
Te quiero no por lo que eres, sino por lo que soy yo, cuando estoy contigo.
Te quiero no por lo que has hecho de ti mismo, sino por lo que estás haciendo contigo.
Te quiero por la parte de mí que haces que emane.
Te quiero por poner tu mano en mi corazón y pasar por todas las cosas tontas, frívolas y débiles que no puedes evitar ver ligeramente y por extraer a la luz todas las penitencias radiales y hermosas que nadie más había mirado lo suficiente lejos para encontrarlas.
Te quiero por ignorar mis debilidades y por permanecer firmemente atado a las posibilidades de lo bueno que hay en mí.
Te quiero por cerrar tus oídos a mis discordancias y por agregar la música en mí, cuando tú amablemente me escuchas.
Te quiero porque me estás ayudando a hacer de mi madera, no una taberna sino un templo, y de mis palabras cotidianas, no un reproche sino una canción.
Te quiero porque has hecho más que cualquier credo podría haber hecho para hacerme feliz.
Te quiero porque lo has hecho sin un toque, sin una palabra, sin una seña.
Lo has hecho, primero al ser tú mismo y después de todo, quizás, porque me amas.