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Pendejadas. Escupiendo en el blog.

Los emocionantes días de una correctora de estilo

Hoy son las 4:35 de un martes hasta ahora desastroso.

Esta es la emocionante vida de una correctora de estilo: salí a las 2:30 am. Diez y media hora de trabajo. De eas diez horas, aproximadamente seis fueron de ineficiencia total, pues tengo que esperar a que se escriba para poder corregir lo escrito. Así que se taaaardan y se taaardan. Además, si hay eventos relevantes tengo que esperarme.

Me levanté a la 12 de la tarde. La última vez que vi el reloj eran las seis de la mañana, no puedo dormir, por el insomnio. A través de mi ventana veía el cielo iluminado y una bonita luz mañanera. Es de las luces más hermosas que he visto, ésa y la de las cinco de la tarde. Comí lentejas y pescado. Estoy engordando, ya tengo estrías en los brazos y eso me parece tocar fondo.


Anoche estuve navegando por páginas "pro ana- pro mía", que son chicas o chicos que aceptan y promueven la anorexia y la bulimia como un estilo de vida, una vía para llegar a la perfección. De tanto leer, porque me pareció interesante su ideología retorcida (no en el aspecto peyorativo, más bien porque toman valores negativos muy arraigados en la sociedad en cuanto a estética y plenitud -la de la delgadez como belleza y alegría, equilibrio, balance-y los degeneran hasta crear una propuesta extremista pero bastante particular), casi me convencen de hacerme anoréxica, mas desperté del letargo y me rebelé contra los sistemas tan vacuos que se promueven.

Casi parece budista, Herman Hesse describe a Siddharta, el Buda, como un hombre que sabe hacer cuentas (negocios), tiene paciencia y saber ayunar y éstas son tres características qu le permiten caminar por el sendero que llevará a la perfección.

Total, una vez que me quité lo adormecida por tanta anorexia, decidí dejar de tomar coca cola, al menos en mucho menor proporción de lo que lo hago y me he sentido muy bien. Dormí entre 5 y 6 horas que no me bastan. Fui a dejar a mi hija a la escuela, comí y corrí al centro de la ciudad a comprarme ropa formal, porque en mi trabajo traman un complot contra mí y mi juventud, y dicen que no me visto lo suficientemente seria, puras tonterías.

Caminé y caminé sobre el suplicio autoimpuesto y machista-feminista de los tacones. El sol arreciaba como sólo en el norte se puede. Seguí caminando, me molesta que las tiendas sólo tengan tallas pequeñas. Ni pequeña ni extragrande soy. Batallo muchísimo para atinarle y detesto ir de compras. Tengo desidia contra el consumismo. Quizá si tuviera tiempo, dinero y sobre todo granas, podría comprar y comprar. Pero generalmente veo rápidamente a mi alrededor, elijo, me lo pruebo y lo compro. Máximo 10 minutos me llevan mis compras cuando las coas me quedan. Pero soy una obesa medianamente obesa y no hay tallas para mí.

Así que me fui al trabajo caminando bajo el sol y sobre los tacones. Llegué grasienta y sudorosa. Esperé por trabajo, llegó el trabajo y aquí estoy.

Contando la emocionante vida de un corrector. Saber tanto sobre cultura general, leer tantos libros (tantos que nos acabamos nuestros ojos con estas miopías), saber sobre literatura, música, sociología, psicología, lingüística, cine, semiótica, etcétera nada vale, somos los peores pagados. Venga la alienación del obrero. Porque soy obrera disfrazada de licenciada.

Me masturbaré y trataré de dormir, mañana me espera otro día extremo lleno de aventuras (sarcasmo).

 

La sonrisa de mi hija...

 

P.S. Hace 4 días me dieron una buena noticia de la cual me estoy aferrando (y de más) para hacer los días más llevaderos: pasé mi examen de maestría, próximamente a estudiar de nuevo, cosa que no valdrá nada. :)


Intrigas

Yo no sé por qué a la gente le gusta ser liosa. Puros secretos. Porque los secretos son poder y, aunque siempre criticamos los excesos los poderosos, en el fondo todos deseamos el poder. Somos un círculo vicioso.

Primero, hacemos los secretos: andamos por ahí con el rostro feliz o con cel ceño fruncido, exagerando nuestros movimientos para que otros nos vean y nos pregunten "¿Qué te pasa?". Entonces uno se hace el difícil "No, nada, me acordé de algo". Y así te andas un buen rato hasta que lo sacas y se lo dices a alguien y ese alguien se hace el difícil con alguien más y luego cuenta tu secreto y la cadena sigue.

Teléfono descompuesto, lo llaman mis sobrinas. Lo mejor de todo es que cada vez que se cuenta el secreto, se va cambiando la narración prototípica. Empezamos a hacer literatura, quizá no agreguemos detalles fabulosos y desorbitados pero al final la versión cambia. Se usan otras palabras porque cada persona tiene un vocabulario distinto; de esta misma manera, cada uno tiene su manera de pensar.


Yo he contado secretos, porque a veces siento que para eso son, para eso me lo dijeron. Para no tener que decirle a alguien más de frente lo que se piensa al respecto o situación parecida. Pero también confieso que he guardado secretos que no debí guardar y otros que guardo aún con gusto.

Las personas tendemos a hacernos bolas con todo. No entiendo por qué nos gusta crear líos y yo no soy la excepción. Sin embargo, dios o el caldo de cultivo primitivo y la teoría evolucionista o mis genes o la tabula rasa o la experiencia me hizo sincera. No tengo tacto para hablar aunque lo intento. Soy muy amable porque así decidí serlo, a veces hasta rayar en la pendejez. Pero siempre consciente.  La sinceridad también crea líos.

Por una vez, me gustaría escuchar la verdad. Lo que la gente realmente piensa, sin cortesías hipócritas ni eufemismos ni rodeos. La verdad derechita. "Me duele la cabeza por eso no quiero trabajar". "Prefiero jugar wii a ordenar mi cuarto". "Me emputa trapear y no voy a hacerlo". "Me caga tu sinceridad y me das hueva". "Soy su próximo gobernador y les voy a robar un chingo".

Tan sencillo.

Tan utópico también.

P.S. Otra vez son las 4:30 am. Quizá tome un poco de ron y duerma soñando con la sencillez.


4:10 a.m.

Tengo comezón en la espalda. No alcanzo. Pienso en Arthur Bloch y su Ley de Murphy: "Si las cosas pueden salir mal, saldrán mal". También dice "La comezón es directamente proporcional al lugar menos alcanzable". Llegué a besar a mi hija. Con los ojos entreabiertos, tomó su oso de peluche, Sosa, y me pidió que le diera un beso también. Sonrió y volvió a dormir.

Hoy, en el trabajo, faltó uno de mis compañeros. Y sí, las cosas salieron mal porque existía la posibilidad de que así fuera. Llegó más publicidad y, por ende, más páginas que hacer, lo que corresponde a revisar más textos y corregir más errores y barrabasadas con la boca bien cerrada.

Las personas de hoy en día no sabemos esperar. Queremos todo de inmediato. No esperamos ni siquiera el futuro. Andamos ahí, queriendo saberlo todo y afrontarlo todo de una buena vez, sin experiencia, sin tiempo, sin raciocinio ni meditaciones.


Así que las personas de mayor jerarquía, que son todos exceptuando mis otros cinco compañeros, se apresuran y presionan. Quieren tener su página lista y revisada ya. Sin importar quién llegó primero. Ya de ya. Porque uno, como gato que es en ese árbol jerárquico, como el último nivel, el más jodido y más doliente, tiene que servirles. Cuando ellos digan y como digan.

Ejercen presión. Los correctores no somos personas. Somos máquinas. No nos cansamos, ni nos importa la hora en la que salimos, ni comemos, ni vamos al baño, ni nos duele la cabeza o los ojos por el brillo del monitor. Los correctores son los caballeros de la noche: son malos cuando se requiere que exista un malo, son la excusa perfecta. Si sale un error en la página, es culpa del corrector, aunque sea mentira.

Así es el juego del poder. Y faltando un compañero, el trabajo se acumula y hay que ser un burro y cargar con todo y cerrar la boca y ser amable porque si no, si no mi contrato mensual en el que no tengo ni una prestación se va a la basura, y ya dije que tengo que pagar cuentas. Quién no tiene cuentas pendientes en estos tiempos.

Reviso páginas como "Giselle Bünchen tiene 20 mil millones de dólares en su cuenta bancaria". "En Sri Lanka el gobierno mata a veinte mil guerrilleros tamiles que no eran de la religión oficial". "Chocan adolescentes por exceso de velocidad". "Agustín Carstens dice que la crisis ya está pasando". "Josefina Vázquez Mota le va a los Tuzos". "El candidato del PAN promete becas para jóvenes con escasos recursos". "El candidato del PRI promete seguridad pública". "Debido a las lluvias, el Municipio de Zuazua, Nuevo León, se inunda". "Violan a dos en un parque, nadie vio nada".

Comprendo un poco entiendo por qué no esperamos nada, por qué no esperamos al futuro. Si en el presente todo se desmorona, no podemos culpar a nadir porque nosotros trazamos este camino. Nosotros, pidiendo una libertad que se volvió libertinaje, entre niñas de 10 años con boquitas pintadas y ojos delineados y faldas cortas y perreando, y niños de pantaloncillos pegados, camuflajeándose con niñas, calcados en la televisión, jugando Xbox todo el día, haciendo chistes subidos de tono, queriendo fornicar ya en nombre de la libertad. Y los padres ciegos a toda desviación en nombre de la libertad. 

La libertad es nuestra nueva excusa, nuestro nuevo dios pagano. Como los indígenas en el santuario construido por los españoles para que adoraran a sus santos y vírgenes. Ahí fue cuando los indígenas colocaron debajo de las imágenes cristianas las imágenes de sus dioses, y se adoraba a Tonatzin y no a María en sus corazones. Pero los españoles veían lo que querían ver.

Es una confusión. Total. El libertinaje está bajo la imagen de la democracia y la libertad. Y nos hacemos de la vista gorda. Y justificamos las guerras, la política y la corrupción. Justificamoslas violaciones, los golpes, las injusticias, las actitudes de poder, la soberbia.

