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Condómino on the road

Este sábado fui parte de lo que puede denominarse “interacción y participación social”. Eso que tanto vende en aras de hallar el bien común: la participación democrática. Ejercicios loables, al parecer bien intencionados, pero reiteradamente mal ejecutados. Me refiero a una Asamblea Extraordinaria dentro de la Privada donde habito, o pretendo habitar; dicho de otra manera: una junta vecinal. ¿A quién se puede hallar en este tipo de reuniones? Bueno, básicamente la gente que preside la mesa directiva (a la cual creo pertenecer, aunque a esta hora dudo mucho cuál es mi posición respecto a la misma) y los vecinos pagadores pero inconformes con algo, además de uno que otro vecino bienintencionado (como el que fui en julio pasado).=mas= Así pues, el carácter informativo de la susodicha junta se tornó en reyerta verbal que a la postre devino en acuerdos hechos al calor de la situación. Lo que presencié, y ante lo cual reaccione con cierta pereza horas más tarde, fue una serie de toma de decisiones hechas acaloradamente y con emociones de más. En algún punto de la reunión abrí mi tremenda boca para balbucear simplemente que las funciones de la mesa directiva deberían ser llevadas a cabo con cierta distancia sana y objetiva respecto de los vecinos, precisamente para evitar que esta lata emocional y de calentura temperamental tan distintiva de nuestra cultura se manifestase en tomas de decisión apresuradas. Se me escucho respetuosamente, al menos. Pero como bien se dice: a lo hecho pecho. Una vecina bogaba porque la función de la mesa para con los morosos de pago debía ser más rogativa, es decir, más diplomática: hablarles bonito para que aflojaran su varo. Es difícil  rogarle melosamente a quien debe 2 años de mensualidades de mantenimiento y no hay como las medidas estrictas que son simplemente la consecuencia de un acto negativo, de otra forma se incentiva este comportamiento: me porto mal, me ruegas que me porte bien, y a fin de cuentas sólo llegaré a portarme medio bien para medio complacerte. No. Quizás la situación más extrema que presencié y que aún no acabo de digerir fue la de la condonación de una deuda grande bajo la justificante de buenos comportamientos y solapamientos (o favores) para con la comunidad: es decir, se premio la condescendencia, se le puso precio a la bondad y a la nobleza; se expidió un cheque al portador por cantidad definida en pago de cantidad no mesurable de favores. Simplemente se llevó a cabo un ejercicio en microcosmos del monstruo macrocósmico de nuestra política: unos pocos cubriendo las faltas de otros a expensas de la mayoría en aras de evitar rispideces y llevar la fiesta en paz. Mi intención utópica de un inicio parece toparse con la mediocridad operativa de la cotidianidad. La mesura tendenciosa, la apertura displicente, la inercia desbocada, la misma gata pero revolcada. El cierre de la junta se hizo de forma teatral y llena de un dramatismo digno de cualquier reality show. Volteé de prisa a buscar las cámaras pero, a menos que estás sean de una nueva y camaleonesca generación, creo no haber divisado una sola: entonces la reality adquirió tintes telúricos y el show terminó sin acabar de convencer justo en el momento en que comenzaba a convencer. El comportamiento humano en colectividad suele decepcionarme a menudo, sin embargo no le pierdo la fe. Al cierre de este párrafo no he decidido si retomo mi ostracismo misantrópico o definitivamente caigo rendido a los patas de la diosa esperanza. Me mantendré informado.

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