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La Comedia Humanamar 18 de julio, 2006 - 15:14 |
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Tengo dos Amigas. Ambas muy queridas, ambas muy guapas, ambas mujeres inteligentes e interesantes por la que muchos hombres venderían su alma a Belcebú. Ellas no se conocen entre sí. El escenario todos lo conocen hasta el hartazgo: México postelectoral 2006. A 15 días de transcurridas las elecciones presidenciales más reñidas del méxico moderno, el país entero parece divido por la política. El partido oficial (PAN) ganó, con un margen menor al punto porcentual, al partido de izquierda (PRD). Este margen tan pequeño llevó a la neo izquierda mexicana a presentar más de 350 impugnaciones ante el Tribunal Federal Electoral (TRIFE) metiéndolo en camisa de once varas. Si bien el Instituto Federal Electoral (IFE) había ganado credibilidad a nivel nacional e internacional en las elecciones anteriores, al declarar oficial la derrota del Partido (PRI) que ostentó el poder durante más de 70 años, ahora su actuación enfrenta quizá un reto similar al de su creación: mantener su imagen como el organismo imparcial e independiente capaz de garantizar transparencia en los comicios. A mi me parece que su actuación fue correcta. Si bien hay que resaltar que el proceso procelitista se vio lleno de irregularidades por parte del partido oficial (presiones gubernamentales, presiones del ámbito empresarial), la labor del IFE se efectuó apegada a derecho sancionando Dictaminar Mínimas las irregularidades en el proceso electoral y ratificar el triunfo del candidato oficial (PAN) Gané quien gané, México ya perdió. Perdió porque el proceso dividió al país, polarizó la postura entre la ciudadanía al grado de llevar la violencia verbal política a los hogares mexicanos. Perdió porque propició que las pasiones reinaran sobre la razón. Eso me lleva de vuelta a mis amigas. La primera, modelo de boutiques, hija de una buena familia, dedicó gran parte de su tiempo a enviar correos electrónicos proselitistas a favor del partido oficial,ofendiendo e insultando al candidato de izquierda. La segunda, abogada, madre soltera, hija de buena familia, dedicó gran parte de su tiempo a enviar correos electrónicos procelitistas a favor del partido de izquierda, ofendiendo e insultando al candidato oficial. Hasta ese punto, ambas presentan una similitud que ellas mismas desconocen. Pero lo peor vino después de las elecciones. Ambas volcaron su crítica hacia la población que votó por un partido diferente al suyo. Una, sin razones de por medio, no deja de decirle a los votantes contrarios “nacos”, “pinches”, “perdedores”, etc. Mostrando así su desprecio por ese 35% de electores mexicanos que votaron por la izquierda. La otra, sin pruebas de por medio, no deja de decirle a los votantes contrarios “corruptos”, “vendidos”, etc. Mostrando así su desprecio por ese 35% de electores mexicanos que votaron por el partido oficial. Una conocida me relataba que fue a comprar una lata de chiles a la tiendita de la esquina, la dueña del comercio, sabedora que mi conocida tenia una postura política diferente a la suya, le negó los chiles diciendo “aquí no hay nada para los enemigos”. Triste, pero es una realidad que se multiplica a lo largo y ancho de México. Un odio oculto o evidenciado hacia el otro, sólo por tener ideas diferentes. Se desprestigia la labor artística, cultural, intelectual e incluso, creanlo o no, científica, de todos aquellos que dan a conocer su inclinación política. Cómo si votar por uno o por otro candidato nos definiera en su totalidad como seres humanos clase A o clase B. México perdió. Si bien la suma de votantes de ambos partidos representa poco más del 70% de los resultados, tambien es cierto que sólo sufragó cerca del 50% del padrón electoral, lo que lleva a concluir que cualquiera de las dos posturas sólo representa la voluntad de algo así como 17% de los mexicanos. El 65% de los mexicanos, esos otros que no votaron o votaron por un partido diferente a los mencionados, observamos como México se divide al grado de que se diluyeron términos como “amigo”, “primo”, “vecino”, “compañero” y fueron sustituidos por “simpatizantes” y “enemigos”. Pero mientras el pueblo de México odia con arraigo en su memoria, los políticos que hoy se insultan y se descalifican mutuamente son los mismos que dentro de pocos meses convivirán en el Congreso de la Unión, se emborracharán en los mismos bares y comerán en los mismos restaurantes de lujo, olvidándose de la semilla que sembraron en el pueblo mexicano. Los políticos electos para diputados y senadores ganarán entre $40,000.°° y $60,000.°° pesos al mes, y volverán a hacer política, aliándose con sus ahora “enemigos” lo mismo para aprobar un proyecto de ley que para disfrutar relajadas tardes de ocio cultural. Porque en la política se olvida pronto el agravio y se vela por los intereses futuros. No será raro que alguno de ellos se cambie al partido oponente para seguir creciendo en su carrera política. En las próximas elecciones, les veremos gastando millones de pesos en propaganda, atacando el desempeño de los gobernantes contrarios, nuevamente llamando “enemigos” a sus próximos compinches. Ninguna de mis dos amigas ha dejado de serlo por mantenerse dentro de ese juego esteril de pasiones, aunque creo que más de una me ve con recelo por no compartir su apasionada idea de que su candidato es el “mejor”, el “mesías”, el “salvador”. Por eso, la política me asquea. Cierto, por otra parte, las instituciones de México ganaron la oportunidad de mostrar su fortaleza en situaciones límite. Lenta labor necesaria dentro del sistema democrático. Pero, para mi, lo más importante es el ser humano, más allá de su raza, edad, condición socio económica, género, orientación sexual o inclinaciones políticas. Yo creo que la sociedad debe controlar a la política y los gobiernos, y no a la inversa. Es el ser humano, en particular el mexicano, el que enfrenta el reto de madurar como sociedad pluricultural incluyente, o regresar al papel histórico de títere pasional y excluyente. La sociedad mexicana es la esperanza de cambio, no los políticos. Dato para los curiosos: Las papeletas de votación se imprimen con los nombres de los candidatos y el logotipo de sus partidos, pero reservan un recuadro en blanco para “otros no registrados”. Paradojicamente, si un “candidato no registrado” ganara en alguna elección, la ley le impediría ocupar el cargo, porque para ocuparlo es requisito “ser candidato por algún partido político” y “estar registrado”. Pequeñas inconsistencias lógicas que rebasan mi razón. Pues bien, en ese espacio en blanco registré mi voto por Carlos Monsivais, un intelectual que no habría accedido a ser candidato y que, obvio, no ganó con mi voto. [ Enlace | Un miserable comentario :( ] del.icio.us Estrella este post
Política
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