Al final del día, llego a casa a besar a mi hija y a su oso de peluche, a sentarme a escribir y esperar el sueño en el que me sumerja pensando que mi nena tendrá paciencia para esperar un mejor futuro. Porque aunque trato de cambiar el mundo incansablemente, como idealista que soy, poco a poco el cruel mundo me va cambiando a mí sin darme cuenta.


Insomnio

Nueve horas de trabajo. Aplastadas las nalgas contra la silla giratoria, reclinable y sucia. ¿Cuántos traseros antes que el mío se habrán posado aquí, con polvo de otras tierras, orines de otras vejigas, semen o fluidos de otros cuerpos? ¿Cuánto ser vivo aplastado en esta silla? 

Dormí 7 horas. Para un adulto eso está bien. A mí me bastan 15 horas. Hasta me despierto con sueño. Con siete no funciono bien, pero tengo que funcionar bien. Porque tengo que estar nueve horas arranada en la silla frente al monitor, leyendo babosadas y corrigiendo otrografía. Y callada. Porque mi voz no cuenta. Seguro todos los que están sentados cerca de mí, haciendo el mismo trabajo que hago yo, escribirían mejor. Al menos más original. Pero no. Hay que leerse las mismas estupideces todos los días.

Como si la entrada de idioteces laboral y diaria no fuera suficiente, abro La Jornada, The New York Times y Le Monde. Cuando me canso, saco mi libro. Ahora es Memorias de Adriano, de Yourcenar.

Quiero fumar un cigarro, quizá dos. Pero no me puedo salir de este edificio porque sería ineficiente y me rebajarían algo de mi sueldo y yo ocupo mi sueldo para terminar de pagar los lentes para la miopía, la endodoncia de mi muela por el tabaquismo, la comida de mi hija, sus próximos lentes para la miopía que dios le ha heredado, el teléfono, la luz, el agua, el gas, el suavizante para la ropa, el detergente para los trastes, el de la ropa, el cloro, el pinol, el dentrífico, las salidas al cine, las libretas, los libros, el uniforme.


Son las tres de la madrugada. Quise llegar del trabajo y dormir, pero no pude. Tengo insomnio. Me han dicho del té de lechuga, leche caliente, poleo, un caballito de tequila, un par de cervezas, meditación, pensar en una sola cosa, quedarse quieto y no moverse, mentalizarse, hacer reiki, magnetismo, Dalai (daaalaaiii), y más mugrero químico que no me interesa porque para adicciones me basta con ver la sonrisa de mi hija, la lectura, el tabaco y la coca cola.

Entonces me masturbo en mi cama. Ya no pienso en amores pasados porque no me excito. No me duelen, ni me emocionan en ningún sentido. Pensar en amores nuevos o imposibles tampoco tiene resultado.

Por ejemplo, recurrí a una fantasía: Orlando Bloom llega a mi silla cochina, me toma de la mano con rudeza, me levanta, me carga y me lleva hasta el ascensor. Ahí me espera Jhonny Depp. Orlando y Jhonny sonríen, pícaros. Entonces me besan, cuatro manos explorando mi cuerpo, el elevador detenido. Yo miro hacia arriba, cierro los ojos.

Luego recuerdo que soy una tía obesa, de cutis grasieron, con estrías y celulitis, ya tengo bolsas bajo los ojos y ojeras también, me duele la rodilla por cargar con mi cuerpo, la espalda me mata. Casi no tengo trasero y mis senos están llenos de estrías. Toda cicatrizada.

Y quedo sola en el elevador, de regreso a mi cama de sábanas sucias porque no tengo tiempo para cambiarlas, a mi almohada con olor a cigarro, a mi ventilador que hace más ruido que los ronquidos del leñador más obeso que la imaginación pueda concebir.

No. No es que esté deprimida y que mi vida no tenga sentido. Repito, mi bella adicción, la sonrisa de mi hija, nunca me ha dejado caer. Por las tardes, camino al trabajo, disfruto el sol ardiente en mi piel, me encantan las nubes en el cielo azul. Salgo a buscar en el firmamento la luna y las estrellas y siempre que puedo estar presente, la brisa del viento nocturno me pone la piel de gallina, y cierro los ojos y sonrío y no puedo pedir nada más en ese momento.

Luego llego a casa a pelearme con todos, a afilar las uñas que siempre me muerdo para enterrárselas a la vida y escalarla. He vivido, como hemos vivido todos, tantas cosas. Dolorosas y felices. No. No vivo rápido. Vivo porque tengo la vida.

Y quiero dormir ahora pero sé que mi insomnio no me dejará. El calor de Monterrey es abrasante. Voy a encender otro cigarro. Voy a imaginar que mis padres no están enfermos, que mi hija tiene una familia normal, que mi casa no se cae a pedazos, que lo que escucho es una música hermosa y no las aspas del ventilador. Voy a imaginar que me bañaré algún día bajo la regadera y no a jicarazos. Y que habrá agua caliente en mi baño, porque algún día tendré bóiler. Voy a imaginar que no tengo deudas, y que mañana mismo sale mi vuelo a París, y llevaré a toda mi familia y serán felices en el Sena.

Voy a imaginar que tengo el cuerpo que perdí hace años, y la vitalidad también. Voy a imaginar que mis hermanos son responsables y comemos juntos los fines de semana. Y que tengo un trabajo bien pagado, donde mi enorme inteligencia sí cuenta. Y que mi ciudad es bella, llena de árboles y flores y césped y animales pacíficos. Voy a imaginar que aún se juega a la rayuela, a los luchadores o soldaditos de plástico duro, a cocinar con lodo, a hacer experimentos, al voto, al congelado, a los encantados. Y que no tengo insomnio.

Sin embargo, la mente es una vendida muy peligrosa. Imaginando regreso y regreso, hasta estar sentada de nuevo, después de nueve horas de trabajo, siete horas de sueño, de la masturbación patética, de regreso a mi cama a las tres de la madrugada escribiendo porque no sé hacer otra cosa en el mundo. Éste es mi superpoder. Un superpoder que nada vale y no se aprecia y no importa en esta vida.

Imagino la sonrisa de mi hija, al lado de mis padres, hermanos y sobrinas, una vez más.


Para los deprimidos

Ahí les va un poemita de Jaime Sabines.

Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y verás qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.

Cuando tengas ganas de morirte
no alborotestanto: muérete
y ya.

¡Saludos! :)


El último delicado: Cioran habla de Borges

París, 10 de diciembre de 1976

 


Querido amigo:

 

El mes pasado, durante su visita a París, me pidió usted que colaborara en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos -para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo el mundo lo cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus "admiradores'', de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa ya de ello.


Creo haberle dicho un día que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra, cuando me decidí a aprender el inglés) y que ha hablado con admirable agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India. Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas. Fue un espíritu universal al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.

Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa ha sido siempre, y continúa siéndolo, no arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad. Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio ``cultural'' de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veía a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.

Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philip Mainlander me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la Liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que lo sacaba precisamente del olvido. Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no fuese más que para escapar a la asfixia argentina. Es la nada sudamericana lo que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis.

Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del Tango. Para él cualquier tema es bueno desde el momento en que él mismo es el centro de todo. La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios que se quiera. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema. El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo ilimitado. Friedrich Schegel, hoy, se halla adosado a la Patagonia.

Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica. Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado.

 


E.M. Cioran


Nosotras que nos queremos tanto

Ps les dejo un ensayito sobre el libro Nosotras que nos queremos tanto de Marcela Serrano. Hice un gran esfuerzo por ser objetiva, porque no me gustó mucho la obra. Como sea, intenté divertirme y siempre es bueno promover la lectura, porque es representante femenina de latinoamérica y porque en realidad no tiene tan horrible calidad. Vale pues.



LETANÍA

Nosotros nunca nos realizamos.

Somos dos abismos — un pozo contemplando el Cielo.

Fernando Pessoa

 

            Las calles se pintan de gris. El cielo está nublado y llueve. Los árboles obstruyen la escasa luz que emana el sol. La tierra huele a mojado. Cuando el ambiente conspira así, cómo no sentir melancolía, cómo darle la espalda al pasado, aquél que creemos olvidar: no es falta de cariño, lo queremos con el alma, en nombre de ése amor y por nuestro bien, le decimos adiós. Se acostumbra a olvidar, con la excusa de que, superando el pasado, podremos avanzar más lejos.

            El recuerdo individual es una indescifrable maraña de estambre, es decir, un tejido creado por hilos que se cruzan, diferentes corrientes, distintas imágenes, olores, espacios, tiempos. Lo mismo el recuerdo social. Lo inevitable del pasado de cada persona es la perfecta inserción en el pasado colectivo, como una de las piezas del rompecabezas o una puntada en la costura del pantalón, pequeña pero esencial, igual que cada puntada que conforma la prenda de vestir.

            La expresión de la historia es también parte del rompecabezas. Por siglos, el hombre externa la necesidad de dejar huellas para el futuro, una desconfianza en la memoria humana nos lleva a confiar en la memoria de otros materiales: la hoja y la tinta, el mármol, el lienzo y la pintura, la computadora. La contradicción se hace presente. Si queremos dejar atrás nuestra historia para avanzar, ¿por qué vamos dejando huellas?

            La conformación intelectual del hombre, su ser “espiritual” y su ser físico se encuentran en constante relación de lucha y de conciliación. Se complementan, como se complementa la historia individual y la historia general. El arte, a través del cual se expresa ésta relación está

indisolublemente unido a la sociedad, y condicionado por el desarrollo de los procesos materiales que se dan en la vida misma; la producción de un texto está determinada por las relaciones sociales de producción dominantes en un período específico, bien sea en acomodo ideológico o en contradicción con la tendencia dominante (Blanco 27- 28).

            Nosotras que nos queremos tanto, una obra literaria cuya autora es Marcela Serrano, forma parte de los textos que llevan escrita una historia individual y general en relación con la sociedad y los procesos materiales. La particularidad de la obra literaria consiste en no sólo reflejar tales relaciones determinadas por un tiempo y espacio, sino que trasciende dimensiones y es enriquecida por el acervo de cada lector.

