¡regálame unos zapatos¡
Regálame unos zapatos
Por: Yohan Uribe Jiménez
¡ Regálame unos zapatos ¡ Bastó una hora y cuarenta y cinco minutos para que Oscar decidiera levantarse de la mesa donde estaba tomando café y con toda la seguridad que el caso requería se acercara a la mesa de la desconocida que le estaba robando la atención, la mirara detenidamente, dirigiera sus ojos hacia los ojos que en ese momento ya estaban exaltados por el desconocido que los intentaba penetrar sin piedad, tomara aire como si fuese a inflar un globo y le dijese con una vos fuerte y decidida,
- ¡Regálame unos zapatos¡ -
Ella lo miró con una total mueca de desconcierto producida un tanto por la frase que él acababa de replicar y otro tanto por lo que le produjo un sujeto a quien nunca había visto según le decía su memoria.
-¡Discúlpeme¡- exclamo ella- ¿lo conozco? De pronto me esta confundiendo.
-No, seguro que no- contestó Oscar - ¿no es usted acaso usted la Magdalena? la misma que bajó a la tierra en busca de unos pies cansados para frotarlos con la loción que tiene en las manos y lavarlos con la leche que sale de las frutas que adornan su paisaje casi hermético, pudoroso, y delicadamente altanero
-Mire señor- respondió ella ya sin un enojo que replicara como el eco en los oídos de Oscar- he venido acá solamente para tomarme un café y leer un rato, no lo conozco y es cierto me parece una persona agradable y graciosa, pero de verdad estoy algo ocupada leyendo este tratado de……
-Si, si señorita perdone usted mi atrevida intromisión, la verdad es que no es mi intención producirle ni la mas mínima molestia, pero sabía usted que Milanouvich, un místico servio, solía decir que cada cien años Magdalena bajaba a la tierra en busca de unos pies pecadores para lavarlos y los míos, señorita, confieso que han pecado, si y no se asuste lo que pasa es que no aguantaron la tentación de pisar el suelo desnudos, por más que quise e intenté borrar las huellas que dejaban por la tierra en que yació el resto de mi cuerpo, nunca lo logré y temo mucho que las palomas de los parques testifiquen en mi contra el día del juicio final.
-Mire, joven, despreocúpese no creo que a Dios le interese mucho que usted halla caminado descalzo por ahí, aparte yo noto que tiene unos zapatos y muy cómodos por lo que se ve.
-Si , si, ya sé pero hable mas bajo, no ve que estos se los robe a Escipión cuando combatía en Cannas- ella sonrió levemente y no le quedó más que responder;
-Es usted un joven muy singular, si lo que intentaba era abordarme para platicar conmigo y sacar mi número de teléfono, no era necesario que se inventara todo ese teatro.
-No, no como se le ocurre yo no quiero que usted peque ahora que los siete demonios la han abandonado.
-Mire, joven, como usted no tiene remedio y yo tengo muchas cosas que hacer, mejor voy a pedir la cuenta y ojalá que encuentre quien le regale los zapatos que anda buscando.
-Espere ¿no le da miedo salir de este lugar? Acá estamos seguros, mire afuera toda esa gente que no esta libre de pecado, ¿la estará esperando? y ¿que tal si intentan apedrearla? ¿ que tal si la reconocen y sabe que usted es la Magdalena? o tal vez todos quieran que usted les lave los pies y no… yo la vi primero, además necesito que me regale los zapatos por que no puedo andar por el mundo con unos zapatos robados y mucho menos seguir pecando con mis pies desnudos ¿sabe una cosa? es usted mas hermosa de lo que cuentan en las sagradas historias con las que me castigaba mi abuela a la hora de la cena por no comerme las verduras,
-Mire joven de verdad son las seis y diez y nada me encantaría mas que seguir escuchando sus historia pero de verdad me tengo ir y además nadie le dio permiso para que se sentar en mi mesa.
- ¿Acaso le pide permiso la lluvia a la tierra cada vez que riega sus hermosas caderas? ¿acaso le pide permiso el viento a la noche cada vez que susurra en silencio sus melancolías? no he sabido hasta ahora que el sol pida permiso para morirse cada día, ni tampoco se sabe a ciencia cierta si es la luna la que pide permiso cuando se asoma o es la tierra la que lo pide cuando se desnuda.
-Usted habla muy bien, caballero, es muy poético y muy elegante pero me voy, ¡me trae la cuenta señorita¡ -
Ella empezó a recoger sus cosas rápidamente mientras la mesera le traía la cuenta, Oscar la observaba en silencio como si tratara de buscar en lo mas profundo de sus secretos una frase o por lo menos una palabra que fuese capaz de retener a la desconocida que interrumpió como una tormenta la tranquilidad de su café, sacó de la cajetilla el ultimo cigarro que le quedaba, lo encendió un tanto nervioso tomo de nuevo aire y antes de que la mesera llegara, decidió preguntarle a la desconocida.
-¿Bueno pero por lo menos tienes teléfono?-
A lo que ella respondió enfáticamente - Ahhhhhh después de todo, no estás tan loco como pensaba, ¿es la manera como abordas a las mujeres?- A lo que oscar contestó:
-No. Es que la primera vez que viniste a la tierra no contábamos tanta tecnología como ahora.
-Lo que tu eres, es un hijo de puta loco, que quien sabe que fumó y ya me moleste. En ese preciso instante llegó la mesera con la cuenta, lo que fue una perfecta salida para que ella tomara su nota y se levantara, pero antes de que tomara su rumbo Oscar le preguntó:
-¿y mis zapatos? -
Ella se volteó con una sonrisa en los labios que mas que producida por un grato comentario era una irónica expresión gesticular de coraje, así se desvaneció entre los demás clientes del café. Cuando la mesera llegó hasta donde estaba sentado Oscar para preguntarle si no se le ofrecía nada mas, Oscar dirigió su mirada hacia ella fijamente, tomo de nuevo aire y le dijo a la mesera en un tono pausado,
¡regálame unos zapatos¡
Han escrito 3 comentarios de «¡regálame unos zapatos¡»
Gaia
Lunes 21 de enero, 2008 12:53.-
Ja! me recordando a Roberto Benigni… Saludos.

corazon
Lunes 21 de enero, 2008 18:19.-
muy bueno!
es tuyo?
samara
Miércoles 23 de abril, 2008 12:23.-
siempre me da flojera leer en los blogs, pero el tuyo me parecio interesante jeje y este fue e que mas me gusto…
por cierto…
¿y mis zapatos?

