Aquel hombre que aprendió a ladrar

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y aquel hombre aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.
¿Cómo amar entonces sin comunicarse?
Para aquel hombre representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Lucky, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Lucky. A partir de ese día aquel hombre y Lucky se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo los árboles y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, aquel hombre nunca había imaginado que Lucky tuviera una tan sagaz visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Lucky, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Lucky fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”