El libro es, también, una historia en el plano de la ficción; cuatro personajes femeninos centrales que interactúan ante el lector. La voz narrativa principal es la de Ana, quien cuenta la historia de sus amigas. Hay un presente —la reunión en la casa del lago de la narradora—, una historia general  definida que se entrelaza con el pasado, el de cada una de las personajes y el de todas las personajes juntas, en su trabajo, donde conviven. También coexiste con estos planos históricos, el plano del contexto histórico social en el cual se insertan los personajes, y que tiene referencias al contexto histórico real, si es que existe tal.

Y compartieron el  hito más trascendente de esos años: la victoria de Salvador Allende y la llegada de la Unidad Popular al poder. Sara recuerda aquella noche del 4 de septiembre de 1970 en la Alameda como la noche más feliz de su vida. No olvida cómo corrían por la ancha avenida abrazándose unos con otros, todos. Sus ojos eran una sola ilusión mientras oía al candidato triunfante hablar esa noche desde el edificio de la Federación de Estudiantes de Chile (Serrano 90).

Marcela Serrano no exige. El lector puede decidir si quedarse en la lectura superficial, en la anécdota de estas cuatro mujeres llenas de vivencias al límite, entre la lucha personal y las relaciones de cada una, el amor, la desolación y desilusión, los chismes, su trabajo, sus angustias, sus depresiones, su diversión. Porque la forma de narrar la historia, la estructura de la obra, es sencilla, de lectura rápida, fresca. Se encuentran elementos de oralidad que permiten una mayor agilidad, numerosos diálogos pero, sobre todo, la historia contada, conformada por cuatro historias, es una historia nueva. Pocas novelas cuentan la historia de un pueblo a través de personajes femeninos y sus experiencias personales, lo que hace de Marcela Serrano una autora innovadora.

Pero el lector también puede aportar comprensión, preguntar el porqué de las emociones de cada personaje. Entonces, es inevitable la remisión a la historia del pueblo chileno. En la cita anterior, el lector puede responder ese porqué sobre la alegría, en un momento determinado, de un personaje, de Sara. Y cuando el lector, impulsado por el texto literario, hurga entre la historia real, acertará en sus respuestas sobre la felicidad de muchas otras personas que vivieron el momento al que se refiere el libro. Del mismo modo se responden otras emociones, la tristeza, la angustia, los secretos.

El proceso literario se cumple: el autor, con su contexto personal, ha producido un texto en base a normas literarias, con una estructura definida y con un referente, el mundo narrado es, sino completamente, el mundo real en tiempo y espacio; por último, la recepción se lleva a cabo en un ambiente sociocultural determinado, que es el del lector, quien tiene la decisión de elevar su competencia al informarse sobre el trasfondo histórico, social y cultural al que se refiere la obra literaria.[1] La lucha del pueblo chileno es la misma lucha de la mayoría de países latinoamericanos que intenta elevar su calidad de nación al erigir un lugar con un gobierno más propio de su país. En este caso, Chile comienza una batalla contra las dictaduras militares impuestas por los Estados Unidos, país que imponía regímenes de su agrado y conveniencia.

Los procesos históricos de Chile son sorprendentes, ya que se rebela a la tiranía de la influencia estadounidense militar a través de la lucha democrática y pacífica con la que triunfa el Presidente Salvador Allende, quien gobernará por poco tiempo ya que, Estados Unidos apoyado en la fuerza militar chilena comandada por el Partido Democrático Cristiano (los conservadores, enemigos de Allende) y en las clases burguesas da un golpe de estado usando la violencia y bombardea el Palacio de la Moneda, recinto del Presidente, el cual, mientras el edificio se derrumba, niega a salirse y comunica a través de una estación de radio:

Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción y serán ellas el castigo moral para quienes han traicionado su juramento: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha auto designado, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, también se ha autodenominado Director General de Carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡No voy a renunciar!

Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos (Allende 3).

 

Y así como Salvador Allende, el máximo representante de las esperanzas del pueblo chileno, no renuncia a sus sueños por una vida mejor, las personajes de Nosotras que nos queremos tanto tampoco lo hacen, luchan a través de toda la obra, y aunque a veces se pierden, van aprendiendo de sí mismas para convertirse en mejores mujeres, mejores madres, mejores amigas que contribuyan a hacer de su país, una tierra de bienestar. Aunque el socialismo se derrumbe con el golpe de estado, esto no representa una derrota sino la posibilidad de examinarse desde otra perspectiva, una que esté fuera de esa lucha por el pueblo.

Las protagonistas comprenden entonces que si no pueden hacer las grandes revoluciones, pueden hacer las pequeñas, las cotidianas que pocos perciben pero que son las revoluciones que logran la mejoría en las relaciones humanas, a saber: Isabel renuncia a su alcoholismo y a su papel de mujer renegada al hogar, se permite días libres para aclarar su mente; María reconoce que el amor se impone y se queda esperando a Ignacio con esperanzas; Ana enfrenta sus secretos, los comparte y se enriquece de las experiencias de sus amigas y Sara se deleita con su vida, se enorgullece de su trabajo sin lamentar sus pérdidas.

Ahora bien, respecto a la historia particular, la de cada mujer del libro, ellas mismas reflexionan; el lector perspicaz sabrá escuchar la voz de Marx aplicada a los personajes. Isabel es la mujer devota a su esposo y a los quehaceres del hogar quien termina extrañándose, perdiéndose; María y Sara, militantes de la izquierda, terminan aceptando y casi repudiando el partido al que pertenecían por considerarlo de obediencia casi militar, en donde quizá habrían cometido horribles crímenes en su nombre y que les coartó su libertad personal.

—No hubo tiempo para jugarnos por lo privado— dice María—. Lo público nos comió. Sólo ello fue válido. Y sin darnos cuenta cómo, nos robaron los muros del sesenta y ocho, y sólo nos quedaron las consignas del Santiago de los setentas. Que ganase el Pueblo, no yo. Que viniese el socialismo para los desposeídos, yo no lo necesito para mí. Que ganen las masas, no importa que yo no pertenezca a ellas. Pelear por el bienestar emocional era contradictorio con la lucha por el bienestar de las mayorías. La terapia era vilipendiada, entendida como un pecado de soberbia y autocontemplación. Ni el conductismo se salvaba. Cualquier intento de introspección se calificaba como producto del ocio y la vanidad. La opción por la felicidad era considerada casi obscena.

—Pobre generación nuestra— insiste Sara—: su lógica fue siempre competitiva: sólo entendió la vida como victoria o derrota. Fuimos polarizados dogmáticos, enfermos de sectarismo (Ídem 161)

 

La enajenación de Isabel, es la del obrero, la que produce opresión, ya que, al estar a cargo de todas las actividades del hogar (organización de las criadas, limpieza del hogar, estructuración de horarios de comida, de tareas, etcétera, compra de víveres, satisfacción y complacencia de los gustos de su esposo y cuidado de los cinco hijos, entre otras tareas),  su existencia se diluye hasta volverse alcohólica, única expresión de su individualidad. La rebelión de Isabel, el obrero que es, no debe sorprender, ya que los impulsos que la llevan a la enajenación son los mismos que  la llevan a levantarse esporádicamente por su persona, aunque, parece un proceso mismo de la enajenación debido a que las decisiones que toma la personaje se basan en la desesperación, y la conducen a la angustia —la infidelidad, el alcoholismo—, al pesado cargo de conciencia de corregir sus desvíos de las normas sociales, que la lleva de regreso a la enajenación.

Por otro lado, Sara y María se enajenan con su trabajo en el movimiento izquierdista, hasta reflexionar muchos años después sobre ello y darse cuenta del error. De lo extrañas que se consideran siendo así, trabajando por el partido con obsesión, acatando cada orden sin importar su humanidad ni la humanidad del otro.  De esta forma, reflexionan,

—Creo comprender a los militares con esto de la “obediencia debida”. Al final, ¿éramos nosotros muy distintos a ellos? ¿Cuánto estábamos dispuestos a hacer por el partido? Todo. O casi todo. ¿Era nuestra responsabilidad? La diferencia es que las órdenes que nos daba el partido no eran criminales. Pero, si las hubiesen sido, ¿no habríamos encontrado una justificación? (Serrano 159)

Ni cómo obviar la lucha de clases. Empezando por las protagonistas, que conforman un amplio abanico de estratos sociales: María, burguesa, hija de terratenientes, con gran fortuna; Isabel, la niña que tuvo que encargarse de sus hermanos y después de sus cinco hijos, de familia de clase media. Sara, una ingeniera que tuvo que abrirse paso a la tradición de las mujeres en su casa —la cual dictaba quedarse y dedicarse a los trabajos del hogar—, dedicada después a su carrera y al quehacer político, siempre trabajadora, de clase media baja; y Ana, quien no cuenta gran parte de su historia para dedicarse a contar la historia de las otras, que se entremezclan con la de ella y quien también es de clase media, se ha casado joven y ha luchado por salir adelante y pagar sus estudios.

            Ahora bien, el espacio en el que se desenvuelve la novela es, en su mayoría, espacios cerrados de casas amplias, bien amuebladas, tranquilas. Grandes residencias. Esto refiere a un bienestar económico propio de las clases acomodadas; pero este espacio va cambiando a medida que la narradora escarba en el pasado: el exilio muestra la dificultad económica, moral y psicológica con la que lidiaron personajes tales como Magda, María y Soledad, las tres hermanas de ascendencia burguesa. Lo mismo sucedía para Sara, quien, al inicio, vivió terribles experiencias y que terminó dedicada a su hija, en una casa agradable y con una criada. Ni hablar de Ana, con su casa del lago como casa vacacional, pero que antes vivía en un cuarto compartido mientras estudiaba su maestría, uno de los sacrificios que debió hacer para lograr sus metas.

La historia general indica sí, una lucha de clases evidente; sin embargo, la historia individual apunto hacia una comprensión de esas clases sociales. Cada personaje defiende sus ideales, ideales socialistas que, paralelos con la historia chilena, encontraban su representante máximo en Salvador Allende, presidente de Chile en el año de 1970 y derrocado por un golpe de estado en 1973. Estas mujeres aparentemente ficticias, llevan a cabo a través de su vida, lo que pocos se atreven en el mundo real: la persecución de sus sueños, el análisis de sus acciones, la realización de sus ideales.  A pesar de que el lector puede separar de forma fácil las referencias a la historia real de las historias ficticias, es innegable que la historia de la sociedad chilena y del mundo, se vincula a través del lenguaje que pone una puesta en escena del otro en el presente (Certeau 68) , aunque el lenguaje sea literario. Por ello, la relación literatura, sociedad e historia es evidente.

