Sobre nuestra amada ciudad
Lo Primero que debe quedar claro es que la Ciudad de Mèxico, más que ser un mito, es una ciudad como cualquier otra. Sobre sus calles florecen lo mismo flores de asfalto que excremento de perro a la espera de cualquier contacto con un zapato descuidado.
Sus calles son violentas y peligrosas como cualquier otra ciudad, en dos meses he presenciado por lo menos dos atracos y he sido victima de uno, pero aún así no he visto el grado de sadismo que encuentro en muchas de nuestras ciudades Latinoamericanas y generalmente camino a cualquier hora sin ver quien viene detrás.
La ciudad duerme su larga siesta bimilenaria entre los sonidos de sirenas, de automóviles y miles de millones de automoviles.
Calles estrechas, vetustos edificios con las entrañas apuntaladas y muchos, muchísimos, anuncios de agencias inmobiliarias anunciado ventas y mujeres hermosas siendo utilizadas como objeto para promocionar cualquier cosa.
Es en este escenario donde trascurre la vida de miles de seres humanos que arriban con su historia y la de su pueblo empacada entre esperanzas y con el único punto de comparación que esta ciudad permite: ella misma.
El Distrito Federal juega el papel que tendría el mítico casino Casablanca de la película del mismo nombre, un lugar al que se llega para estar y no estar. Un lugar en donde se habla de ir hacia otra parte y se permanece ahí a la espera de que, puerto al fin, el tiempo mejore y el viento sople favorablemente.
Un trampolín para llegar a alguna parte, quizá la puerta de entrada al american dream, a la que es mezcla de película de caballeros medievales con cine de ciencia ficción, de nazis y partisanos, de espías del este contra espías del oeste o viceversa y de aquel hèroe superpoderoso que salva a tres millones de personas sin despeinarse ni un poquito. También a aquella que permita un espacio laboral de mayor acceso y mejor retribución y sobre todo de dignidad (bueno en este ùltimo punto ellos creen eso).
Mèxico no es así y no es así por muchos factores de su propio ser. Aún así el D. F. (aunque es la capital) pinta su raya con todo el territorio y se parece mas a ese norte que nos magnetiza con su halo de industrializacion e individualidad que a ese sur pobre y com hombre y con su resago tecnològico màs no cultural.
Pero el D. F. también es Mèxico y también se duerme al sol de sus glorias pasadas y a la desolación de las tierras al sur. En el D. F. podemos encontrar proyectos que sobrepasan por mucho la visión más progresista sobre multiculturalidad e integración comunitaria y por otra parte, una visión provinciana sobre el miedo al “extranjero”, al otro.
En las calles se vive un cierto miedo no del todo desconocido, pero muy diferente al de otras metrópolis donde andar de noche, solo, por alguna avenida, es un suicidio. No eso no suele pasar (sin generalizar), sin embargo, si se percibe ese miedo que a perseguido al hombre desde hace mucho tiempo y que resulta de mirar a un hombre negro, o asiático o sudamericano o de la Europa del este, que poco a poco se va apropiando de algunos espacios en el metro o en las escuelas públicas o en las plazas mayores. Un miedo a ese que viste con un atuendo musulmán y a esa mujer de enormes caderas y piel tostada por el generoso sol de Bogota. Pero no es ese miedo que llamamos Xenofobia (para que suene elegante) o racismo (para hacer temblar la piel). Es un miedo que empieza estar muy de moda y es el miedo a los pobres, a los que queman sus naves para buscar el oro enterrado en los territorios de quienes han gobernado el mundo.
Una mañana descubro unas estadisticas(1) que muestran al D. F., Monterrey y Guadalajara con el mayor índice de bienestar en Mèxico, esto es Salud, Nivel de Educación, Nivel de Empleo, Comercio. Y otro día veo como se construyen centros de detención de inmigrantes incluso ya distribuidos en su interior por diferenciación geo social: en este lado los musulmanes, en este los sudamericanos, en este los magrebies, pero con el factor común de ser todos unos indeseables.
Y en cierto sentido me da miedo quedar en medio de esta “miseria del mundo”(2) civilizado que marca su territorio y corre a patadas al que se brinca la barda para entrar en él. Y de una ciudad que vive puertas adentro sumida en la procacidad de la infame televisión que este país produce.
Y paradójicamente es en esas calles llenas de violencia hacia el pobre, hacia el otro, donde se da la discusión más importante que he escuchado. Muchos tratamos de entender el mundo desde la visión de quien dirige el mundo, sólo para encontrarnos con cosas que ya intuíamos desde casa: el mundo es ingobernable.
Así como los altos muros y las muchas cárceles no pueden detener la invasión de los pobres a los países ricos, los ricos no podrán tener siempre la voz cantante en el timón del planeta, justo en esa dirección y no al revés, es una señal clara y esperanzadora.
Y como suelen decir las crónicas periodísticas chafas: mientras escribo esto, un compa estará cruzando la frontera al Norte del Río Bravo.
(1)www.inegi.gob.mx
(2)Bourdieu Pierre, La miseria del mundo, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 1999
Escuchando: Money, Pink Floyd



