superbalza

minificciones

Estaba Ernesto enojado, compungido y abrumado. El no creía en los días malos. En las malas rachas ni en las maldiciones. Y ahí acabó, sentado en una mesa y aburrido. Todo empezó con el almuerzo. Lo tomó frío, pues se quedó dormido. Ya por medio día, fue a la enfermería. El niño de a lado lo aplastó en el pasto. No mejoraría en nada su día. Cuando parecía que se alegraría, la escuela acababa y a casa regresaba, Más tardó el suspenso que en lo que el viento se llevó su gorra, la de lana roja. Ernesto soportaba. -¿Qué más pasaría?- se preguntaría si acaso el creyera en los malos días. Pero el no creía, sólo eran sucesos, pasaría el tiempo y algo bueno le traería. Y pasó ese tiempo, no le trajo nada, o nada que él quisiera o algo que deseara. Llegó luego a casa, comió todo frío, pues tardó su tío y hubo que esperarlo. Ya para la tarde, quiso ir a jugar, de repente le arde la raspada atrás, la que le hizo el gordo que en su escuela había, que hasta su rodilla vino a aterrizar y llenó de sangre sus zapatos nuevos clausuró los juegos para Ernesto ya. Pasando del fiasco, Hizo Ernesto un teatro porque la tarea había que terminar. Pasando la tarde, la rodilla le arde, y llora el pobre Ernesto frente a su papá, Éste le castiga “Por ser como niña” Y el pobre de Ernesto llora y llora más. -Porqué no me entiende- Llora el pobre niño sin temer castigo de la necedad. Piensa que su padre sólo ha sido un tonto, alguien que no mira más que para atrás. Nadie de progreso, un señor obeso, sin acción en sesos, casi sin pensar. Pero el pobre Ernesto llora por su día que no ha sido nada sino un día fatal. Ya para la noche, la hora que él espera, pues llega su abuela y toca en el porche el Violín hermoso, trato cuidadoso, madera de roble y timbre de cristal. Y se tarda la abuela y el violín no suena, El pobre de Ernesto teme lo fatal. -La vida de granja nunca ha sido lo que yo merezco –Pensaba Juana Jacinta cada que tomaba el camino a la escuela. Con la piel más blanca de la zona, Jacinta se creía más que reina; parecía que el sol no la tocara, que fuera diáfana. Y así caminaba, sin mancharse los vestidos por las inmundicias de los prados llenos, entre vacas y campesinos, entre jornadas eternas y eternos dolores. Ella no participaba en ninguna actividad, la de la familia toda. Parecía que nunca hubiera conocido nada de la granja. Siempre con sus sueños de una vida fácil, con asco del lodo que cubría a sus padres, repugnancia de todo lo que oliera al campo, a la vida que tenía, a sus orígenes. Llena de amargura, llena de codicia, llena de repudio al amor al campo, al color a tierra, fue cambiando su semblante. Ya no era la bella, nadie la veía ya ni diáfana pasar. Siempre hacia la escuela, siempre sin pensar en el suelo que pisaba, el suelo también la abandonó y vivía ya

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