Entre el tramado de las oraciones literarias que conforman la novela, se leen retazos de la historia, lo que hace del texto artístico uno de tantos documentos que atestiguan la historia de Chile; quizá se pueda objetar del subjetivismo propio de la novela y de la obra artística en sí misma, sin embargo, son, las referencias históricas, tan obvias, que no se puede voltear la cara al papel de la literatura como testigo y expresión de una historia real; Hyden White expresa la necesidad de la historia de regresar a sus fundamentos literarios para identificar el elemento ideológico, por ser el elemento ficticio en el discurso y para renovar la fuerza de la historia, con el fin de alcanzar una teoría que lleve a la Historia a ser una disciplina.[2] Si bien la intención del autor puede no ser histórica en sí misma, lo es por el simple elemento de intercalar la ficción con el referente del pasado real.

Pues bien, no importa el plano en el que se trabaje, la ruptura total con la historia es utópica; el olvido es, una cobardía, además, inexistente. Los personajes de Nosotras que nos queremos tanto son identificables y cercanos al lector porque han vivido lo que muchos otros, una lucha por su ideología, una lucha por la justicia, por la igualdad, no sólo económica, también de géneros. Porque Ana, María, Sara e Isabel son eslabones de la cadena que la sociedad conforma y que lucha por sostenerse; el feminismo de María, su lealtad a la poligamia, a la batalla por la mejora de las clases bajas; la de Isabel, por la liberación de las herencias maternales —el alcoholismo—, por su liberación misma; la lucha de Ana por la fidelidad, por su libertad; la de Sara, por alcanzar sus metas aunque esto signifique perder la esperanza de tener una relación amorosa estable y duradera que no la haga renunciar a su trabajo, es la lucha de todas las mujeres del siglo XX hasta nuestro presente, una lucha que sigue en pie por igualdad, por sentido común y que libran todas las mujeres, ficticias o reales.

La lucha de los ideales y de clases también es una batalla que sigue en pie, librándose desde lo más profundo de la sociedad; es la gente testigo día con día de las injusticias, de las necesidades del otro, de la ambición del otro; quizá la batalla ya no se libra con exilios, con armas y militares, sin embargo está presente aún y es innegable.

Se puede negar la capacidad de aplicar a Marx en la novela o a Danton, White, Corcuera, Blanco Aguinaga y hasta se puede negar la esencia misma de la novela en la obra de Serrano. Lo que no se puede negar es que el olvido, después de la lectura de Nosotras que nos queremos tanto, se reafirma como utópico, que la lucha continúa escondida en cada uno de los individuos que conforman la sociedad. Lo que no se puede negar es la reflexión. Porque la historia de cada personaje recuerda a la voz de cada persona; y la historia que viven, el ambiente en el que se desarrollan, recuerda el ambiente en el que nos desarrollamos como sociedad.

Y afuera tan gris, tan frío, tan melancólico; y adentro, en María, en Isabel, también, nostálgico. Los muertos se levantan de sus tumbas, rodean al lector de Marcela Serrano; y quien se atreve a aceptar la compañía e los muertos, no puede hacer más que cerrar los ojos y soñar, soñar con otro mundo; explicar el presente a través del pasado de los fantasmas: la terrible represión en Latinoamérica después de las luchas por la igualdad, las dictaduras militares a las que fueron sometidas las naciones, no son más que la respuesta a las interrogantes de la actualidad, de la apatía, de la indiferencia.

Nosotros que nos queremos tanto debemos separarnos, no me preguntes más — ¡ay historia, cómo dueles!—, no es falta de cariño, te quiero con el alma — luché por ti—, te juro que te adoro y en nombre de éste amor y por tu bien — para que no te repitas, para que no nos maten—, te digo adiós.

La historia evidencia que el hombre conquistó, palmo a palmo, el terreno interior que nació suyo. Demandó, metro a metro, el pantano en que se inmovilizó nulo. Parió su ser infinito pero se arrancó a golpes de sí[3]; es decir, luchó por ser, no por estar y terminó deshumanizándose, como en el presente, cuando no sabemos aún, después de la sangre derramada, hacia dónde vamos, ni quiénes somos y tampoco sabemos identificarnos con el otro, para ser plenamente.



[1] Cfr. Iser, Wolfgang. El acto de leer. Teoría del efecto estético. [s.l.]: Taurus, [s.f.]. p. 65

[2] Cfr. White, Hayden. El testo histórico como artefacto literario y otros escritos. Barcelona, Buenos Aires, México: Ediciones Paidós/ I.C.E. de la Universidad Autónoma de Barcelona, [s.f]. p. 139

[3] Cfr. Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego. 5ª ed. Argentina: Emecé editores, 1998.

BIBLIOGRAFÍA

 

Allende, Salvador. Últimas palabras. [s.l]: [s.e], [s.f].

 

Blanco, Aguinaga, Carlos Julio Rodríguez Puértolas e Iris Zavala. Historia social de la literatura española (en lengua castellana) I. Madrid: Castalia, 1981. 13- 49.

 

Certeau, Michel de. La operación histórica. [s.l.]: [s.ed], [s.f].

 

Danto, Arthur. Historia y narración. Ensayos de filosofía analítica de la historia. Barcelona- Buenos Aires-  México: Ediciones Paidós/ I.C.E. de la Universidad Autónoma de Barcelona.

 

Geiss, Imanuel. “Condiciones históricas previas de los conflictos contemporáneos. En: Geiss, Imanuel, Dan Diner et al. Historia universal del siglo XXI. El siglo XX. 6ª ed. III. Problemas mundiales entre los dos bloques de poder. México: Siglo XXI editores, 1986.

 

Iser, Wolgang. El acto de leer. Teoría del efecto estético. [s.l]: Taurus, [s.f]

 

Marx, Karl. “El trabajo enajenado”. En: Manuscritos económico- filosóficos de 1844. México: Grijalbo, 2004.

 

Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego. 5ª ed. Argentina: Emecé editores, 1998.

 

Serrano, Marcela. Nosotras que nos queremos tanto. 1ª reimpresión. México: Editorial Planeta, 2005.

 

White, Hayden. El texto literario y otros escritos [s.f.]. Barcelona, México, Buenos Aires: Ediciones Paidós/ I. C. E. De la Universidad Autónoma de Barcelona

 


Reflexiones sobre el sin-sexo

Este es un artículo que publiqué en una revista que coordinamos unos camaradas y su servidora. Quien esté interesado en publicar, mándame un mensaje o manden mail a luz.chavez@gmail.com, nos caería de perlas, eh.

La idea del artículo se dio porque sí, por la rutina, por andar observando atentamente el ambiente que me rodea y voilà. Ojalá les guste, está medio larguito pero entretenido, y no es que sea de mi autoría pero vale la pena darle una leídita. Son bien recibidas críticas, opiniones, quejas, etcétera.

 

Reflexiones sobre el sin-sexo

Caminas hacia la parada del camión, como todos los días. Paso tras paso; camino interminable. Llegas a la banca de metal. Te sientas a esperar mientras observas a tu alrededor; ahí están los anuncios que acompañan la estructura de la banca: dos grandes carteles que anuncian películas a estrenar, productos femeninos, productos masculinos y etcétera. Hay tanto que decir y tanto que anunciar, tanto para publicitar.



Siéntate bien. Mueve tus piernas para estar cómodo. Ahora observa con mayor atención los anuncios: ¿qué ves? Mujeres guapísimas y hombres guapísimos. Las primeras tienen grandes escotes, pequeñas faldas, altos tacones que resaltan y pronuncian aún más las largas y delineadas piernas. Los segundos llevan camisas abiertas que muestran sus veintiocho cuadros abdominales, su pecho hirsuto.

Viene ya el camión, a carrera veloz. Levanta la mano, encoge los otros cuatro dedos hasta tener sólo el índice apuntando a la otra acera. Ahora observa el camión antes de subir. Hay una chica humeante en calzones y sostén color rosado; parece que va caminando por la calle, tan natural y relajada, con los cabellos que ondean con el viento.  Con sus senos, ¡ay, sus senos! Tan redondos, tan increíblemente blancos, tan firmes, tan invitadores.

Te subes al camión imaginando que estás sobre esa nena, dentro de ella. Es decir, dentro del camión y del afiche que está pegado en él, porque hoy en día todo espacio es bueno para la publicidad, ¿sabes cuántas personas leen este mensaje?, ¿sabes cuántas oportunidades de clientela pierdes día con día? ¡Anúnciate! Dentro de ella, con sus senos firmes, dentro de ella. La primera vuelta tosca y brutal; alguien timbra, dentro de ella. Abre la ventana pues comienza a sentirse cierto calorcito (dentro de ella todo es cálido). El chofer no se detiene; alguien grita, insulta, maldice. Avanza, avanza rápidamente, ella avanza hacia el frente, ella avanza contigo dentro, dentro y muy dentro.

Al fin, el chofer se detiene de forma seca y tan adentro. Las cabezas se van hacia adelante y suena un “ahhh…” en colectivo. Seguro están pensando lo que tú, seguro se sienten dentro de la nena de los senos firmes, redondos y blancos. Seguro que de tanto avanzar y de haber frenado tan duro, han tenido un orgasmo mental. Dentro de ella. Bájate ya, es hora de caminar hacia la escuela o el trabajo. Observa el camino, no te vayas a tropezar. Ahí están los carteles otra vez, ahí están los hombres guapísimos y las mujeres guapísimas que tendrán hijos perfectos, guapísimos que pararán los penes de los varones y humedecerán las vaginas de las damas.

Ahora obsérvate, regresa a la maldita realidad, pervertido… o pervertida. Vas al trabajo, a la escuela, la misma de hace montones de días, aburrido, a-bu-rri-do. Ándale, comienza a ensayar la sonrisa frente al maestro, frente al jefe; comienza a pensar de qué hablarás para disuadir el tema de tus problemas familiares, económicos. Piensa en tu vida aburrida sin nenas de pechos firmes ni hombres hirsutos y marcados, sin fornicar día y noche hasta que sangres. No.

