Como animales en estampida
Tercera de cinco partes
Ciudad de México (09 de enero de 2008).- En los patios están los muchos que prefieren esperar el día jugando dominó o baraja, o los que ven televisión o copias pirata de los más populares estrenos en sus flamantes DVD o los que fuman mota con las grabadoras a todo volumen oyendo cumbias, boleros o narco-corridos.
Y es en esos patios donde se forman largas y apretadas filas, sobre todo apretadas, peor que en el Metro, para evitar que alguien se cuele en busca del "rancho", como llamamos al alimento diario.
La mayoría de los internos comemos "rancho", aunque hay dormitorios, los de los "payos" y los "padrinos" en los que prácticamente ni se toca porque aquí también, a pesar de Marx todavía hay clases.
En algunas ocasiones, y sólo por diversión, el custodio en turno ordena que "el rancho" se reparta al otro lado del patio.
Entonces, la compacta cuerda, apretada a más no poder, se desintegra y todos, como animales en estampida, cruzamos el patio porque nunca sabemos si el "rancho" alcanzará.
Por las mañanas, generalmente, el desayuno es de café negro, o algo que se le parece, un bolillo o telera y huevos, a veces revueltos, a veces duros y a veces no hay.
En las comidas no faltan los frijoles rancheros y las tortillas recién hechas; casi siempre hay alguna pieza de pollo o codillo o una especie de salchichas navegantes en un misterioso caldo.
Y por las noches volvemos al café con bolillo y, ocasionalmente, un sabroso arroz con leche.
El "rancho", como tantas otras cosas, es un gigantesco negocio.
Jonás es "ranchero" desde hace varios meses. Vende "por fuera" cada bolillo, botes de comida, roba del café y el arroz con leche y se impone, a fuerza de violencia, a la hora de repartir el "rancho". Nadie lo quiere, pero nadie le dice que no.
En prisión el fundamento de la readaptación está en la llamada Divina Trinidad: Estudio, Trabajo, Deporte. Lo repiten las autoridades y aseguran que así lo establecieron los que saben, y citan a Don Sergio García Ramírez.
Pero, casi como el estudio, el deporte no es algo que apasione practicar a las mayorías en la cárcel. Si acaso les gusta meterse al gimnasio por horas o ir a las barras metálicas en lo que aquí se llama "el valle de los mamados".
El trabajo lo puedes hacer en tres modalidades: primero, por tu cuenta, lavando ropa, planchando, fregando los cantones, haciendo la fajina, llevando y trayendo mandados, de guaruras, guardaespaldas, escoltas.
Segundo, trabajando para la institución en funciones de limpieza y mantenimiento y cobrando una módica e irregular gratificación.
Puede faltar el agua, la luz y hasta la comida, pero sobran los secretarios, asistentes, ayudantes, consejeros, asesores, guaruras, mayordomos, meseros, cocineros, pinches, porteros y, si se pudiera, choferes.
Todo por unos cuantos pesos diarios.
Y tercero, trabajando como "comisionado" para la institución, sin paga, pero ganando beneficios como reducción de penas, externaciones, etcétera. Son los cocineros, panaderos, secretarios, mensajeros y office boy, aquí llamados "estafetas".
También hay muchos que se dedican al comercio. Tienen principalmente, negocios de comida.
Hay puestos de tacos de canasta, de guisado, de bistec, de suadero, longaniza, al pastor, de "gua gua coa", de birria, quesadillas, sopes, huaraches, tortas, pambazos, hamburguesas, hot dogs, hot cakes, pan dulce, atole, café, té, licuados, arroz chino, migas los miércoles, pozole los viernes.

Del sabor no hay queja, de los ingredientes y limpieza, mejor ni hablamos.
En fin, esa es la Divina Trinidad de la readaptación: Estudio, Trabajo y Deporte.
Como decía la profesora Enriqueta, del Departamento de Sicología: "Las cárceles están llenas de pobres y pendejos o de pobres pendejos; porque los buenos siguen afuera, los malos son los que están aquí; son tan malos que los atraparon".
Como la historia de Manuel y los Chávez.
El mismo Manuel la cuenta ahora con un lamento ante la ironía de la vida.
A nadie odiaba más en el mundo que a los Chávez. Y había prometido matar a los tres.
Cuando tenía 18 años, una noche lluviosa de septiembre, Don Eliseo, su papá, recibió una visita. Era Don Chávez con sus dos hijos y pensó que querían hablar en privado. Salió de su casa para que no lo oyeran su mujer y sus ocho hijos.
Nunca se las malició. Quizá porque Juan Chávez era de toda su confianza, amigo de siempre, aunque trajeran una bronca de dinero.
Con el ruido de la lluvia sobre la puerta de lámina y el escándalo de la tele, nadie oyó nada, hasta que Manuel vio el charco de sangre que se metía por debajo de la puerta. Afuera sólo quedaba el cadáver de su padre, cosido a puñaladas y con la cara destrozada.
Manuel juró vengarse. Y un miércoles por la tarde se coló en la carnicería de Juan Chávez y, detrás del refrigerador y debajo de la báscula, con sus propios cuchillos y mazos, lo mató.
Ni huyó ni se escondió. Se despidió de su familia y llegó aquí, a la cárcel. Los Chávez se la sentenciaron a muerte y en prisión ya lo estaban esperando.
Pero "El Gorila", otro recluso, le hizo el paro. Lo hizo su "monstruo": siervo, cocinero, lavandero, mensajero, escolta, esclavo... todo a cambio de protección.
Afuera, los Chávez seguían con su venganza contra Manuel: asesinaron a su hermano Elías y golpearon, violaron y mataron a su hermanita Angela.
Un día, "El Gorila" le dio a Manuel una punta y unos fierros para proteger a unos primos que cayeron en la cárcel. Fue muy claro: con su vida respondía por la vida de los otros dos.
Cosas del destino, esos dos eran los hermanos Chávez. Ahora, todo el día vemos juntos a Manuel y los Chávez, seguramente como andaban juntos de niños y sus papás eran amigos.