohadón.
Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de mosntruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdió luego el conocimiento. Los 2 días finales deliró sin cesar a media voz. En el silencio agónico de la casa no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió por fin. La sirvienta cuando entró después de deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón...
¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja- En el amohadón hay manchas de sangre. Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquel. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchas oscuras.
Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
Levantalo a la luz -le dijo Jordán
La sirvienta lo levantó; pero en seguida lo dejó caer y se quedó mirando a aquél, lívida y tembalndo. Sin saber porqué. Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
¿Que hay? -murmuró con voz ronca
Pesa mucho -articuló la sirvienta sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con el y sobre la mesa del comedor Jordán cortó la funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron y la sirvienta dió un grito de horror; sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertigionosa. En 5 días, en 5 noches, había el monstruo vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes!! La sangre humana parece serles particularmente favorable... y no es raro hallarlos en los ALMOHADONES DE PLUMA...
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Así termina uno de los cuento q tanto leí y me gustaron en mi infancia jaja... (toda vieja q me leí vdd?) weno... hace unos años más... cuando tenía mas apegado el gusto y la fascinación por la lectura. Es un cuento de Horacio Quiroga y se titula justamente como termia: "EL ALMOHADÓN DE PLUMAS"
Si alguien lo termino de leer, espero que haya sido de su agrado =)
saludos!!
Nena**