Reflexiona un poquito sobre tu entorno: vives en el sexo pero, ¿lo tienes? No, seguramente. Qué es lo que pasa. Por qué el sexo se ha vuelto tan necesario; no, corrige. No se ha vuelto necesario, se ha vuelto común. Se ha vuelto rutinario. Piensas ahora que nada es como las películas, en las cuales un hombre y una mujer se aman y se desean y unen sus cuerpos y sus espíritus en un acto más allá de lo humano, con una conexión mística que revela todos los secretos del universo y que, entonces, después del orgasmo, saben la verdad. No. La mujer de los calzones rosas pegada en el camión no te abraza después de eyacular, cuando estás cansado de masturbarte. No. El chico de los veintiocho cuadros abdominales no te contempla y te dice cuán hermosa eres sin importar tus lonjas y tu celulitis. No.

La soledad que provoca la publicidad obsesionada con el sexo es inaudita. Es inmensa. Crees ahora que nada vale lo suficiente, que lo mejor es ir al centro de la ciudad, beber algunas cervezas en el Antrópolis, donde el alcohol está a diez pesos por botellita y las chicas son más relajadas, aunque más feas. Pero no hay prejuicios y ahí sí hay amor, al menos para una noche. Una noche sin juegos de manos, porque son juegos de villanos. Una noche al menos en la que te sentirás querido o querida. Y te abrazarán y te besarán y estarás satisfecho al menos por una hora, hasta que amanezca y ella corra y tú corras y regreses de nuevo a los adentros de la chica de los calzones rosas, a la contemplación de Paris Hilton y su nueva fragancia, a la fantasía de los modelos de Hugo Boss y tu gordo trasero.

Pero supón que no. Supón que has decidido rebelarte de manera discreta pero eficaz contra la masa. Supón que volteas a ver a la nena y la miras como un pedazo de bistec a medio término, aún sangrando. Te da asco por fácil, te da asco por sangrante. Te da asco porque es inalcanzable y te repugna el camión, estar dentro de ella. Te repugna ser, caminar entre seres que aceptan y gustan de banalizar el sexo, el amor en su faceta carnal.

Supón que tampoco es eso. Supón que no te rebelas. Supón que irás al Antrópolis o mejor al Mcmullen’s o a La puerta (esto para subir de nivel, claro) y las chicas son tranquilas, abiertas. Los chicos son relajados y sonrientes. Nadie te niega una conversación y todos te tratan amablemente. Supón que el chico callado y misterioso que se sienta en un rincón y platica con sus amigos se acerca a ti. Supón que ya lo habías visto, supón que te atrae. Ahí viene, decidido y con gran determinación. En sus ojos hay una especie de barbarismo tierno que te ata y enloquece y tratas de tranquilizarte pero es en vano —la culpa de que tus hormonas brinquen de esa manera la tienen los modelos de Hugo Boss, definitivamente—. Voltearás hacia el suelo y verás tus piernas temblando, sentirás cómo empiezas a transpirar y tus axilas apestan porque has bailado como hace tanto que no bailabas; además estás algo pasada de peso y tanto mover las caderas te ha dejado un poco exhausta.

Él te habla, te dice lo mucho que le gustas y que le gustaría tomar un café contigo, otro día. Aceptas, como idiota, de manera autómata. Sonríes, le das tu teléfono, tu e-mail y tu Clave Única del Registro de Población, sólo por si las dudas. Él se va no sin antes sonreírte. Y ya no hay más modelos de perfumes, carteles de películas, orgías para depilación, seductores futbolistas. Allá vas ensoñada con un solo hombre a quien ya has visto, quien te ha hablado. Tomas el café que planearon. Y es todo.

No hay sexo ni amor, ni unión eterna en un universo paralelo; no hay somos un solo ser, no hay compenetración de almas ni de cuerpos ni de mentes ni de espíritu. No hay sexo, no hay románticas declaraciones de amor, no hay andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos que Cortázar te ha vendido. No hay Corazón coraza, Benedetti. No hay pétalos de rosa en el cuarto lleno de velas, no hay jacuzzi con espuma ni olores exóticos. No hay incienso ni seda roja ni espejos en el techo ni je t’aime, mon amour, veux tu couches avec moi? Tes yeux sont la lumière de ma vie, oh ma petite sucre! No.

Estás solo, estás sola, sin sexo, después de treinta años, cual Virgen a los cuarenta. Entonces te dices que es una elección personal pero no, es una broma de los dioses, una mala pasada del destino. Sabes que si se acumula más semen en tus testículos estallarás y por eso, que quede claro, sólo por esas razones de salud, te masturbas vigorosamente. Piensas cuántos hijos perdidos, cuántos óvulos que se van a la basura, cuántos santos a vestir y no serán suficientes para contar el tiempo perdido ni para distraer tus pensamientos del sexo. Porque la chica de los calzones rosas sigue ahí, con sus senos firmes y su camino veloz y sus frenadas en seco, en sexo. Tanta soledad.

Supón ahora que te rebelas, que evitas a los chicos y a las chicas y ves el sexo publicitario como un sucio truco de la mercadotecnia y miras los ojos y no los senos, mira la expresión facial y no los cuadros y los bíceps y encuentras a un ser humano que ha decidido vender su cuerpo porque en el mundo de hoy todo espacio es bueno, todo el sexo no basta para vender, porque la gente lo desea, lo pide a gritos, se va corriendo a comprar el champú que hace que la mujer tenga un orgasmo al aplicárselo. Porque tú no sabes cuántas personas leen esta revista y no tienes nada qué anunciar y no pierdes miles y millones de clientes día con día.

Te pondrás político y moral para entonces y pensarás en las niñas de diez años con minifaldas y delineadores negros y pequeños senos con sostenes rellenos de algodón. Pensarás en lo ridículo de adelantarse, cuando tú fuiste tan feliz jugando a Supermán, trepado en las ramas de los árboles, volando y volando. Pensarás en cuán vano es el mundo y cuán poco importa lo que eres por dentro. Pensarás en las mentiras que nos inventamos para despistar nuestra superficialidad: “Lo de adentro es lo que cuenta”; “está feo pero tiene bonitos sentimientos”; “la suerte de la fea la bonita la desea”; “te amo”; “el amor mueve montañas, hace milagros”.

Pensarás que estás solo o sola, pensarás que el sexo es una estupidez, pensarás en las veces que has tratado de tenerlo, de hacerlo; pensarás en las ocasiones en las que te encierras en tu habitación a jugar con tu muñequito. Pensarás lo difícil que es estar solo, sabrás que a pesar de tu familia y tu esposa o tu novio o tu amigo con derechos o tu free o tu amigovia, estás solo, estás sola. A pesar de la masturbación y del sexo desenfrenado que nunca has tenido estás solo. Sabrás entonces que con o sin sexo estarás desolado. Estarás desolada. Entonces te darás cuenta de lo rápido que los anuncios publicitarios te vacían; sabrás que los valores que se han promovido desde hace tiempo están muertos porque los hemos asesinado en nombre de la libertad maligna.

Sabrás que la libertad que pregonamos no es otra cosa que libertinaje. Sabrás que estás solo en medio de reflexiones que nadie más entiende. Sabrás que nadie más quiere reflexionar al respecto. Sabrás de tu soledad, de la rapidez con la que la sociedad del sexo —no es sociedad del conocimiento, es sociedad del sexo el mejor nombre para llamarla— te ha absorbido, te ha quitado tus pensamientos, tu ser, tu personalidad. Tu alma. Sabrás entonces que eres otro y otra más anhelando ser ese saco de huesos deseable por todos; sabrás que quieres ser deseado. Sabrás que quieres un abrazo.

Y te sabrás solo.

 


Cuentito eroticón

Les dejo un cuentito que hice en uno de esos momentos que diosito me da de iluminación y que no suceden muy a menuso, así que aprovechen y manoseense con su pareja o a sí mismos. Aún no tiene título así que cualquier idea es bienvenida. Saludos y ¡no estaba muerta, andaba de cañas! Jajaja. -Sin título aún- Si se masturba es por ella. Esto lo sabe desde el inicio de las sesiones onanistas. No porque ella se lo ordene ni porque tengan una relación sadomasoquista, ni porque no lo satisfaga. Él se siente completo prodigándole un extenso cunnilingus, acariciándole la mejilla o penetrándola como misionero evangelizando América. Él lame sus labios y sus ojos para admirar su creación viscosa; después succiona en el cuello, dejando pequeñas marcas rojas y violáceas. Con sus manos juega a la carrera de la liebre y la tortu[g/r]a: sabe cuándo bajar el ritmo y cuándo acelerarlo. Lento para la clavícula; el dedo índice recorre el borde del hueso. La piel ahí es tan delgada que deja ver sus cimientos y, por lo tanto, su dedo rasga los pulmones, acelera la respiración. Él sabe que le gustará. Poco a poco acaricia las periferias de su seno. Terso y suave, con su pezón claro, erecto. Él lo sabe; sabe cuánto desea ella un mordisco en el centro de su pecho; sabe pero calla. Evita la torpeza de abalanzarse sobre ellos como ubres sucias de vacas alineadas en largas fijas en una granja. Evita llevarla a un éxtasis veloz pero fugaz, del cual sólo pueden resultar decepciones y aburrimiento. Estira los pliegues que se forman debajo del seno; pasea su lengua como caminante en la playa, nostálgico, pleno, casi cansado. Escucha su gemir en voz muy baja alternado con aullidos cortos; muy a pesar de todo, el aullido anuncia un reclamo de dolor al que, aunque ya bien conocido por él, prefiere hacer caso omiso. Dolor y placer, la mezcla perfecta de la ausencia en la que se sumerge cada vez que la penetra. Después de masajear los senos, de babearlos incansablemente hasta dejarlos frescos y con el olor del cigarro que carga su saliva como una cruz, arremete contra ellos; arremete contra ellos no por gusto: los aullidos reducen sus pausas y se intensifican. ¿Le duele no ser violentada? ¿Le duele la pasividad que se esconde tras ese sacerdote de su sexo? ¿Le duele que no le arranque el alma de una vez por todas? Los reclamos le son indiferentes, pues ella pide algo que está fuera de su voluntad; el sexo la purifica, él lo sabe y por ello se lubrica su verga cada noche, cada momento en que ella pide purificación por sus pecados. No es el pene en sí, es su pene lo que la salva. El maratón continua. Primero ha dejado caer la lengua: la antesala de un juego de placer aún más fino. Anuncia las yemas de sus dedos, las palmas, sus manos enteras. Una de ellas bordea el ombligo, marca su redondez, su profundidad. Con la unicidad de sus huellas digitales recorre el vientre, pues los relieves de los dedos permiten contrastar la rugosidad de él con la suavidad de ella. Mientras penetra su ombligo con la mano derecha, su mano izquierda aprieta un seno; lo aprieta con agresividad, harto ya de los gritos, del su incapacidad para soportar el dolor que ella misma genera y busca. El dedo índice y el pulgar pellizca el pezón con fuerza; otra vez contrasta la suavidad de sus caricias en el vientre hechas por su mano derecha versus la brusquedad de su mano izquierda; ésta última arremete contra sus muslos, arañándolos, encajando las uñas en sus músculos, trazando espirales que bajan hasta sus rodillas, sus pies. Él se levanta. La toma de los pies, besa sus dedos; le da asco sus uñas pintadas de rojo. Hubiera preferido el color de su carne, la naturalidad de su piel morena. Por eso roe el esmalte con los dientes; ella lo observa coquetéandole con su mirada de inocencia corrompida. Sabe de su asco, sabe de su disgusto y calla con una sonrisa ganadora. Porque el juego no es sobre el sexo ni el placer; el juego está en el polo opuesto: repulsión, agresión, distancias. Sí; el juego es sobre cavar grietas que los separen más y más. No hay reglas y eso no es porque sea amor; esto es una guerra en la que él toma su pala para cavar dentro del cuerpo de ella; ella, por su parte, humedece sus tierras para ablandar el terreno y permitir excavaciones más profundas. Desesperado por no quitar completamente la pintura, él toma con fuerza de sus tobillos y le da medio giro; ve como se estremecen sus nalgas, sus piernas, su melena alborotada. Ya sin delicadezas, abre los glúteos con sus manos para clavar su lengua entre ellos. Llena de saliva su línea oculta; se deja caer sobre ella, mete sus manos bajo su cuerpo para tomar sus senos con voracidad. Sus senos, aquellos que en otro tiempo fueron preseas para él y que ahora sólo parecen dos globos llenos de agua, tan ajenos a las personas que fueron, a la persona que fueron juntos, cuando se besaban con suavidad y descubrían sus cuerpos con ternura. Pero no hoy; hoy él debe hurgar en su alma para definirlo todo. Pero, ¿dónde está su alma? Por eso le abre las piernas e introduce su lengua en su ano, hasta donde alcance. Le duele el estiramiento constante y ella no hace más que gritar gustosa. No obstante, él sabe que el dolor será dulce si puede acariciarle el alma. No encuentra nada y otra vez la ansiedad y la desesperación. Así que mete su dedo entre sus piernas, peina sus vellos púbicos. Ella gime lento y bajo; ya no aulla porque siente que al fin la violentará; al fin él secuestrará su sexo, le dará fin apuñalándolo. La romperá como nunca ha podido romperse ella misma. Pero él sólo pasea sus dedos por sus labios, por sus vellos púbicos. A ella siempre le ha parecido una pérdida de tiempo toda caricia preliminar a la penetración; hoy sobre todo desea ser penetrada ya, fuerte, dura y agresiva verga dentro de ella. Quiere la muerte a través del placer porque no puede seguir viviendo pero no se atreve a quitarse la vida con sus manos. Necesita un favor, un milagro de otro que se apiade, que la odie o la ame lo suficiente para hacerlo. Él se detiene. Su pene erguido delata su sentimientos. Ella se gira quedando boca arriba; dobla sus piernas, las abre. Lo observa. Marca puntas con sus pies, alzando la estética de su cuerpo. Él ya no la mira. Acaricia su glande; comienza a acariciarse frenéticamente; eyacula y recoge su semen con la otra mano. En cuanto surge su líquido blanco, surgen también las lágrimas. Toma las pantaletas tiradas en el piso y se limpia; toma su ropa, se viste, se va. A lo lejos, aún escucha la risa de ella mezclada con unos gritos ahogados. No hay vuelta atrás.

¡Liberación masculina!

Tengo un maestro gaysísimo y de tan gay, piensa como vieja, y mejor que las viejas. Dice que vivimos en una sociedad Patriarcal, esto es, donde el hombre gobierna TODO.

Dice que ese patriarcado se sostiene a través de los mitos, como el de la Biblia; chequen:

1. Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.- El hombre fue creado primero que la mujer, y además, a semejanza de Dios, lo cual quiere decir que Diosito es hombre.

2. De la costilla del hombre fue creada la mujer.- Las nenas dependen del varón; ellos fueron creados y moldeados a partir del barro; nosotras, a partir de su hueso sangriento (explíquense la menstruación).

3. El hombre pierde el paraíso terrenal POR CULPA DE LA MUJER.- ... ni qué decir. (Pinches viejas, son el demonio YEAH)

4. Dios condena al varón a ganarse el pan con el sudor de su frente.- Nomás a eso lo condena, porque fue víctima de los engaños de una vieja, pobrecito.
Pero a la mujer la condena a: a) carecer de lenguaje (explíquense el lenguaje machista que existe en TODOS los idiomas); b) dar a luz con dolor (...sin palabras, chinchi Dios...); c) desear con ARDOR al HOMBRE (claro, porque recuerden que sin ellos, somos nadamás una costilla sangrienta).

5. Con lo que concluimos que el destino de la mujer es depender y estar junto al hombre, tener hijos con dolor y etcétera.

Otros mitos son los que crea la sabiduría popular, que por algo es SABIDURÍA: la mujer perfecta es callada, obediente, bonita y joven (explíquense las infidelidades).
De ahí los dichos tales como "mujer que sabe latín, ni se casa ni tiene buen fin" o "calladita te ves más bonita"; la mujer que estudia es, la mujer rebelde, imperfecta, impura, pecadora, la que piensa. Tiene lógica ¿no?

Revisando las cualidades que según el populacho debo tener, concluyo que estoy por el nabo. Soy una perica, siempre discuto, me dicen liberal, hablo y hablo y hablo, sea con hombres o mujeres; soy obediente cuando me dan ganas de ser obediente, pero en general ni a mi padrecito santo le hago caso y eso que él me mantiene, jaja. Bonita así que digan qué bruta, qué bárbara, no soy, así que ya valí madre. Joven, pues por ahora, aunque no me durará mucho, jaja.

Entonces qué, ¿eso valemos, hijas? Yo estoy muy orgullosa en llevar la carga de PECAMINOSA, de haberle otorgado al hombre un poquito de sazón a esa vida perfecta que se titula Edén. Yo me siento chido por llevar la bandera de hija de Eva; más orgullo todavía me otorga el saber que ni callada, ni perfecta soy.

Por otro lado, esto de la liberación femenina está feo. Aceptémoslo, nos salió el tiro por la culata: además de ser esposas, madres, dadoras de hijos, sirvientas, masajistas, chefs, expertas en repujado y otras artesanías, maestras de primaria, secundaria y preparatoria (con eso de que hay que apoyar a los hijos), y demás etcétera, también hay que ser buenas profesionistas y llevar varo a casa porque hay que ser equitativas.

¿Saben qué? Chinguen a su madre. Yo apoyo a los hombres y los incito a comenzar una liberación masculina: libérense de depender de las viejas en cuanto al hogar: planchen, laven, cocinen, cuiden hijos, ¡ustedes pueden hacerlo igual o mejor que las mujeres!

Y chicas: no sean machistas, dejen que sus viejos hagan las cosas que tradicionalmente se han catalogado como femeninas. Porque el sometimiento sólo acabará hasta que ambos sexos, iguales y diferentes, se liberen y aprendan que son complemento, no esclavos.

 

Tantán.


De la moda lo que no nos acomoda

Desde hace veinte años mis vecinos se visten muy a la moda: el padre usa pantalones de colores estrambóticos, lentes amplios ahumados, camisas rosadas, zapatitos elegantes; los hijos usan pantalones de mezclilla apretados, tenis blancos, cabellos glamorosos esponjadísimos, camisetas holgadas. Hace diez años la gente los catalogó de anticuados. Ellos dejaron de hablar con los demás, se aislaron porque, tal vez, se sintieron incomprendidos y solos en este mundo traidor. Hoy serían los ídolos de millares de personas que buscan los 80’s. Es gracioso cómo vamos cambiando nuestra moda. Me da risa que exista la moda en el más amplio sentido: abarca todo lo humano, desde la ciencia, la religión, el arte, el fútbol hasta Dios. Para hablar de la moda me parece esencial considerar dos aspectos del hombre. El primero es que actuamos por contradicción, lo cual es entendible si creemos en la dualidad de la naturaleza humana. Pongamos un ejemplo: hace un par de siglos la gente se guiaba a través de patrones históricos clasificados como “clásicos”; griegos y latinos eran ejemplo a seguir. Pero de un tiempo para acá, aproximadamente desde el comienzo de las guerras mundiales, repudiamos la historia, nos sacudimos el pasado y orgullosos, rompimos lazos con todas las estructuras viejas (o al menos es lo que intentamos). La violencia conmovió tanto al mundo que el concepto de hombre se puso en duda y sentimos el deber de comenzar de cero. ¿Éramos aquellos que se aniquilaban los unos a los otros masivamente? ¿La guerra fue homicidio o suicidio? Suena razonable replantear todos los conceptos existentes; aunque es utópico negar el pasado, romper por completo estructuras históricas que, como dice mi amá, “por algo siguen ahí”. El segundo aspecto es una características que encuentro fascinante: la capacidad taxonómica del hombre. ¿Alguna vez has sentido una “cosa rara” que no puedes expresar con palabras, entonces te llenas de angustia y desesperación porque no puedes sacar lo que sientes, lo que piensas? Yo sí. Me doy cuenta cómo de cierta forma, estoy encadenada al lenguaje. Presa de nuestro propio invento, hallamos la solución al problema, la clasificación. Por ejemplo, la palabra moda lleva una clasificación: es una palabra, tiene significado, representa una tendencia, una ideología, tiene su historia y su presente, es el signo de corrientes que el hombre ha seguido y sigue. ¿Por qué digo que la solución de la auto- esclavitud humana es la clasificación? Porque así sometemos al lenguaje, se vuelve sumiso ante la imaginación del ser humano. Triunfamos imponiendo la voluntad de nuestro universo creativo sobre las pobrecitas palabras cuadradas que nada serían sin nosotros -los grandilocuentes humanos-. Las capacitamos para ocupar una función en nuestras vidas. Es justo aplaudirnos la hermosísima pero no poco patética justificación que hemos creado. Ahora, vayamos al grano: la moda. A través de la contradicción y la taxonomía llegamos a la época en que la especialización es nuestra deidad. Negar el pasado y expresar la creatividad a través de la clasificación lleva al hombre al neologismo exacerbado. No sólo a la inventamos nuevas palabras que plasmen nuestro pensamiento y sentir, también (re)inventamos el estilo personal; todo en nosotros es nuevo, retomamos el pasado pero la novedad persiste porque lo sacamos de su contexto y así, nos burlamos de él, creamos novedosas formas de resaltar lo que somos. Caminamos hacia la obsesión. Estamos obsesionados con el estilo personal. Ávidos por sobresalir, por gritar la originalidad de los primeros pasos dados después de la ruptura con lo pasado, somos víctimas y victimarios de nuestra contradicción. En particular, hablemos de la vestimenta. Hay una enorme lista de ornamentos que personalizan nuestro aspecto: perforaciones en los lugares más recónditos y atrevidos; maquillaje de mil colores; vestidos de bolitas, de rayas; gorras; sombreros; zapatos; botas; pantalones rotos; chamarras; afiches; tatuajes; expansiones en las orejas; para el cabello, cortes estrafalarios, tintes, transparencias, rayos, flecos; collares; pulseras; relojes y largo etcétera. Todo en por la originalidad. Mientras más resaltes, mejor; mientras más ochentero parezcas, ¡ya ganaste! Hace años regresaron los sesentas, ahora estamos en los ochentas; por eso hoy, mis vecinos son ejemplo a seguir. El caso es que estamos tan obsesionados con la apariencia, con la-primera-impresión-es-la-que-cuenta, que nos hemos quedado huecos. Hace poco escuchaba a una chavita hablar de un dije con la “A” de anarquía que llevaba colgado al cuello y le decía a su amiga: “se ve súper padre, la verdad es que no sé que significa pero, equis we, o sea, eso no importa”. Sonrío pero comprendo que en su visión quizás algo pequeña y en su lenguaje tal vez algo vulgar (¡quién soy yo para decir qué es vulgar y qué es pequeño!), ella tenía toda la razón. Qué demonios importa la historia de las cosas, lo de hoy es la burla, la ignorancia, la novedad. Lo de hoy es no saber qué es lo de hoy. Estuvimos pregonando tanto tiempo la grandeza del hombre y ¡vaya que lo tomamos en serio! (hasta Barney, el dinosaurio morado amigo de todos los niños decía que todos somos especial de alguna manera). Me queda sólo una duda: ¿por qué todos queremos resaltar de la misma forma? Es decir, todos queremos ser ochenteros, qué genial, qué originales. Veo en la calle a un montón de gente vestida y peinada casi igual. Me confundo, parecemos producto hecho en serie pero, eso ya es alucine mío. También veo que los más originales son los albañiles, los obreros, la gente que tiene otras preocupaciones lejanas a la moda, como sacar la lana del día pa’ alimentar cuatro bocas hambrientas. ¡Qué absurda ironía nos creamos! Porque, los “normales”, los que no están al tanto de la personalización exacerbada, los que alguna vez fueron los nacos son los de moda, porque lo de hoy es no saber qué es lo de hoy y ellos no lo saben. Hasta les hemos copiado los cortes de cabello, esos muy “acá” que alguna vez fueron tachados de nacos, ésos son los chidos. Pues bien, me pregunto ¿qué sigue? Estoy confundida, yo también quiero estar “in”. Avísenme cuando lleguemos a tener la moda “Sarcasmo de Eva y Adán”. Es más, los invito a neologizar el neologismo: ¡andemos en pelotas, ya qué tanto falta! Algo me dice que esa moda me agradará. Oh sí

Menstruando alegremente

Hace 30 días estaba igual que hoy: menstruando, mi primer día. Mi segundo día hoy. Qué felicidad. Me duele el estómago. 'Tómate unas pastillas', responde mi madre. "No quiero". Pero me las tomo porque mi madre tiene método muy persuasivos. Me golpea la boca y me mete las pastillas. Bien. Pasa una hora, ya no me duele el estómago. Pasa otra hora y ¡tarán! Me duele de nuevo. Es el eterno retorno nietzscheano de los cólicos versus las pastillas. Me duelen las piernas y la espalda. Siempre que menstrúo me duelen. ME está saliendo sangre, coágulos, pedazos de endometrio que se desprenden 'violentamente' (como cuando los comentaristas de TV Azteca narran un pase de fútbol y dicen que fue violentísimo). Debería bañarme. Hace calor, un baño frío quita el calor. No, el frío hace que me duela más el estómago, las piernas. Cuando meo, siento que la matriz se me va a salir. Un día iré a mear, voltearé a ver mi obra de arte depositada en la taza, veré mi matriz, mi vagina y jalaré la cadena orgullosa. Pero también quiero echarme un pedo y duele como los mil demonios. También me dan ganas de cagar y duele mucho. Hay que apretar los dientes porque dios o algún chiste de la naturaleza me dice que tengo que pagar mi estupidez con sangre. A mi me vale la estupidez. Cómo no quieren que me apendeje si me duele y no puedo pensar. Se nubla la vista. Creo que me desmayaré. No. Me cagan las pastillas, me caga quejarme. Pero me quejo, no me quiero bañar, tengo dos días menstruando y no me baño, hace calor, necesito limpiar mis pelos púbicos que parecen rastas. No me importa. Quiero mear, quieor cagar, me va a doler. 'Tómate una pastilla', diría mi mamá. Y yo creo que las pastillas me hacen más pendeja. Van directo hacia mi cerebro y le dicen: Mira wey, tú vas a hacerte pendejo un rato, vas a decirle a esta morra que no hay pedo, que no le duele nada. Pero cuando yo me muera, yo pastilla, [y eso será como en una hora] entonces todo regresa a la normalidad y seguirá doliendo porque el dolor nunca se fue. Ok. Me volveré farmacodependiente. Eso. Visita al ginecólogo. Ginecólogo: tiene folículos en los ovarios. Se quita con el tiempo. Tome asiento y espere a que se le quiten. Bueno, pues seguiré menstruando, con los nueve días y el flujo intenso que mi madre me heredó. ¡Salud!

Olvidar

_Algunas noches soy fácil, no acato límites_ (Babasónicos) Fumo Marlboro rojos. No me gustan. Hace mucho calor para ir a comprar cigarros, los cigarros que me gustan. Fui a la tiendita de la esquina a comprar marlboro rojos. Prefiero los camel. Amarillos. Tengo sueño, me duele el estómago. Tengo hambre. Fumo. Pienso, pienso. Y me quedo aquí aplastada. El malviaje es chido, es malviaje es bueno, pienso. Me gusta. Uno se acostumbra, si, se acostumbra. 20 cigarros más y estaré taimada. Y bien. ¿Qué me cuentan? Me caga quejarme. "Me duele, me duele". "A mi, me, yo", qué egocentrismo. Ni pedos. Veo con tristeza el movimiento filosófico de esta postmodernidad. Qué culpa de los hombres, me pregunto, lo justifico. Es el tiempo, acuso. Pero no. No es el tiempo, no es. Me quedo sin justificaciones. No me gusta pensar porque creo que me doy respuestas que quiero escuchar. Pienso que de tanto pensar, mis respuestas son sólo palabras que mis oídos quieren y no la verdad. Supongo que la verdad no se manifiesta en palabras, pero no creo en los éxtasis místicos. Me parecen asquerosos. Creo en un dios que nadie cree, detesto la religión, lo humano me entristece, me alegre. Me quedé sin respuestas y fumo marlboro rojos. ¿Qué me cuentan? Me hicieron para olvidar y lo que se me olvidó fue olvidar, lo recuerdo. Saludos.

Sobre los orgasmos

Esta es una reflexión. Y si se queda ahí, depende de ustedes. Un orgasmo no es siempre la cúspide del placer. Quien se atreve a pronunciar tal sentencia es un calumniador. Se alegará que, por ejemplo, en las relaciones sexuales o la masturbación el clímax se lleva a cabo como reacción de las caricias dirigidas precisamente a este fin: causar placer. Pero una evidencia material no es siempre la más objetiva; es bien cierto que es la única que no tiene sentimientos y que pronuncia sólo los hechos sin ninguna intervención subjetiva que distorsione la confesión. Sin embargo, el orgasmo humano no debe ser condenado por tales reglas puesto que lo humano lleva siempre, a veces más a veces menos, una carga de emoción. Decir humano y no mencionar sentimientos junto a esta palabra, es una blasfemia. Un orgasmo puede ser producido por el dolor, por el terror, el miedo u otros factores más allá de la satisfacción propia; porque más que la cúspide del egocentrismo placentérico, el orgasmo es la cima de un sentimiento que va siempre más allá de palabras, de imágenes o de materia. Pero claro, quien no haya reflexionado en sus orgasmos no tendrá la mínima idea de lo que hablo, y es justo que se disculpen a ellos mismos. Es justificable que las personas busquemos explicaciones estúpidas a lo que no entendemos, es justificable que se busque el morbo antes que la verdad. Saludos. Gracias.

Nomás la puntita.

LETANÍA _Nosotros nunca nos realizamos. Somos dos abismos— un pozo contemplando el Cielo. Fernando Pessoa_
Por pura simpatía y esperanzas (tal vez a alguien le interese el tema o tal vez ponga a pensar a otros), les comparto un trip medio pesado. Esto lo escribí para una clase, pero realmente refleja una gran preocupación. Ustedes deciden, morritos: El raciocinio es lo que según el hombre, distingue a la humanidad de los animales. Descubrir tal diferencia no es motivo de orgullo. Es la cruz que siempre llevaremos a cuestas. No proclamamos una conformidad al mantener la especie viva. La mayoría busca trascender y otro tipo de comodidades materiales. Y porque preferimos la trascendencia, preferimos también el olvido, la vida es insoportable de otra forma, con la cruz pesada del pensamiento. Por eso el hombre inventa salvaciones, valiéndose del olvido: religión, arte, sexo, ciencia. Debe ser justo en el último segundo de nuestras vidas (cuando dicen que todos los momentos se agolpan en ese pequeño intervalo de tiempo) en donde al fin nos damos cuenta de que nada salva; la fe ofrece remedios eficaces pero lo mismo el nihilismo. La diferencia entre un camino y otro es la facilidad de las cosas. Descubrir que nada salva no debe ser, sin embargo, el refugio de las acciones, más bien el aliciente. Saber que de este lado somos Sísifo, no nos exonera de ser, en aquel lado —si es que existe tal cosa— arcángeles. Ser más humanos debe ser, por lógica, aplicar más el pensamiento. Quien tenga una gran sensibilidad humana, es por lo tanto, quien tiene una inteligencia capaz de matarlo. Saludos, besos y abrazos. Gracias por leer.


Qué jodido martes.

Aclaraciones: Para un lector afónico, una escritora desafinada, un texto incierto. Un lenguaje tosco, ultra-personal, indescifrable. Aunque, ¿quién quiere descifrar, entender, certificar, afinar? Se lee, se comen las palabras con la boca del alma, se digieren por lo que te dejan en el estómago: un hueco o nada. Por el pecho que se torna rojizo y pesado, otra ligero y verdoso. Cada síntoma físico es sólo una ínfima muestra de las explosiones internas. ¿A quién carajos le importa comprender, analizar un textito? Ninguno de los elementos al inicio mencionados tienen voz, más bien, un alma. (6:23 p.m. Martes 01 de junio de 2004. P.D. Regreso a los martes.) Y va: Cómo como cuando al comer bien comido, contengo costuras como cola cocaínomana coloquial, y los coloquios cocidos se [re] cocen y se cuecen en los coturnos coetáneos conquistadores. Coincido con cómico conocer: cuando las cucarachas comienzan a contonearse conceden caricias cuasitibias corrientes (no corrientes comunes) cayendo en carcachar cefálicas cucurrientas. Contengo el comentario: [re] conozco cuando no conozco al conocido del contexto contemporáneo. (Martes 19 de octubre de 2004 7:44 p.m.) Y después: Así me gustan las calles. Solas. Solas de ti, solas de mi. Solas. Así me gustan calles, con los camiones allá, alejándose, sin carros, esos monstruos vehiculares sin dientes, sin ojos, sin lengua, sin algo. Infunden los miedos. Así me gustan las calles; solas, vacías, hechas cerrazón. Porque de alguna manera, toda la soledad de sus invisibles compuertas cerradas, me permiten llegar a mi. [Y eso eres tu: mi] Así. Martes 19 de Octubre de 2004, 9 p.m. FIN.

Al hijo imaginario

"Edipo: la mama lo pide" (Palíndromo) Al hijo deseado: De cómo cada imponente espiralito de su cabeza se me abalanza en las noches, es un misterio. Qué si yo también me dejo caer en sus curvilíneos componentes, tampoco lo sé. Tal vez. Debe ser, porque si no, sería nula la posibilidad (que ahora es hecho y no posible) de incurrir de nuevo en este ciclio virtuoso de doblegarnos ante cada uno. Increíble que sólo te toque con éstas letras. Creíble más que todo. Así ha de ser, estruendoso, como el silencio de todas las veces que pasas a mi lado. Que evito tu mirada, porque me cuesta trabajo -mucho trabajo- reconstruirme cada vez que me miras y me conviertes en la plastilina. ¡Qué descarado! Me despojas de lo que soy cada noche, por el día derrumbar ese ser ilusión óptica que me jacto de tener, y ni siquiera te atreves a posar tus manos y moldearme. Aunque sea un cabello; un cabello como el tuyo, infinitas ondas. Es así.

¿Dónde quedó el espíritu?

"1616: Habló de la vida libre un viejo profeta indio, vestido a la antigua usanza. Anduvo por estos desiertos y serranías levantando polvo y cantando al triste son de un tronco hueco las hazañas de los antepasados y la perdida libertad. Predicó el viejo la guerra contra quienes han arrebatado a los indios las tierras y los dioses y los hacen reventar en los socavones de Zacatecas. "Resucitarán quienes mueran en la guerra necesaria”—anunció— “y renacerán jóvenes y veloces los ancianos que mueran peleando”. Los Tepehuanes robaron bosquetes y tallaron y escondieron muchos arcos y flechas, porque ellos son arqueros diestros, como estrella de la mañana: el flechador divino. Robaron y mataron caballos para comer su agilidad y mulas para comerles la fuerza. La rebelión estalló en Santiago Papasquiaro, al norte de Durango. Los Tepehuanes, los indios más cristianos de la región, los primeros conversos pisaron las hostias y cuando el padre Bernardo Cisneros pidió clemencia le contestaron: “dominus vobiscum” . Al sur, en El Mezquital rompieron a machetazos la cara de la virgen y bebieron vino de los cálices, en el pueblo de Zapé indios vestidos con sotanas y bonetes de jesuitas persiguieron por los bosques a los españoles fugitivos; en Santa Catarina descargaron sus macanas sobre el padre Hernaldo El Tovar, mientras le decían: “¡a ver si te salva dios!” El padre Juan del Valle quedó tendido en tierra, desnudo, en el aire la mano que hacía la señal de la cruz y la otra mano cubriendo su sexo jamás usado. Pero poco a durado la insurrección, en los llanos de Cacaria las tropas coloniales han fulminado a los indios, cae una lluvia roja sobre los muertos, la lluvia atraviesa el aire espeso de polvo y acribilla los muertos con balas de barro rojo. En Zacatecas repican las campanas, llamando a los banquetes de celebración. Los señores de las minas suspiran aliviados: no faltará mano de obra en los socavones, nada interrumpirá la prosperidad del reino: podrán ellos seguir meando tranquilos en bacinicas de plata labrada y nadie impedirá que acudan a misa sus señoras acompañadas de 100 criados y 20 doncellas". Este es un relato que escuché en un disco de Gonzálo Ceja, muy recomendable, es música prehispánica, se llama Luna Coyote, ojalá puedan conseguirlo, aunque está cabrón. No sé si es una leyenda de los tepehuanes o si es invento del Ceja. Como sea, ahí se los dejo, está lleno de sentimiento histórico, nuestras marcas. A mi me hizo llorar.

La batalla más sangrienta del siglo XXI

Va de nuevo. Dicen que Dianita, de día es Dianita y de noche, es otra. Es Deborah. Así sucede con la cosa donde vivo, el "hogar. Es que a todos la noche nos devora y nos devasta. Por ejemplo, mi casa, de día está plagada de niñas. Por la mañana tempranísimo -como la mayoría de pequeñines- se levantan, piden comida, desayuno, leche, corren, juegan. Así, sin desmodorrarse, con los ojos hinchados; sonríen y es bello. Algo escalofriante, tan pequeñas y así, tan vivas a la vez. ¿Por qué tienen que comenzar sus actividades a las 8 de la madrugadísima? Bueno, por una parte, recuerdo que yo también era así, eso está bien porque a esas horas es mi madre quien las cuida. Yo, por la tarde. Ya en la tarde, se van a la escuela y todo es paz. Paz infantil de esas edades, claro, porque quedna mi madre y mis hermanas y sus gritos y sus corajes y sus chismes y sus tristezas y sus neuroticidades e histericidades. Sobre todo, la televisión. Porque mi madre juega nintendo, mi hermana ve novela y la otra, juega playstation (patrocinado por...). Pero eso está bien, es decir, es soportable aún. Aunque ya no escuche, claro, aunque sea media sorda, media ciega, media humana. Una necesita ser de inframundo para seguir así y todavía tener el valor de nombrarlo como bueno. No importa. Pero de la noche, esa si que no. Esa luna brillante, esas estrellitas de las cuales apenas si apreciamos su luz y sin saber que es una proporción pequeña lo que nos llega, nos hipnotizan, nos enloquecen. Tantos poemas, tantas horas para ellas. Las horas nocturnas, deberían ser el equilibrio del hombre y de la vida en sí. ¡Pero no para mí! De noche, al salir de mi cuarto, surgen criaturas abominables, engendros del demonio, esclavas de los avernos más dolorosos. Con éstos engendros no se puede razonar, vienen por su terrirorio, aunque ni siquiera cooperaron para comprar la casa, ni los impuestos para las calles, absolutamente nada. En este aspecto, son un poco humanos, pero no del todo, al final son seres infernales. Yo soy un ser primitivo, pequeñísimo y de fuerzas limitadas. En la noche, siempre hay actividad: peleas. Batallas. También soy pacífica, pero si te agreden así, tan impactantemente, respondes por instinto de supervivencia. Y yo respondo. Lo peor es que te atacan de 3 o 4, eso es montón. A veces vuelan al foco y se hacen enormes, te asustan con su sombra porque parecen más grandes que un hipopótamo. Mis pies se mueven rápidamente, pero no lo suficiente para alcanzar sus peludas patas, sus ojos maquivélicos, sus alas horrendas, su cuerpecito desgajándose. Una vez que triunfo, crujen asquerosamente, me llenan de sustancia amarilla, pegajosa. Somos muy pobres, no nos alcanza para comprar altas tecnologías y cometer genocidio. Una vez leí que con la luz podríamos matarlas a todas. Pero bueno, en la noche la luz es artificial y no llega a todos los rincones, porque siempre se esconden, son tan escurridizas. Hay que cuidar dónde pisa y qué se toca para no ser devorada por una cucaracha. Malditas. Son ellas o yo. Pero siempre han ganado, a pesar de que las aplaste. Y me da tristeza perder, todo es cosa de la evolución. Maldito Darwin, malditas cucarachas. Y luego, rompo en llanto. Hoy, mamá compró insecticida, y aún así, perdí. Más llanto. Fin. Domingo, 29 de agosto de 2004, 3:30 a.m.


Como diciendo... ¿y mi pollo? ¿ping? ¡pong 1!